Domingo, 07 de junio de 2026 Dom 07/06/2026
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Política

Españoles que intuyan luz en la oscuridad

Españoles que intuyan luz en la oscuridad
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"El Papa agustino, misionero y matemático, sabe que el hombre no florece a pesar del límite sino a través de él" Leer

No es la cultura del enfrentamiento sino la del encuentro la que genera estabilidad. No debemos caer en la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de la polarización. Los enfoques identitarios pueblan el mundo de fantasmas. Se necesitan hombres y mujeres que intuyan en la oscuridad la luz.

Con cuatro sentencias rotundas fijó León XIV el guion moral de su visita apostólica a una España que vuelve por desgracia machadiana a ser el trozo de planeta por donde vaga errante la sombra de Caín. La primera autoridad moral del mundo estrechó la mano de la penúltima -seamos piadosos con PS en lo que dure el santo viaje- y también la de Felipe VI, a quien se le ve notoriamente cómodo en la cercanía de León, como si hablaran un mismo lenguaje institucional. Este Papa es estadounidense pero es hispanoamericano, luego es español. Por eso citó enseguida al Big Four del santoral patrio: Santiago, Juan de la Cruz, Íñigo de Loyola y Teresa de Jesús. Cuatro nombres incalculables que no solo cambiaron la historia de la fe sino también de la literatura. Así lo reconoció el Rey: "La fe católica está enraizada en nuestro país, y sin ella nuestra historia y nuestra cultura no se entenderían". La mejor izquierda siempre lo comprendió; la peor derecha nunca lo valoró.

Prevost comenzó la visita con buen pie doctrinal: sin bajarse del avión ya se había declarado madridista. "El Papa es de todos los equipos, pero Prevost es del Real Madrid". Que me corrija Florentino si me equivoco, pero sospecho que estamos ante al primer pontífice verdaderamente blanco de la historia. Quizá la elección del Santiago Bernabéu para el multitudinario encuentro de mañana cumplirá una secreta ilusión del alma prevostiana, al modo en que el secretario papal Voiello cultivaba secretamente su afición al Nápoles en la sagrada serie de Sorrentino.

Pero Prevost es un agustino, y eso significa conciencia histórica, altura intelectual y entrega misionera. Por eso, tras cumplir con el besamanos en el Palacio Real y formular los principios de su viaje se dirigió a un centro de acogida del barrio de Lucero, gestionado por Cáritas en la encrucijada que conecta Carabanchel, Latina y Aluche: el otro Madrid. Porque como apuntó el cardenal Cobo, la ciudad de Dios de san Agustín se empieza a construir desde los lugares que Italo Calvino llamaría las ciudades invisibles. "Si estás en Madrid, eres de Madrid", dijo Cobo, lo que viene a ser una reformulación castiza de esa antigua verdad que anima al peregrino según la cual todos los caminos llegan a Roma.

Consciente del foco que siempre le acompaña, Prevost elige depositarlo sobre el recinto de los descartados. Los rostros que según su encíclica deben seguir ocupando el centro de la historia, si no queremos despeñarnos por la pendiente del tecnofascismo preconizado por pijos siniestros como Peter Thiel, que confunde al ser humano con un algoritmo seguramente porque nadie le quiso a tiempo, y ya es tarde para un amor desinteresado.

Los jóvenes se agolpan en la plaza de Lima con sus mochilas colmadas de una ilusión que los gurús de los partidos políticos contemplan con una mezcla de estupor y envidia. Será muy fácil estos días componer la triste figura del racionalista altivo, incapaz de comprender a esos chavales traicionados por todas las ideologías que acuden a oír a un señor de 70 años vestido de blanco. Al parecer no promete la clave del éxito para invertir en criptos sino que repite un mensaje que acumula ya dos mil años. Una veinteañera da testimonio de su conversión; otro explica la causa inexplicable de que en el último momento decidiera no tirarse por la ventana; aquel ha hallado fuerzas renovadas para cuidar de su padre, postrado hace años en una silla de ruedas.

El Papa agustino, misionero y matemático, sabe que el hombre no florece a pesar del límite sino a través de él. Sabe también que el verdadero realismo no reduce la política a la moralidad, pero tampoco la entrega a la violencia. Los más perspicaces extraerán claves oblicuas de sus discursos a los españoles -me remito al primer párrafo-, pero que nadie espere de él un posicionamiento ideológico al uso, un guiño a la oposición o una mano al Gobierno. El programa de León XIV no se mide en legislaturas. Lo suyo no es dictar un mandato sino más bien cursar una invitación. La destina al fiel y al ateo, al religioso y al profano. Y a ninguno de nosotros, extenuados habitantes del país del muro, siquiera por el espacio de siete días nos viene mal alzar la mirada.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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