“La ciencia es apasionante”, asegura el profesor de la Universidad de Cornell, “pero conlleva muchas situaciones desagradables para la gente”.
El martes, OpenAI anunció que había utilizado decenas de miles de agentes para resolver un problema matemático de 90 años de antigüedad, al que estaba asociado un premio de un millón de dólares. La solución, que aún debe ser verificada de forma independiente, se basa en una estrategia desarrollada por los matemáticos españoles Diego Córdoba y Luis Martínez-Zoroa. El anuncio se vio empañado por las acusaciones de otro matemático, Tristan Buckmaster, quien señala que OpenAI se apresuró a resolver el problema tras enterarse de su trabajo junto al investigador de Anthropic, Levent Alpöge. Buckmaster alega que OpenAI también intentó influir en quién se llevaría el mérito por el trabajo.
Esta ruptura es un síntoma de los rápidos cambios que se están produciendo en el campo debido a los avances en IA y a lo que Strogatz (coautor de Big Math, un libro sobre cómo las matemáticas se están alejando de la comprensión humana) describe como la carrera de los laboratorios corporativos por acaparar titulares antes de sus sonadas salidas a bolsa.
La semana pasada, Anthropic anunció que Claude había demostrado 29,500 pequeños teoremas a la vez que formalizaba una prueba ya existente del famoso Último Teorema de Fermat (un proyecto en el que otros matemáticos llevaban años trabajando). En agosto, OpenAI anunció que había logrado avances en otros diez problemas matemáticos de larga data. La IA está acelerando los avances matemáticos, sostiene Strogatz, pero lo que esto significa para los expertos que han dedicado su vida a este campo es, sin duda, mucho menos claro.
“Creo que el año 2026 será recordado como un annus mirabilis o un annus horribilis para las matemáticas, porque han pasado muchas cosas”, explica Strogatz a WIRED, sentado frente a una pared cubierta de diplomas universitarios enmarcados. “En el futuro, no podrás competir sin IA si quieres lograr avances matemáticos”, añade.
Su colaborador en el libro, Alex Townsend, ya lleva tiempo usando esta tecnología para acelerar su investigación. Recientemente utilizó ChatGPT para ayudar a resolver un problema de álgebra lineal numérica que llevaba décadas sin resolverse. Hacia el final de la entrevista, Townsend entra en el ático de Strogatz. Townsend y su coautor opinan que, sin esta tecnología, el volumen de trabajo necesario y la relación costo-beneficio habrían sido prohibitivamente elevados. Pero, aunque la IA le ha ayudado en su trabajo, también está cambiando la forma en que Townsend ve el campo y su papel en él.
“De hecho, me siento un poco molesto por haber dedicado 15 años de mi vida a investigar en matemáticas y, en un momento de mi carrera en el que soy muy productivo y estoy en mi mejor momento como matemático, esa destreza máxima ya no está ahí. Hay algo capaz de superarme”, confiesa. “Antes era muy emocionante porque eras de talla mundial, realizabas una investigación excelente, ampliabas las fronteras del conocimiento, y ahora no siento que sea yo quien esté en la vanguardia del conocimiento. Soy yo quien cuenta con un agente de IA, lo cual, en realidad, se siente muy diferente. Y me siento totalmente amenazado por ello”.
Por su parte, Strogatz compara el momento actual de las matemáticas con una película de terror, ya que la IA, impulsada por sistemas que aún no se comprenden bien, se acerca cada vez más. “Pero aún no hemos llegado al final de la película”, comenta Strogatz. “Instintivamente, estoy realmente aterrorizado”.
WIRED.com. Adaptado por Mauricio Serfatty Godoy.