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Este pueblo de España pasó desapercibido hasta 1953. Entonces decidió llevar a cabo el mayor experimento turístico del mundo

Este pueblo de España pasó desapercibido hasta 1953. Entonces decidió llevar a cabo el mayor experimento turístico del mundo
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A mediados del siglo XX los rascacielos todavía eran una rareza fuera de ciudades como Nueva York o Chicago. En Europa predominaban las urbes horizontales, con edificios de pocas plantas y centros históricos compactos. Sin embargo, en plena década de 1950 comenzó a experimentarse con una idea urbana que parecía casi futurista para la época: concentrar miles de viviendas y hoteles en torres altas para liberar suelo, acercar a la gente al mar y crear ciudades capaces de alojar a multitudes sin expandirse sin control por el territorio. El pueblo frente al mar. Por aquel entonces Benidorm era apenas una aldea de pescadores del litoral alicantino. Su economía giraba en torno al mar y, en particular, a la almadraba del atún, mientras muchas familias sobrevivían combinando pesca, agricultura y trabajos en la marina mercante. Aquella pequeña población apenas superaba los pocos miles de habitantes y tenía el aspecto típico de un pueblo mediterráneo: casas bajas, calles estrechas y una vida marcada por el ritmo de las mareas.  Sin embargo, la crisis de la pesca, el aislamiento económico de la España de posguerra y la necesidad de encontrar nuevas fuentes de ingresos empujaron a la localidad a buscar un futuro diferente. Fue entonces cuando comenzó a gestarse una transformación casi impensable: un enclave humilde destinado a convertirse en uno de los experimentos urbanos y turísticos más singulares de la historia. En Xataka Si la pregunta es si en el rascacielos residencial más alto de España se olvidaron del hueco del ascensor, la respuesta es simple: fue mucho peor La visión que cambió el destino de la ciudad. El gran punto de inflexión llegó en los años cincuenta cuando el alcalde Pedro Zaragoza percibió el potencial turístico de aquel rincón de la Costa Blanca. En un momento en que el régimen franquista trataba de atraer divisas y abrir tímidamente el país al exterior, Benidorm apostó por el turismo de sol y playa como motor económico.  La decisión implicaba romper con muchas convenciones de la época, desde permitir el uso del bikini en las playas (un escándalo para la España conservadora) hasta diseñar un modelo urbano pensado específicamente para acoger a miles de visitantes extranjeros. El municipio elaboró en 1956 uno de los primeros planes generales de ordenación urbana del país, una herramienta más propia de grandes ciudades que de un pequeño pueblo costero. Con ese plan empezó la metamorfosis: el lugar que durante siglos había vivido de la pesca comenzaba a imaginarse como una ciudad turística internacional. Benidorm antes del "plan" Crecer hacia el cielo. La clave del modelo urbanístico fue una decisión poco habitual en el litoral mediterráneo: crecer en vertical. El planeamiento de 1963 eliminó prácticamente los límites de altura y permitió que en parcelas relativamente pequeñas se levantaran torres cada vez más esbeltas. La lógica era sencilla y poderosa. Si los edificios se elevaban hacia el cielo, el suelo podía mantenerse libre para zonas verdes, piscinas, avenidas y servicios.  Ese planteamiento convirtió a Benidorm en un auténtico laboratorio de urbanismo moderno, inspirado indirectamente por las teorías de arquitectos como Le Corbusier sobre ciudades verticales rodeadas de espacios abiertos. El primer gran símbolo de ese cambio llegó con edificios como el Frontalmar o el Coblanca 1 en los años sesenta, torres (o moles) que rompieron por completo la escala tradicional del pueblo. Aquellas construcciones inauguraron un modelo que en pocas décadas transformaría el paisaje de la ciudad. Que llegan las hordas. La apertura del aeropuerto de Alicante en 1967 y la expansión de los turoperadores europeos dispararon la llegada de visitantes. El turismo británico, especialmente, encontró en Benidorm un destino barato, soleado y accesible durante todo el año. Para alojar a esa avalancha de turistas se levantaron decenas de hoteles y bloques de apartamentos cada vez más altos. En pocas décadas el skyline de Benidorm pasó de casas bajas a un bosque de torres frente al mar.  Hoy la ciudad cuenta con más de un centenar de rascacielos o, dicho de otra forma, es la segunda del mundo con mayor densidad de edificios altos por habitante, solo por detrás de Nueva York. Estructuras como el Gran Hotel Bali, el Intempo o la futura TM Tower (que superará los 230 metros) simbolizan esa carrera vertical que convirtió a la ciudad en lo que muchos llaman el “Manhattan del Mediterráneo”. Criticado y admirado. Qué duda cabe, el modelo de Benidorm ha sido objeto de debate durante décadas. Para algunos es el ejemplo perfecto de turismo masivo y urbanización agresiva del litoral. Para otros es, paradójicamente, uno de los desarrollos costeros más eficientes de Europa. La concentración de edificios en altura permite albergar a cientos de miles de visitantes ocupando una superficie relativamente pequeña y reduce el consumo de suelo frente a los modelos de urbanización extensiva con chalets y resorts dispersos.  Además, la ciudad funciona como un destino prácticamente continuo durante todo el año, con niveles de ocupación hotelera muy elevados incluso en invierno. Esa eficiencia espacial ha llevado a algunos arquitectos y urbanistas a considerar Benidorm como un experimento urbano tan singular que, lejos de ser un error, anticipó soluciones que hoy se discuten en el debate sobre sostenibilidad y densidad urbana. En Xataka Matalascañas es el ejemplo de un fallo gordo de la arquitectura: pensar que la playa de tu infancia iba a ser como la recuerdas De pueblo a icono turístico mundial. El resultado de todo este proceso es una transformación difícil de imaginar si se observa el punto de partida. En apenas unas décadas Benidorm pasó de ser un pequeño núcleo pesquero a una ciudad capaz de recibir millones de visitantes al año. Su población estable ronda las decenas de miles de habitantes, pero durante el verano puede multiplicarse hasta acercarse al medio millón de personas.  El skyline de rascacielos, visible desde kilómetros mar adentro, se ha convertido en una imagen icónica del turismo español. Lo que comenzó como una apuesta arriesgada en los años cincuenta terminó creando un fenómeno urbano y económico único: un lugar donde un antiguo pueblo del Mediterráneo decidió reinventarse mirando hacia el cielo y acabó construyendo su propio Manhattan frente al mar.  Quizá por eso su historia sigue provocando la misma pregunta incómoda: si aquello fue una brillante intuición urbanística… o el experimento que cambió para siempre la forma de habitar el Mediterráneo. Imagen | Javier Martin Espartosa, Doblecaña  En Xataka | Si la pregunta es si se puede borrar un rascacielos sin demolerlo, París tiene la respuesta: sí, a cambio de una fortuna En Xataka | Si tu reforma es un dolor de muelas, piensa en la casa que ha costado 120 veces más que su coste original: una obra maestra - La noticia Este pueblo de España pasó desapercibido hasta 1953. Entonces decidió llevar a cabo el mayor experimento turístico del mundo fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .
Este pueblo de España pasó desapercibido hasta 1953. Entonces decidió llevar a cabo el mayor experimento turístico del mundo

