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¿Estamos ante el fin de las postales?

¿Estamos ante el fin de las postales?
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Antes era un placer encontrar una postal entre las facturas y el correo basura, pero hoy en día es incluso difícil encontrar una para enviar. Leer
Financial Times¿Estamos ante el fin de las postales?
  • REBECCA ROSE
Actualizado 14 JUL. 2026 - 10:49Unos turistas observan varias de las postales en una tienda de Valencia.EFEEXPANSION

Antes era un placer encontrar una postal entre las facturas y el correo basura, pero hoy en día es incluso difícil encontrar una para enviar.

¡Qué nostalgia encontrar postales antiguas!, cantaba Yves Montand en su preciosa canción "Je me souviens". "Solo yo sé lo que significan las palabras del reverso. Los diminutivos, las frases banales...".

Hace poco recibí una foto de una postal de mi madrina, que le envió mi madre en 1980. En un lado, una vista descolorida de La Valeta, Malta. En el reverso, la letra ilegible de mi madre: "Estamos aquí nueve días. Hasta ahora el tiempo ha sido magnífico, aunque esta noche empieza a haber niebla". Quizás nunca sepa qué ocurrió en Malta, pero como cantaba Montand, esa es la magia de una postal: un informe meteorológico codificado que todos pueden leer, pero que solo su destinatario puede descifrar. En estos tiempos pospostales, ¿hay algo más sorprendente y delicioso que encontrar una en el felpudo entre el correo basura, las facturas y las multas de aparcamiento? Y sin embargo, ¿cuándo fue la última vez que recibimos una?

Cada vez es más difícil, incluso en lugares turísticos, encontrar una postal para enviar. En un viaje a Paxos a principios de este año, tenía intención de obligar a mis hijos a escribir unas líneas de agradecimiento que les debían desde hace mucho tiempo a sus parientes en nuestro país de origen. Pero, por desgracia, las postales habían sido sustituidas por llaveros, pulseras y abridores de botellas. "Prueba en Corfú", sugirió el dueño del quiosco.

El año pasado, en Bretaña —un lugar maravillosamente resistente al cambio, donde se pueden encontrar las mismas postales año tras año—, paseé con un montón de postales ya franqueadas para enviar, pero no encontré ningún buzón. La caja de correos del camping estaba cerrada; me dijeron que no había suficiente demanda. A 1 euro la postal y 2,25 el sello, sentí remordimiento cuando me di cuenta de que me había gastado 15 euros para nada.

Es una triste realidad: las postales pronto podrían ser cosa del pasado. Cada vez se encuentran menos, incluso en las tiendas de los museos, donde antes abundaban. Los sellos (si es que se encuentran) son ahora tan caros que hay que pensárselo dos veces antes para saber si el destinatario lo merece. Es más probable leer "Ojalá estuvieras aquí" en un mensaje de WhatsApp. Pero hace unos 150 años, eran la forma más barata y eficiente de mantenerse en contacto.

Las postales comenzaron siendo simples tarjetas con sello. La idea de esta sencilla forma de comunicación se atribuye a Emanuel Herrmann, un economista austriaco, y la primera emitida por el gobierno, impresa en alemán y húngaro, salió a la venta en octubre de 1869. El concepto tuvo tanto éxito que otros países lo adoptaron rápidamente. Al año siguiente, se lanzó la primera postal oficial británica. Con un precio que era la mitad del de una carta, se vendieron unos 75 millones de ellas en el primer año.

"Las primeras postales se usaban principalmente en empresas para enviar mensajes cortos, no para correspondencia social", me explicó Joanna Espin, del Museo Postal de Londres. En aquella época, el servicio postal funcionaba a la perfección, y "quienes escribían cartas y postales podían esperar recibir varias entregas al día, por lo que era posible que el destinatario recibiera una postal el mismo día del envío". ¡Qué utopía! Hoy en día, es más probable que volvamos de vacaciones antes que nuestras postales lleguen a su destino.

Mi época dorada de escribir postales comenzó cuando tenía 10 años, cuando las enviaba a casi todas las personas que conocía o de las que tenía una dirección, en cuanto terminaban las clases para el verano. De adolescente, cuando estas misivas se volvieron más codificadas, bajaba las escaleras a toda velocidad para mirar bajo el felpudo por temor a que mis padres las interceptaran. En décadas posteriores, a medida que subieron los precios de los sellos, empecé a recibir menos postales (aunque, de hecho, habían comenzado a escasear a partir de 1968, cuando se revocó la tarifa especial de las postales).

Inevitablemente, ha habido intentos de reinventar la rueda. Cuando mis hijos eran más pequeños probé una práctica aplicación en la que se paga para enviar una tarjeta con fotografía personalizada con un mensaje escrito. Pero sin una búsqueda de última hora de sellos o buzones de correo, de alguna manera me daba la sensación de estar haciendo trampas. Además, ¿la belleza de una postal no es reconocer la mano que la envió?

Mantengo la esperanza de que haya un verdadero resurgimiento de las postales. Este verano, en el restaurante de temporada en la azotea del hotel de cinco estrellas Cheval Blanc en París, las mesas estaban equipadas con postales para escribir mientras se toma un aperitivo y ellos se encargan de enviarlas. Una idea encantadora, pero también una forma bastante cara de garantizar que esas líneas de agradecimiento lleguen a salvo a mi tía de Escocia.

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Fuente original: Leer en Expansión
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