Un poste de alta tensión en Vigo. EFE
Editorial EL RUGIDO DE EL ESPAÑOL España se quedó sin luz, pero la culpa fue de Nadie Publicada 20 marzo 2026 02:40hLa CNMC ya tiene su relato oficial sobre el mayor apagón eléctrico de la historia reciente de España.
Y lo más llamativo de su documento no es lo que explica sobre el 28 de abril, sino lo que evita decir casi un año después: quién mandaba sobre un sistema que dejó a la península a oscuras y por qué nadie asumió la responsabilidad última de que eso ocurriera.
El informe del regulador describe un fallo tan "multifactorial" que se parece mucho a la pedrea de la Lotería: hubo culpa del operador del sistema, del transportista, de las distribuidoras, de los autoconsumidores, de la generación renovable, del control de tensión, de las subestaciones, de la propia demanda, de las interconexiones internacionales e incluso de la falta de normativa.
La CNMC reparte reproches para todo el mundo, pero, sin embargo, concluye que no señalará a nadie en concreto.
España se quedó sin luz, pero la culpa fue de Nadie.
La referencia no es casual. En la Odisea, Ulises se presenta ante el cíclope Polifemo como "Nadie" para escapar después de su cueva: cuando el monstruo pide ayuda y grita que "Nadie" lo ataca, los otros cíclopes le dan la espalda.
Aquí ocurre algo parecido. El regulador atribuye la responsabilidad a la "multifactorialidad" y, a partir de ese momento, todo el mundo puede marcharse a casa como si hubiera sido víctima de un infortunio cósmico y no de una cadena de decisiones políticas, regulatorias y técnicas muy concretas.
Porque el propio informe admite tres hechos difíciles de conciliar con la tesis de que esto fue sólo un accidente complejo.
Primero, que la falta de normativa formaba parte del problema.
Segundo, que la red eléctrica española no estaba adaptada al nuevo modelo de generación, en el que la rápida descarbonización del parque se ha combinado con un desarrollo más lento de la demanda, de la flexibilidad y de la adaptación de las redes.
Y tercero, que "se podría haber evitado", porque el operador del sistema contaba con herramientas para controlar el incidente.
Si había normas que faltaban, si el sistema no estaba preparado y si, aun así, existían opciones para contener el colapso, ya no hablamos de fatalidad: hablamos de responsabilidades políticas.
Ahí es donde la multifactorialidad deja de ser un diagnóstico serio y se convierte en un eufemismo político. El apagón no fue la venganza ciega de los electrones, sino la consecuencia de una política energética que ha acelerado la entrada de renovables sin acompasar a ese ritmo la inversión en redes, en mecanismos de flexibilidad y en capacidad de respaldo.
El propio texto de la CNMC reconoce que la descarbonización ha ido por delante de la adaptación de las infraestructuras y de la regulación.
Eso, lo repetimos, no es un accidente. Es una elección de política pública.
El regulador se limita, sin embargo, a elaborar un catálogo minucioso de recomendaciones. Revisión de la normativa de control de tensión, armonización con la seguridad industrial, integración en una única norma de los niveles de tensión que deben soportar las instalaciones, refuerzo de las interconexiones, revisión de los protocolos de operación y de control potencia-frecuencia.
También extiende el análisis a sectores como el audiovisual, las telecomunicaciones, el ferroviario, los carburantes o el gas, reclamando planes de respaldo y autonomía energética para que puedan operar sin red eléctrica en situaciones de crisis.
Es un inventario razonable de todo lo que habría que haber hecho antes del 28 de abril y que ahora se recomienda hacer para que no vuelva a pasar.
Pero el núcleo del problema continúa intacto. No hay ningún responsable último, ni se nombra a ninguna empresa ni autoridad en concreto. La CNMC recuerda que podrá incoar expedientes sancionadores, "caiga quien caiga", pero el informe que debía servir de referencia política y técnica para el país se queda a medio camino.
Si el fallo fue tan sistémico como se describe, es obligado preguntarse quién diseñó ese sistema, quién decidió el calendario de cierre de centrales convencionales, quién impulsó la nueva estructura de generación y quién dejó sin actualizar a tiempo las normas que debían garantizar su seguridad.
No es aceptable que el organismo encargado de velar por el buen funcionamiento de los mercados y las redes sea incapaz de delimitar con claridad la responsabilidad última de un apagón de esta magnitud.
La independencia regulatoria no consiste en repartir culpas en abstracto para que nadie se dé por aludido, sino en explicar con nombres y apellidos qué piezas fallaron, quién debía haberlas reforzado y por qué no lo hizo. Cuando la CNMC se refugia en la idea de que todo fue "multifactorial", está blindando al Gobierno de la crítica más obvia: que su política energética tensionó hasta el límite una red que no estaba preparada para soportarla.
Las preguntas que quedan abiertas en las propias notas técnicas son elocuentes. Si fue un multifallo porque la red no estaba adaptada al nuevo modelo, ¿por qué solo ocurrió aquel día?
¿Qué pueden hacer los consumidores (industria, empresas, hogares) para reclamar los daños sufridos?
¿Cómo va a sancionar la CNMC en un escenario en el que, oficialmente, la culpa fue de todos y de nadie al mismo tiempo?
Sin respuestas claras, el riesgo es que el coste del apagón (y el de las inversiones que ahora habrá que acometer a la carrera) vuelva a socializarse vía factura, mientras las decisiones que condujeron al desastre quedan amparadas por el cómodo manto de la complejidad.
En la Odisea, el truco de "Nadie" permite a Ulises salvar la vida. En la España del apagón, el truco de Nadie le ahorra explicaciones incómodas a un Gobierno que impulsó una transición energética sin red suficiente y a un regulador que no actualizó a tiempo las reglas del juego.