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Europa entre dos frentes: cómo sobrevivir a Putin y a Trump, del pragmatismo energético al renacimiento nuclear

Europa entre dos frentes: cómo sobrevivir a Putin y a Trump, del pragmatismo energético al renacimiento nuclear
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Europa posee una capacidad económica formidable —casi el 18 % del PIB mundial con solo el 5,5 % de la población—, pero sigue careciendo de cohesión política y de instrumentos de decisión rápidos. Más información: Más de 1.000 ucranianos han sido apresados en 2025 tras caer en la desinformación rusa: "Admiro al gran líder Putin"

El encuentro entre Vladimir Putin y Donald Trump en Alaska. REUTERS/Kevin Lamarque

EuropaEuropa entre dos frentes: cómo sobrevivir a Putin y a Trump, del pragmatismo energético al renacimiento nuclear

Europa posee una capacidad económica formidable —casi el 18 % del PIB mundial con solo el 5,5 % de la población—, pero sigue careciendo de cohesión política y de instrumentos de decisión rápidos.

Más información: Más de 1.000 ucranianos han sido apresados en 2025 tras caer en la desinformación rusa: "Admiro al gran líder Putin"

Alesia Slizhava Publicada 1 abril 2026 02:45h

Las claves nuevo Generado con IA

Europa se ha despertado literalmente atrapada entre dos fuegos. Al este, una Rusia que celebra el alza de los precios energéticos y consolida ganancias territoriales en Donbás. Al oeste, una Administración Trump que exige alineamiento total mientras prioriza sus propios intereses comerciales y geopolíticos.

En el centro, un continente que ve cómo el cierre efectivo del estrecho de Ormuz —provocado por la respuesta iraní a la Operación 'Furia Épica' lanzada el 28 de febrero— amenaza con desindustrializar su economía y fracturar aún más su unidad.

La cumbre del Consejo Europeo del pasado 19 de marzo en Bruselas fue un espejo fiel de esta realidad. Los 27 líderes expresaron "gran preocupación" por los picos de precios: el gas subió hasta un 30 % en una sola jornada tras los ataques a infraestructuras en Qatar, y el barril de Brent ha superado los 100 dólares, estabilizándose entre 90 y 110 según las previsiones más recientes.

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Exigieron la reapertura urgente del estrecho de Ormuz —por donde pasa el 20 % del petróleo y cerca del 25 % del GNL mundial—, una moratoria inmediata en los ataques contra instalaciones energéticas y de agua, y "desescalada y máxima contención".

Algunos Estados miembros (Alemania, Francia, Italia y Países Bajos) se mostraron dispuestos a contribuir a la libertad de navegación, pero solo "cuando las condiciones lo permitan". Rechazaron, en gran medida, la petición directa de Donald Trump de enviar activos militares europeos al estrecho. No hay apetito para una nueva misión naval en un escenario tan volátil.

La Comisión Europea estudiará medidas temporales de emergencia: flexibilización de ayudas estatales, posible reducción del objetivo de llenado de almacenamiento de gas al 80 %, rebajas fiscales y, si la crisis se agrava, adaptaciones al mercado de carbono (ETS). Pero todos saben que éstas son meros parches. La verdadera vulnerabilidad es estructural.

En la citada cumbre los líderes europeos criticaron duramente la decisión unilateral de Washington de suavizar temporalmente las sanciones al petróleo ruso para aliviar precios globales. Lo consideraron un error estratégico que beneficia a Moscú y debilita la posición frente a Ucrania.

Rusia, el gran beneficiario a corto plazo

Mientras Europa sufre, Moscú sonríe. Los ingresos energéticos rusos se han disparado: de unos 70 dólares por barril antes del conflicto a picos superiores a 100, estabilizándose alrededor de 90-100. Solo en las dos primeras semanas de marzo, Rusia ingresó unos 7.700 millones de euros por exportaciones de combustibles fósiles, un 14 % más que el promedio de febrero. Cada euro extra es un rublo más para su esfuerzo bélico en Ucrania.

Los avances rusos en Donbás siguen siendo lentos pero constantes. Y en paralelo, Moscú ha intensificado el control interno: desde principios de marzo, los apagones de internet móvil en Moscú y San Petersburgo se han vuelto casi diarios. La excusa oficial es la amenaza de drones ucranianos que usarían las redes para navegar.

La realidad, según analistas y diplomáticos, es doble: dificultar ataques y, sobre todo, reforzar el "internet soberano" para limitar la difusión de información crítica en un momento de purgas en el Ministerio de Defensa y posible descontento interno. Se prueba a gran escala el sistema de "lista blanca": solo funcionan servicios gubernamentales aprobados.