Un antiguo pueblo del Mediterráneo decidió reinventarse mirando hacia el cielo y acabó construyendo su propio Manhattan

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Miguel Jorge

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A mediados del siglo XX los rascacielos todavía eran una rareza fuera de ciudades como Nueva York o Chicago. En Europa predominaban las urbes horizontales, con edificios de pocas plantas y centros históricos compactos. Sin embargo, en plena década de 1950 comenzó a experimentarse con una idea urbana que parecía casi futurista para la época: concentrar miles de viviendas y hoteles en torres altas para liberar suelo, acercar a la gente al mar y crear ciudades capaces de alojar a multitudes sin expandirse sin control por el territorio.

El pueblo frente al mar. Por aquel entonces Benidorm era apenas una aldea de pescadores del litoral alicantino. Su economía giraba en torno al mar y, en particular, a la almadraba del atún, mientras muchas familias sobrevivían combinando pesca, agricultura y trabajos en la marina mercante. Aquella pequeña población apenas superaba los pocos miles de habitantes y tenía el aspecto típico de un pueblo mediterráneo: casas bajas, calles estrechas y una vida marcada por el ritmo de las mareas. 

Sin embargo, la crisis de la pesca, el aislamiento económico de la España de posguerra y la necesidad de encontrar nuevas fuentes de ingresos empujaron a la localidad a buscar un futuro diferente. Fue entonces cuando comenzó a gestarse una transformación casi impensable: un enclave humilde destinado a convertirse en uno de los experimentos urbanos y turísticos más singulares de la historia.

En XatakaSi la pregunta es si en el rascacielos residencial más alto de España se olvidaron del hueco del ascensor, la respuesta es simple: fue mucho peor

La visión que cambió el destino de la ciudad. El gran punto de inflexión llegó en los años cincuenta cuando el alcalde Pedro Zaragoza percibió el potencial turístico de aquel rincón de la Costa Blanca. En un momento en que el régimen franquista trataba de atraer divisas y abrir tímidamente el país al exterior, Benidorm apostó por el turismo de sol y playa como motor económico. 

