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El endurecimiento de la política migratoria es ya un hecho en Europa y los recientes acontecimientos en Ceuta, donde alrededor de 80.000 personas saltaron la frontera con Marruecos y entraron en España sin ningún control, van a contribuir a dar un nuevo giro de tuerca a esta tendencia.
Ya no son solo las formaciones de extrema derecha europeas las que perciben la inmigración descontrolada como un problema para el Viejo Continente.
Numerosos países con gobiernos progresistas han decidido poner límites a la inmigración, ante el malestar que el descontrol de la misma está produciendo entre los ciudadanos, defendiendo ahora políticas de retorno más rápidas e incluso medidas más radicales para la externalización del problema.
Así, el Gobierno socialdemócrata danés de Mette Frederiksen ha aprobado las deportaciones aceleradas y está desarrollando la idea de "cero inmigrantes no occidentales".
Iniciativas similares han tomado otras formaciones de izquierda como los laboristas del ex primer ministro Keir Starmer en Reino Unido o el Gobierno de centroizquierda de Robert Golob en Eslovenia.
Países como Austria, Suecia, Francia, Países Bajos, Grecia o República Checa siguen los mismos pasos de endurecimiento de la política migratoria, bien movidos por la presión electoral que representa el auge de la extrema derecha o bien por una opinión pública que se hace eco de la preocupación de los ciudadanos por una cuestión que consideran que sus representantes políticos son incapaces de controlar.
No es que los ciudadanos de todos estos países y sus dirigentes se hayan vuelto racistas o insolidarios de la noche a la mañana sino que están sufriendo un baño de realidad que les lleva a ser más pragmáticos.
No ha sido el caso de España, donde el Gobierno de Pedro Sánchez sigue de espaldas a esta tendencia promoviendo la regularización exprés de inmigrantes.
Los europeos en general siguen creyendo que la inmigración es necesaria para paliar el envejecimiento de la población, pero, según el Eurobarómetro, un 65% de los ciudadanos está preocupado por los flujos incontrolados.
En concreto, la ciudadanía cree que detrás de éstos hay problemas crecientes en materia de seguridad, cohesión social y presión sobre los servicios públicos que Europa está siendo incapaz de resolver.
Empieza a ser urgente que los líderes europeos articulen políticas viables de inmigración que huyan del idealismo.