Ha sido necesario que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, amenzara con agredir territorialmente a Europa, tras dañar su economía, y que el gobernador de California pidiera a los europeos que no se arrodillaran ante Washington para que lleguen las reacciones. También ha hecho falta que crezca el antieuropeismo de los partidos extremistas para que Bruselas salga de su letargo. Parece que lo ha hecho, aunque sea con debates y polémicas, como siempre.
Europa llevaba demasiado tiempo instalada en una contradicción cómoda: exigirse liderazgo climático y digital, pero permitir que su músculo industrial adelgazara; hablar de autonomía estratégica, pero aceptar dependencias críticas; presumir de mercado único, pero convivir con un laberinto de trabas internas. Ahora la comisión ultima el borrador de la Ley de Aceleración Industrial (IAA, por sus siglas en inglés) cuyo principio central es que "siempre que se utilicen fondos públicos europeos, deben contribuir a la producción europea y a puestos de trabajo de calidad". Stéphane Séjourné, vicepresidente ejecutivo de la Comisión Europea para la Prosperidad y la Estrategia Industrial, impulsor de la medida, ha recordado que "los chinos tienen el Made in China, los americanos tienen el Buy American, ¿Por qué nosotros no?"
La gran novedad de hoy no es que se hable de "Made in Europe", es que, por fin, se intenta convertir ese lema en normas, incentivos y plazos medibles. Europa busca un lugar en la industria mundial y necesita ganar competitividad, que también eso es geopolítica. Ahora hay que evitar que el "Made in Europe" se fragmente en 27 versiones.
Pero todo esto llega con retraso. El diagnóstico sobre la pérdida de competitividad europea lleva años sobre la mesa, y el informe de Mario Draghi (presentado en 2024) puso el dedo en la llaga: fragmentación del mercado interior, falta de escala, costes energéticos y una lenta arquitectura institucional.
Tres dimensiones
La IAA funciona como un "acelerador" en tres dimensiones. No pretende inventar una Europa autárquica sino crear condiciones para invertir aquí, fabricar aquí y competir desde aquí. La primera batalla es burocrática y financiera: si se tarda años en autorizar una planta, ya se ha perdido la inversión. La IAA empuja hacia una ventanilla digital única, para reducir incertidumbre y costes de capital, y evitar que la lentitud administrativa se convierta en un "arancel interno".
La segunda palanca es la más política: usar el peso del mercado interior para crear mercados tractores ("lead markets") con requisitos mínimos (con salvaguardas por costes o falta de oferta) para que el dinero público genere señales estables para invertir en capacidad europea.
La tercera palanca requiere que para sectores emergentes y estratégicos, la inversión extranjera deba aportar valor y no solo acceso al mercado. Que Europa despierte no significa que pueda permitirse un nacionalismo industrial. Si cada capital interpreta "Made in Europe" como "Made in mi país", el resultado será el habitual: subsidios cruzados, duplicación de capacidades, carreras a la baja y un mercado interior aún más fragmentado.
La política industrial europea debería asumir una idea sencilla: no interesan los "campeones" nacionales, sino los europeos, lo que exige coordinar instrumentos, repartir apuestas con lógica de cadena de valor y aceptar que la escala —en financiación, regulación y demanda— solo se consigue si el mercado interior funciona como uno.
La IAA acierta al identificar los cuellos de botella pero el mercado interior sigue lleno de fricciones que encarecen la expansión transfronteriza y premian lo local. En conjunto, estas barreras reducen la escala de las empresas europeas y penalizan la productividad, algo que debe combatir la IAA. Hay una tentación peligrosa: pensar que la solución es fabricar "todo" dentro. Gran error. Las cadenas de valor actuales hacen imposible un "Made in Europe" puro en plazos razonables. La pregunta correcta es otra: ¿qué dependencias son aceptables y cuáles son estratégicamente arriesgadas? En esta batalla Bruselas planea obligar a los fabricantes de vehículos eléctricos que se benefician de apoyo estatal a garantizar que al menos el 70% de los componentes de sus automóviles se fabriquen en la UE. Sin embargo, deberá ofrecer coches que compitan en precio con los baratos eléctricos chinos.
La propia ley IAA admite la concentración de producción en terceros países en tecnologías clave de la transición energética y alerta de vulnerabilidades. Y en seguridad y defensa, Europa sigue dependiendo en gran medida de capacidades y proveedores estadounidenses. Por eso, el mensaje realista es "Made with Europe": producir más en casa, sí, pero también reforzar alianzas con socios fiables, diversificar suministros, y asegurar acceso a tecnología, materias primas y estándares.
Dicho de otro modo: Europa no debe cerrarse; debe volverse estratégica. Eso implica usar el mercado interior como palanca —evitar que sea un museo— y comprender que competitividad, resiliencia y transición climática solo avanzan juntas si hay ejecución, escala y coherencia.
Si Europa quiere competir, debe tratar su política industrial como un proyecto estratégico europeo: derribar barreras del mercado interior, crear escala, premiar la innovación y reducir dependencias críticas sin caer en la autarquía. Ahí está la oportunidad. Y también ahí está el gran reto en el que la Unión se juega, en parte, su futura existencia.
Carlos Ochoa, Senior Managing Director, FTI Consulting
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