La decisión implicaba romper con muchas convenciones de la época, desde permitir el uso del bikini en las playas (un escándalo para la España conservadora) hasta diseñar un modelo urbano pensado específicamente para acoger a miles de visitantes extranjeros. El municipio elaboró en 1956 uno de los primeros planes generales de ordenación urbana del país, una herramienta más propia de grandes ciudades que de un pequeño pueblo costero. Con ese plan empezó la metamorfosis: el lugar que durante siglos había vivido de la pesca comenzaba a imaginarse como una ciudad turística internacional.

Benidorm antes del "plan"

Crecer hacia el cielo. La clave del modelo urbanístico fue una decisión poco habitual en el litoral mediterráneo: crecer en vertical. El planeamiento de 1963 eliminó prácticamente los límites de altura y permitió que en parcelas relativamente pequeñas se levantaran torres cada vez más esbeltas. La lógica era sencilla y poderosa. Si los edificios se elevaban hacia el cielo, el suelo podía mantenerse libre para zonas verdes, piscinas, avenidas y servicios. 

Ese planteamiento convirtió a Benidorm en un auténtico laboratorio de urbanismo moderno, inspirado indirectamente por las teorías de arquitectos como Le Corbusier sobre ciudades verticales rodeadas de espacios abiertos. El primer gran símbolo de ese cambio llegó con edificios como el Frontalmar o el Coblanca 1 en los años sesenta, torres (o moles) que rompieron por completo la escala tradicional del pueblo. Aquellas construcciones inauguraron un modelo que en pocas décadas transformaría el paisaje de la ciudad.

Que llegan las hordas. La apertura del aeropuerto de Alicante en 1967 y la expansión de los turoperadores europeos dispararon la llegada de visitantes. El turismo británico, especialmente, encontró en Benidorm un destino barato, soleado y accesible durante todo el año. Para alojar a esa avalancha de turistas se levantaron decenas de hoteles y bloques de apartamentos cada vez más altos. En pocas décadas el skyline de Benidorm pasó de casas bajas a un bosque de torres frente al mar. 

Hoy la ciudad cuenta con más de un centenar de rascacielos o, dicho de otra forma, es la segunda del mundo con mayor densidad de edificios altos por habitante, solo por detrás de Nueva York. Estructuras como el Gran Hotel Bali, el Intempo o la futura TM Tower (que superará los 230 metros) simbolizan esa carrera vertical que convirtió a la ciudad en lo que muchos llaman el “Manhattan del Mediterráneo”.

Criticado y admirado. Qué duda cabe, el modelo de Benidorm ha sido objeto de debate durante décadas. Para algunos es el ejemplo perfecto de turismo masivo y urbanización agresiva del litoral. Para otros es, paradójicamente, uno de los desarrollos costeros más eficientes de Europa. La concentración de edificios en altura permite albergar a cientos de miles de visitantes ocupando una superficie relativamente pequeña y reduce el consumo de suelo frente a los modelos de urbanización extensiva con chalets y resorts dispersos. 

Además, la ciudad funciona como un destino prácticamente continuo durante todo el año, con niveles de ocupación hotelera muy elevados incluso en invierno. Esa eficiencia espacial ha llevado a algunos arquitectos y urbanistas a considerar Benidorm como un experimento urbano tan singular que, lejos de ser un error, anticipó soluciones que hoy se discuten en el debate sobre sostenibilidad y densidad urbana.

En XatakaMatalascañas es el ejemplo de un fallo gordo de la arquitectura: pensar que la playa de tu infancia iba a ser como la recuerdas

De pueblo a icono turístico mundial. El resultado de todo este proceso es una transformación difícil de imaginar si se observa el punto de partida. En apenas unas décadas Benidorm pasó de ser un pequeño núcleo pesquero a una ciudad capaz de recibir millones de visitantes al año. Su población estable ronda las decenas de miles de habitantes, pero durante el verano puede multiplicarse hasta acercarse al medio millón de personas. 

El skyline de rascacielos, visible desde kilómetros mar adentro, se ha convertido en una imagen icónica del turismo español. Lo que comenzó como una apuesta arriesgada en los años cincuenta terminó creando un fenómeno urbano y económico único: un lugar donde un antiguo pueblo del Mediterráneo decidió reinventarse mirando hacia el cielo y acabó construyendo su propio Manhattan frente al mar. 

Quizá por eso su historia sigue provocando la misma pregunta incómoda: si aquello fue una brillante intuición urbanística… o el experimento que cambió para siempre la forma de habitar el Mediterráneo.

Imagen | Javier Martin Espartosa, Doblecaña 

En Xataka | Si la pregunta es si se puede borrar un rascacielos sin demolerlo, París tiene la respuesta: sí, a cambio de una fortuna

En Xataka | Si tu reforma es un dolor de muelas, piensa en la casa que ha costado 120 veces más que su coste original: una obra maestra

Fuente original: Leer en Xataka
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