Hace 11 meses, Alberto Núñez Feijóo se comprometió a no gobernar España en coalición. Fue en su discurso de cierre del congreso nacional del PP, y lo expresó como una intención firme. Pero su equipo apuntó que se trataba de un compromiso, y al día siguiente su secretario general, Miguel Tellado, confirmó en la sede del partido que la palabra de su jefe quedaba empeñada en ese objetivo: «El compromiso de Feijóo es un Gobierno en solitario. No habrá un Gobierno con dos partidos».
Once meses después, la relación de PP y Vox ha cambiado, sobre todo después de un ciclo electoral autonómico que ha vuelto a consagrar las coaliciones de Gobierno. Feijóo también ha cambiado: ya ve con nuenos ojos un Gobierno con Santiago Abascal. Otra cosa es que crea que se vaya a producir, que no lo cree, porque sospecha que Vox no va a querer, pero esa línea roja ha caído. Donde dijo digo (compromiso de Gobernar en solitario) ahora dice Diego (¿coalición? De entrada, sí).
En plena semana horribilis del Gobierno, el presidente del PP ha consumado definitivamente su giro en una entrevista en El Hormiguero, primero, y en una rueda de prensa en Bruselas, después. «En el caso de que tengamos que hacer un acuerdo y una coalición de Gobierno, nos sentaremos y haremos una coalición de Gobierno de acuerdo con los principios básicos de nuestros partidos», reveló por primera vez en el prime time de la noche del miércoles.
Es justo lo contrario de lo que decía el portavoz nacional del partido, Borja Sémper, dos días antes, en una entrevista en RNE. El papel de Vox, dijo, debe ser el de una formación política que «controle» desde fuera «la acción del futuro Gobierno, que sea del Partido Popular», sin coaliciones.
El bandazo discursivo es tan innegable como previsible. Lo que busca el PP es normalizar a Vox para normalizar el voto útil de la derecha. Si hay un bloque, puede haber transferencias internas. «Y no es lo mismo 160-30 [diputados] que 130-60», explican en el PP. Si, por el contrario, Vox se mantenía como ariete contra el bipartidismo desde fuera de las instituciones, podría seguir subiendo.
Sobre todo, en la comunidad más importante para decantar las elecciones: Cataluña. Allí, según Sigma Dos, Vox ya ha alcanzado a los populares, y surfea la ola de la impugnación del sistema en paralelo a Aliança Catalana. Antes era un «dos contra uno»: Vox contra PP y PSOE y ahora es un dos contra uno, pero de PP y Vox contra Sánchez, resumen los populares consultados.
Eso es lo que sembró Feijóo con el movimiento estratégico más importante de su difícil conllevanza con Vox: el «documento marco» para los pactos regionales. Ahí se delineaba con normalidad el perímetro de los acuerdos del centroderecha y la extrema derecha, dentro de unos parámetros que no chirriasen ni al electorado templado ni a Vox.
La formación de Abascal sólo halló un hueco por el que despojarse de ese cepo del PP: la «prioridad nacional», un sintagma de querencia xenófoba en la línea de «los españoles primero», pero que en su traslación práctica sólo se ha traducido en un incentivo a las personas que acumulen más años de empadronamiento para acceder a ayudas sociales o de vivienda. Sean de la procedencia que sean.
El jueves, en la capital europea, al ser preguntado por su cambio discursivo, el presidente del PP señaló que lo que toca en primer lugar es «dejar votar a la gente» y que decida en las urnas lo que considere «oportuno» y «quién cree que le representa mejor». Él, dijo, quiere «tener un Gobierno fuerte que dependa exclusivamente de las urnas». «Si cuando se abran las urnas el mandato de los españoles varía en parte mi propuesta, lo que haré es asumir el mandato de los españoles y darle estabilidad a la gobernación de España. Es que es imprescindible. Es que llevamos cuatro años sin estabilidad», sentenció.
Al abrirle a Vox la puerta de su hipotético futuro Consejo de Ministros Feijóo se sitúa más cerca del terreno ideológico y emocional de Ayuso y Aznar: el de apelar a la unión del electorado como bloque por encima de siglas. Es decir, el de anteponer el derrocamiento en las urnas de Sánchez a la correlación interbloque entre Vox y PP. El plan, arriesgado, es frenar a Vox dándole un abrazo. Para que la moqueta lo acabe diluyendo, como les pasó a Podemos, a Cs y a Sumar.