Friedrich Merz y Giorgia Meloni. EFE
Editorial EL RUGIDO DE EL ESPAÑOL Europa vuelve de sus vacaciones en defensa mientras Sánchez aspira a alargar las suyas Publicada 14 febrero 2026 02:40hEn la Conferencia de Seguridad de Múnich, el canciller alemán Friedrich Merz ha dicho en voz alta lo que muchos llevaban años susurrando: el orden internacional basado en reglas "ya no existe" y la libertad europea "ya no está garantizada".
Europa, con una economía casi diez veces mayor que la rusa, no es ni remotamente diez veces más fuerte, porque durante demasiado tiempo no ha "accionado el interruptor en su cabeza" para tomarse en serio la defensa y el poder duro.
Esto supone, por tanto, el fin de las 'vacaciones estratégicas' del continente.
Sólo que, mientras Alemania e Italia aceptan que se ha acabado el verano, Pedro Sánchez sigue comportándose como si viviera abonado a un "todo incluido" militar financiado por Estados Unidos y el resto de socios europeos.
La minicumbre económica organizada por Merz, Giorgia Meloni y el primer ministro belga Bart De Wever, con una veintena de líderes y sin España, no es una anécdota: es una foto.
En ese "club" se habló de mercado único, regulación, energía y respuesta industrial frente a Estados Unidos y China, es decir, de las condiciones materiales de la seguridad europea.
La Moncloa respondió denunciando ataques al "espíritu comunitario" y alertando de una Europa "a dos velocidades".
Pero lo relevante no es la queja, sino la constatación. España corre peligro de caer en el pozo de la "Europa de segunda velocidad" por decisión propia: son las decisiones de Sánchez y su alineamiento con China y los regímenes autoritarios del Sur Global los que nos han colocado en esa posición.
En Múnich, Merz ha descrito con realismo brutal la brecha entre el potencial de la UE y su debilidad militar. Casi diez veces el PIB de Rusia, pero sin capacidad proporcional para disuadirla.
Esa autocrítica llega acompañada de un giro alemán hacia el liderazgo en defensa y respecto a Ucrania, y de una Italia de Meloni que se ofrece como socio fiable, atlántico, dispuesto a gastar más y a hablar claro sobre la amenaza rusa y china.
España, en cambio, arrastra una larga historia de promesas incumplidas en la OTAN. Nuestro país es uno de los últimos de la clase en gasto militar, con el 2% del PIB siempre como horizonte movedizo, sin plazos claros, compromiso creíble ni pedagogía política honesta.
La posición de Sánchez en la Alianza ha sido una acrobacia: comprometerse en Bruselas a alcanzar el 2% "antes de 2029", pero sin fijar fecha ni explicar a los españoles qué ajustes presupuestarios exige ese salto desde el 1,3% actual.
Se ha llegado incluso a afirmar que, por estar más lejos de Rusia, España puede priorizar la ciberseguridad sobre la "acumulación de armas físicas", un trilerismo geográfico que el propio secretario general de la OTAN ha desmontado recordando que la diferencia de tiempo entre un misil sobre Varsovia y uno sobre Madrid son apenas diez minutos.
Mientras tanto, la Moncloa firma acuerdos con la Alianza para llegar al 2,1% en 2030 y, a la vez, presenta cualquier debate sobre elevar el gasto militar por encima del 2% como un ataque al Estado del bienestar.
Defender el atlantismo y la OTAN hoy no es una opción ideológica, sino condición de supervivencia. Porque Trump abandonará la presidencia algún día y habrá otro presidente en la Casa Blanca.
Y esa es justamente la razón por la que Europa no puede seguir subvencionando su seguridad con la tarjeta de crédito del contribuyente estadounidense.
La única manera de que la relación transatlántica sea equilibrada mañana es que la UE deje de ser un protectorado militar y se convierta en un aliado con capacidades propias, capaz de sostener un paraguas nuclear europeo creíble (francés y británico, respaldado por medios convencionales comunes) y de asumir más responsabilidad en su vecindad.
En ese mundo de bloques en reconstrucción, la posición natural de España debería ser la de un socio serio, atlántico, con industria de defensa competitiva, compromiso presupuestario estable y una diplomacia en el núcleo de las decisiones, no en la platea.
Pero el choque con Meloni, inflado desde la Moncloa como una gran afrenta ideológica, ha mostrado lo contrario: un Gobierno más preocupado por presentarse como víctima de la "derecha radical" italiana que por reconocer que si no estás en las minicumbres donde se discuten competitividad, energía y seguridad, el problema no es de la foto, sino de tu peso específico.
Merz y Meloni representan hoy, con matices, una corriente realista. La que acepta que la era de las vacaciones ha terminado, que la libertad "ya no está garantizada" y que sólo un esfuerzo sostenido en defensa, industria y tecnología permitirá a Europa seguir siendo algo más que un mercado rico en un mundo peligroso.
Sánchez, en cambio, se aferra a una fantasía que sólo aspira a engañar al mayor número posible de españoles desinformados. La fantasía de que se puede mantener un discurso pacifista doméstico, seguir a la cola en gasto militar, vivir bajo el paraguas nuclear ajeno y exigir, además, asiento en todas las mesas que reparten poder.
Europa ha colgado el cartel de "cerrado por fin de temporada" en el vetusto resort del viejo y cómodo orden mundial. España no puede permitirse un presidente empeñado en seguir vegetando en la tumbona de un hotel que ya no existe.