- RAFAEL PAMPILLÓN
- China, al rescate de las plantas de coches europeas
- La última barrera de los coches chinos: competir con las marcas prémium europeas
China ya no compite principalmente por costes, compite por productividad, por tamaño de su mercado, por tecnología y por capacidad para innovar. Mientras Europa debatía durante años sobre marcos regulatorios, el gigante asiático ejecutaba una estrategia industrial a largo plazo.
Cada vez que un fabricante chino desembarca en Europa con un automóvil eléctrico más barato, más avanzado y, en muchos casos, mejor equipado que sus rivales europeos, vuelve a surgir la misma pregunta: ¿qué estamos haciendo mal? La explicación fácil consiste en atribuir el éxito chino a sus bajos salarios, las subvenciones públicas o la competencia desleal. Todo ello influye, pero ninguna de esas razones basta para explicar por qué el liderazgo tecnológico se desplaza hacia Asia. La verdadera razón es que China ha cambiado mucho más deprisa que Europa.
Durante décadas identificamos a China con una inmensa fábrica de productos baratos. Esa imagen ya no es real. Los salarios industriales chinos llevan años aumentando y, en numerosas regiones, superan ampliamente los de otros países asiáticos. Si el único secreto fuera pagar poco a los trabajadores, la producción se habría trasladado masivamente a Vietnam, Indonesia o Bangladesh. Sin embargo, sigue concentrándose en China. La razón es sencilla: China ya no compite principalmente por costes. Compite por productividad, por tamaño de su mercado, por tecnología y por capacidad para innovar.
China domina toda la cadena de suministro
Mientras Europa debatía durante años sobre marcos regulatorios, China ejecutaba una estrategia industrial a largo plazo. No pensaba únicamente en fabricar coches. Se proponía dominar toda la cadena de valor: el refinado de minerales críticos, las baterías, la electrónica de potencia, el software, la inteligencia artificial aplicada a la movilidad y las infraestructuras de recarga de baterías. Entendieron antes que nadie que el vehículo eléctrico no era simplemente un automóvil con otro motor. Era un ordenador sobre ruedas.
La batería representa aproximadamente un tercio del valor del vehículo. El resto depende cada vez más del software, de los sensores, de los sistemas de gestión energética y de la inteligencia artificial. El automóvil ha dejado de ser exclusivamente un producto mecánico. Es ya un producto tecnológico.
Mientras China llegaba antes a esa conclusión, Europa, en cambio, creyó durante demasiado tiempo que le bastaría con adaptar el extraordinario conocimiento acumulado durante un siglo en motores de combustión. No era suficiente. La revolución no consistía en sustituir un motor por otro; consistía en cambiar completamente la naturaleza del producto.
Sería injusto afirmar que Europa ha dejado de innovar. Basta mencionar Airbus o ASML para demostrar lo contrario. La primera disputa el liderazgo mundial de la aviación comercial a Boeing. La segunda fabrica las máquinas más sofisticadas del planeta para producir semiconductores avanzados. También siguen siendo referentes empresas europeas como Siemens, SAP o Schneider Electric.
El problema no es la ausencia de excelencia. El problema es que nos falta una masa crítica de empresas. Porque mientras Estados Unidos lidera las grandes plataformas digitales y China multiplica gigantes tecnológicos en numerosos sectores, Europa tiene pocas empresas que lideren sus sectores.
Hay un dato especialmente revelador. Desde hace años, China invierte en términos absolutos más en investigación y desarrollo que toda la Unión Europea. Pero tan importante como el volumen es el destino de esa inversión. Una gran parte de la I+D china se concentra en inteligencia artificial, robótica, automatización industrial, semiconductores, nuevos materiales, biotecnología o computación cuántica. Es decir, las tecnologías que determinarán la competitividad durante las próximas décadas.
Europa también investiga. Lo hace muy bien. Pero demasiadas veces transforma excelentes investigaciones en publicaciones científicas, mientras otros las convierten en empresas globales.