Europa, que había reducido su dependencia del gas ruso por gasoducto del 40 % en 2021 al 13 % en 2025 gracias a REPowerEU, se encuentra ahora en una paradoja incómoda. El gas qatarí —que muchos países habían sustituido— ha caído drásticamente tras los ataques iraníes. Qatar perdió temporalmente alrededor del 17 % de su capacidad de exportación, con reparaciones que podrían tardar 3-5 años.

De repente, a Europa no le vendría mal poder recurrir de nuevo a recursos rusos, aunque sea de forma indirecta a través de India o Turquía. Putin, anticipándose, amenaza con redirigir suGNL restante a Asia, pagado en yuanes y rublos.

Estados Unidos: pragmatismo unilateral

Del otro lado del Atlántico, la segunda presidencia de Trump ha acelerado la fractura transatlántica. Su National Security Strategy de finales de 2025 describe a Europa como "estratégicamente vital pero en declive", critica a la UE por ser "anti-democrática" y propone "cultivar resistencia" dentro de los países europeos contra la dirección actual de Bruselas.

A cambio, prioriza las relaciones bilaterales con naciones como Hungría, Polonia, Italia o Austria, y exige que Europa asuma mucha más responsabilidad en su defensa.

La operación contra Irán no se limitó a neutralizar su programa nuclear. Washington busca una reconfiguración estratégica del orden energético global. Al paralizar el Golfo Pérsico mediante la Operación 'Furia Épica', Estados Unidos persigue varios objetivos simultáneos:

- Debilitar las exportaciones iraníes hacia China e India, principales compradores de crudo iraní.

 - Posicionarse como garante de las rutas marítimas y principal proveedor alternativo de crudo y GNL.

- Forzar a Europa y Asia a comprar gas natural licuado estadounidense a precios significativamente más altos.

- Impulsar las ventas de armamento a los países árabes del Golfo, que ahora necesitan sistemas de defensa avanzados (como Patriot o THAAD) ante la amenaza iraní.

La Administración Trump habla abiertamente de "cambio de régimen" en Teherán, aunque en los últimos días ha mostrado señales de flexibilidad y ha pospuesto ciertos ataques, como contra plantas eléctricas, para abrir una ventana de negociaciones.

Esta podría ser una política muy improvisada: es supervivencia imperial. Estados Unidos arrastra una deuda pública y necesita mantener la hegemonía del dólar en el comercio energético global. Si países como Rusia, China o los BRICS logran consolidar transacciones petroleras en yuanes u otras monedas, el dólar perdería parte de su poder. Controlar (o al menos influir decisivamente en) el Golfo Pérsico asegura que el petróleo y el gas sigan orbitando alrededor de Washington.

Además, la operación cumple objetivos geopolíticos claros:

- Blindar a Israel frente a su principal enemigo regional.

- Dividir Oriente Medio profundizando la brecha entre chiíes y suníes.

- Reactivar y modernizar los Acuerdos de Abraham, acercando aún más a Israel con los países árabes del Golfo.

En este sentido, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos están considerando cada vez más seriamente sumarse activamente a las operaciones contra Irán. Tras recibir ataques iraníes con misiles y drones, Riad y Abu Dabi han endurecido su postura.

Fuentes diplomáticas indican que es “solo cuestión de tiempo” que Arabia Saudí entre en la guerra, y los Emiratos ya estudian acciones directas contra instalaciones de misiles iraníes. Su paciencia se ha agotado y ven en el debilitamiento militar de Teherán una oportunidad histórica para reducir la amenaza a largo plazo.

Tres Europas, una sola vulnerabilidad

La crisis del Estrecho de Ormuz ha desnudado las profundas fracturas internas de la Unión Europea, que se divide hoy en tres bloques con intereses casi incompatibles.

El bloque geoeconómico —integrado por Alemania, Francia, Italia y España— vive aterrorizado ante la amenaza de desindustrialización. Para estas potencias manufactureras, un shock energético prolongado supondría "la sentencia de muerte" para sus sectores químico, siderúrgico y automovilístico. Su prioridad absoluta es la desescalada inmediata y rechazan cualquier medida que agrave la escasez de energía.

El bloque securitario atlántico —liderado por Polonia y los países bálticos— celebra el debilitamiento de Irán como una victoria indirecta contra el eje Teherán-Moscú, principal proveedor de drones y tecnología balística a Putin. Sin embargo, enfrentan el dramático "dilema de la frazada corta": cuanto más se involucre Washington en Oriente Medio, menos armas, dinero y atención quedarán para Ucrania.

