A la sombra de la historia
Evocación de un malagueño ilustreAntonio Baena fue un hombre hecho a sí mismo que se convirtió en el mejor constructor de su época
Regala esta noticia Añádenos en Google Parque de San Antonio, la casa de Antonio Baena. 24/08/2026 a las 09:56h.Antonio Baena siempre se hizo acreedor del cariño de los que lo conocieron y lo trataron. Antoñillo, lo llamaban sus amigos y compañeros de trabajo; ... Baenita, lo apodaba su socio Fernando Guerrero Strachan. Pertenecía a una familia modesta, originaria de Casabermeja. Su padre formaba parte del cuerpo de serenos y su madre era costurera. Nació el 27 de abril de 1873 en el número 8 de la calle Parras.
Cuando Antoñillo tenía nueve años, en 1882, empezó a trabajar como aprendiz de marmolista en el taller de Ramón Pezzi. Sus cuatro hermanos también aprendieron diferentes oficios, pues se emplearon como bordadora, zapatero, modista o cartero. En el taller, Antonio Baena aprendió a fabricar piezas de mármol para viviendas y, sobre todo, lápidas funerarias destinadas a las tumbas del cementerio de San Miguel. De aprendiz ganaba un real a la semana. Este fue su primer sueldo.
En las navidades de 1884 los malagueños sufrieron un terremoto que dejó muchas construcciones necesitadas de urgentes arreglos. Se buscaban albañiles y peones, pues la demanda creció de manera considerable. Fue así como Antonio Baena empezó a trabajar a las órdenes del maestro de obras José Hidalgo Espíldora, con quien aprendió su nuevo oficio y a cuyo servicio se aplicó durante dieciocho años, entre 1885 y 1903, pasando de peón a oficial de albañil y acabando como encargado de obras.
Es fama que Antonio Baena trabajó, siendo adolescente, como peón en las obras de construcción de la calle Larios, entre 1887 y 1891. En efecto, José Hidalgo tenía asignadas la edificación de algunas manzanas de casas de la nueva vía. Cada tarde, al acabar su jornada laboral de doce horas -de seis de la mañana a seis de la tarde-, Antoñillo se ponía un traje seminuevo, que había guardado cuidadosamente en la obra, y se iba a estudiar a la escuela de Artes y Oficios de la plaza de la Constitución, para aprender aquellas materias que le fuesen provechosas y aumentar sus conocimientos en la construcción, estudiando matemáticas o dibujo técnico. En el antepecho de la fuente de las Tres Gracias repasaba sus lecciones, con el sonido refrescante y relajante del agua. En una entrevista que ofreció con motivo de la concesión de la medalla de Oro al Trabajo (La Unión Mercantil, 25 de marzo de 1928), recordaba el nombre de uno de aquellos profesores que ofrecían clases gratuitas a los alumnos pobres a la caída de la tarde. Consignemos aquí su nombre: Federico Bermúdez Gil.
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