China utiliza el mercado para aprender
A menudo se afirma que el éxito chino se basa exclusivamente en las ayudas públicas. Es una visión incompleta. Las subvenciones existen y son importantes. Pero también existe un mercado interno inmenso, en el que decenas de fabricantes compiten intensamente. Los márgenes empresariales son reducidos, los precios no suben y la innovación nunca se detiene. Las empresas que sobreviven a esa competencia llegan a los mercados internacionales extraordinariamente fortalecidas.
También conviene matizar otro lugar común. Se dice, con frecuencia, que Europa abrió completamente su mercado, mientras China mantuvo el suyo cerrado. No es cierto. Durante años los fabricantes europeos vendieron millones de vehículos en China, y obtuvieron allí una parte muy importante de sus beneficios. Sin embargo, ese acceso nunca fue simétrico. Hubo requisitos de producción local, empresas conjuntas, transferencia tecnológica y una política deliberada para favorecer el desarrollo de fabricantes chinos.
Ante esta situación proliferan las voces que reclaman más proteccionismo europeo. Es una reacción comprensible, pero insuficiente. Los aranceles pueden ofrecer un respiro, pero nunca pueden sustituir a la competitividad.
Si ese tiempo adicional sirve para reducir los costes energéticos, simplificar la regulación, acelerar la inversión, reforzar la investigación, facilitar la financiación empresarial y recuperar el atractivo industrial europeo, habrá merecido la pena. Si únicamente sirve para retrasar un problema estructural, el resultado será el mismo, solo que unos años más tarde.
El problema trasciende al automóvil
Europa sigue siendo una potencia turística, gastronómica, cultural, patrimonial, del lujo y de la moda. Debe seguir siéndolo. Nadie cuestiona la importancia de estos sectores. Pero ninguna gran economía ha mantenido un liderazgo duradero sin una base industrial y tecnológica sólida.
Estados Unidos continúa dominando buena parte del software, la inteligencia artificial y la biotecnología. Corea del Sur tiene gigantes tecnológicos de referencia mundial. Japón conserva una poderosa industria manufacturera. China controla cada vez más los eslabones esenciales de las cadenas de suministro.
Europa no puede conformarse con convertirse en el gran destino turístico del planeta, mientras importa los productos tecnológicos que definirán el siglo XXI.
Quizá la diferencia entre China y Europa pueda resumirse en una idea muy sencilla. Europa actuó durante demasiado tiempo como quien ha heredado una fortuna. China actuó como quien quería crear su propia fortuna.
El verdadero debate, por tanto, no consiste en preguntarse si China juega limpio. La cuestión realmente importante es otra: ¿por qué Europa reaccionó tan despacio cuando todas las señales indicaban que China había dejado de ser la fábrica barata del mundo para convertirse en una potencia tecnológica?
Los datos estaban delante de nosotros: el aumento continuo del gasto en I+D, la formación de millones de ingenieros, el liderazgo en baterías, el dominio del refinado de minerales críticos, la explosión de las patentes y el crecimiento de empresas capaces de competir globalmente.
Quizá el mayor error europeo no haya sido abrir sus mercados, sino pensar que el liderazgo industrial era permanente. La historia económica demuestra justamente lo contrario. Ninguna ventaja competitiva es eterna. Todas deben renovarse constantemente mediante innovación, inversión, competencia y productividad.
Europa todavía dispone de las universidades, las empresas y el capital humano necesarios para volver a liderar. Pero el tiempo se acaba. Estados Unidos y China ya han tomado ventaja en muchas de las tecnologías que definen la economía del siglo XXI.
Europa no necesita resignarse a vivir de los éxitos del pasado; necesita construir los del futuro. Ese es el verdadero desafío.
Rafael Pampillón | Profesor de la Universidad CEU-San Pablo y del IE Business School.
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