El bloque obstruccionista —encabezado por Hungría de Viktor Orbán y Eslovaquia— utiliza su derecho de veto como arma de chantaje. Acaba de bloquear nuevamente el macropréstamo de 90.000 millones de euros a Kiev y exige exenciones energéticas a cambio de su apoyo. Orbán es consciente de que, sin el respaldo simultáneo de Rusia y Estados Unidos, sus posibilidades de reelección serían mínimas.

Aunque los otros 27 líderes respaldaron firmemente las conclusiones de la cumbre, el veto húngaro volvió a paralizar la decisión. Europa sigue hablando con una sola voz… solo cuando Hungría lo permite.

Europa, entre pragmatismo y ambición

No existen soluciones mágicas ni rápidas, pero en los pasillos de Bruselas se discuten en privado cuatro vías concretas para afrontar esta crisis sin precedentes:

Pragmatismo ruso temporal.-
Europa podría retrasar los embargos totales al gas y petróleo ruso, tolerar las importaciones trianguladas a través de India y Turquía, y permitir un flujo limitado de gas ruso para evitar que el precio en el hub TTF supere de forma sostenida los 75 €/MWh. Es una opción incómoda y políticamente tóxica que nadie admite en público, pero que muchos gobiernos consideran inevitable a corto plazo para proteger su industria.

Eje sur y diversificación acelerada.-
Reforzar urgentemente el corredor mediterráneo-africano, aumentar las compras de gas azerí través de Turquía y consolidar alianzas energéticas con los nuevos productores del Atlántico Sur, especialmente Guyana y Brasil. El objetivo es reducir la dependencia de rutas conflictivas y diversificar fuentes fuera del Golfo Pérsico y del control estadounidense.

Cártel de compradores europeo.-
Reactivar y convertir en obligatorio el mecanismo conjunto de compras de gas, actuando como un bloque unificado de 450 millones de consumidores. De esta forma, Europa dejaría de competir internamente y podría negociar contratos a largo plazo con mayor fuerza frente a Washington y los comercializadores asiáticos, evitando que Texas marque los precios.

Renacimiento nuclear y soberanía energética interior.-
Enterrar de una vez los dogmas antinucleares del pasado, apostar decididamente por los pequeños reactores modulares (SMR), acelerar masivamente las renovables y la electrificación de la industria. No solo por razones climáticas, sino como imperativo de supervivencia estratégica y militar en un mundo cada vez más hostil.

La cumbre del 19 de marzo impulsó la agenda “One Europe, One Market” para ganar competitividad y autonomía estratégica, aunque los plazos concretos siguen siendo demasiado vagos.

La lección más dura

Hoy, intimidados por potencias mercantilistas como China, Rusia y un Estados Unidos cada vez más transaccional, los europeos están aprendiendo una verdad incómoda: la debilidad invita al desprecio. La guerra nunca fue solo un episodio lejano. Como escribió el satírico Karl Kraus, "la guerra es una desgracia, pero la mayor desgracia es que algunos se nieguen a oír hablar de ella".

Europa posee una capacidad económica formidable —casi el 18 % del PIB mundial con solo el 5,5 % de la población—, pero sigue careciendo de cohesión política y de instrumentos de decisión rápidos. La regla de la unanimidad en política exterior se ha convertido en un techo de cristal que paraliza su acción. La dependencia energética no ha desaparecido: simplemente se ha desplazado de Rusia a Estados Unidos, y ahora se ve amenazada por un tercer frente en Oriente Medio.

Sin avanzar hacia decisiones por mayoría cualificada en asuntos exteriores, sin lograr una verdadera autonomía energética y de defensa, y sin una estrategia sostenible para Ucrania que concilie principios con pragmatismo, Europa corre el riesgo real de convertirse en una periferia industrial irrelevante en un mundo que ya no espera a nadie.

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Europa, aún dividida ante el conflicto EEUU–Irán, celebró el 31 de marzo de 2026 una reunión urgente de ministros de Energía para coordinar su respuesta a la crisis energética. Se abordaron riesgos como interrupciones en el suministro, el posible cierre del estrecho de Ormuz y la subida de precios.

Las medidas propuestas incluyen reducir el consumo, reforzar reservas de gas y estabilizar mercados. Sin embargo, la UE vuelve a limitarse a acciones técnicas y voluntarias, sin superar sus divisiones ni avanzar hacia una autonomía estratégica real.

Alesia Slizhava es doctora en Ciencias Políticas y licenciada en Derecho Internacional.

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