El acento domina mi recuerdo. Obsesivamente: una voz, la presencia desnuda, las semblanzas que no ocultan su tonalidad traumática. Acentuaré el afecto sedimentado en ese vídeo ausente en la muestra del MNCARS de una 'especularidad' nada pulida que tiene el título de '10 horas, ... 10 años, diez madres' (1979).
En una pizarra escribe y borra de manera obsesiva Felix González-Torres, comenzando con palabras sencillas ('Recuerdo', 'Aeropuerto', 'Madre'), para continuar dibujando maletas, lágrimas. En sus primeros autorretratos trataba, al tiempo, de enmascararse sin dejar de interrogar sobre su identidad hasta llegar a la conciencia de que «ese no soy yo».
Había sido, literalmente, lanzado a la emigración con apenas 14 años para llegar a una España tardo-franquista en la que únicamente podía convertirse en un ser herido. Terminaría siendo uno de los más intensos exponentes, en Nueva York, de eso que José Esteban Muñoz llama «lo marrón».
La seductora subversión de Felix Gonzalez-Torres, en el Museo Reina Sofía
En la conversación con Tim Rollins, publicada en 'ART Press' en 1993, justificó que no tenía un estudio diciendo que era «un neurótico»: «Así que tener un estudio me paralizaría por completo. La sola idea de tener un lugar donde tener que ir a trabajar y hacer 'algo' me asusta muchísimo. El estudio es un escenario aterrador».
Tras colaborar con Group Material, desplegó una estética extraordinaria, poéticamente sutil y enigmáticamente íntima, en la que redefinió el Minimalismo. Como apuntara acertadamente Coco Fusco, Felix Gonzalez-Torres (sin acentos) alteró ese lenguaje impersonal y fenomenológico (fundado en el mantra de 'lo que ves es lo que ves') «infundiéndole emoción», escapando de lo obvio, evitando también las tautologías pseudo-wittgensteinianas del conceptual.
Recuerdo aquellos espejos gemelos empotrados en la pared del CGAC de Santiago de Compostela (1995) cuando quedamos seducidos por este artista. Hace cinco años, en el MACBA, la huella de Felix Gonzalez-Torres era interpretada, en juego con las meditaciones de Glissant, como una «política de la relación». En el MNCARS recurren al oxímoron de la 'dulce venganza' para revisar al que, sin duda, ha terminado por convertirse en uno de los referentes emocionales del arte actual como pudo comprobarse cuando Manuel Segade y Alejandro Cesarco invocaron su 'actualidad' en la edición de ARCO 2020.
El grado de obsesión rememorante en torno a Felix Gonzalez-Torres sintoniza con el 'punto de capitoné', en sentido lacaniano, que modula todo lo que hizo a partir de 1991, la fecha del fallecimiento tanto de su pareja Ross Laycock como de su padre. Los caramelos que están dispuestos en montones o colocados en esquinas del espacio son presencias paradójicas que endulzan la amargura de la pérdida de los seres queridos: objetos transicionales, sabores del luto. Esas son algunas de las obras más conmovedoras sobre la devastación provocada por el sida, pero también tienen el tono de bellísimas elegías, recuerdos de un amor que nada podía hacer desaparecer.
No quería que sus obras quedaran 'encajadas' en lecturas exotizantes, rechazando los tópicos hispanos o riéndose de aquellos que esperaban que hiciera esculturas con maracas. En el fondo, siempre fue un forastero, refractario al multiculturalismo de cátedra que, a la postre, define la 'alteridad' desde una superioridad cínicamente camuflada. Si había digerido, a la manera antropofágica, a Borges y García Márquez, también asimiló a Gertrude Stein, Freud y Guy Debord.
En el Programa Independiente del Whitney Museum se había familiarizado con el estructuralismo y sus derivas, recomendando, en una broma estupenda, leer borracho a Althusser para sacarle partido a su concepción operativa de las ideologías. Sobre todo le interesaba revelar cómo el lenguaje pone trampas y desmonta la 'narrativa maestra' en una clave que sintoniza con el postmodernismo de resistencia.
Bertold Brecht, tal y como confesó, fue la influencia decisiva en su estética, enseñándole la importancia de la distancia para reflexionar y pensar en vez de entregarse a la catarsis. «Le doy –apuntó Gonzalez-Torres– al espectador una palabra, una imagen, un momento muy codificado y espero que el espectador sea capaz de proporcionarle entonces una imagen». Recordamos casi todos los elementos del puzzle: los pasaportes, las camas revueltas, los relojes sincronizados, las cortinas azules, los pájaros y las bombillas que parecen iluminar un tiempo desesperanzado. Pero, necesitamos distanciarnos, evitando un regodeo 'afectivo', asumiendo que «cada recuerdo es una trampa».
En la rueda de prensa de esta exposición en el MNCARS, Manuel Segade señaló que Madrid tenía «una deuda» con Felix Gonzalez-Torres, Alejandro Cesarco sugirió que sus obras se entregan «como regalos» y, por último, Nancy Spector (responsable de esa primera exposició que vimos en España en 1995 en el CGAC), calificó el comportamiento de ese artista como si fuera un Caballo de Troya. Tal vez la confluencia de todas estas 'enfáticas y evocadoras' expresiones puede legitimar que cite un verso de 'La Eneida': «Temo a los griegos incluso cuando traen regalos». En la termodinámica del don puede introducirse lo venenoso o, sencillamente, lo que no tiene sabor o no comporta saber.
La restitución de esta 'venganza', vinculada a una afirmación del mismo Felix cuando regresó a Madrid en 1991 para formar parte de la memorable exposición 'El jardín salvaje', termina por tener el tono de la mistificación por culpa de una deriva esteticista. Algunas obras cruciales, como los relojes gemelares o la activación del go-go sobre el pesdestal con bombillas brillan por su ausencia y otras han sido instaladas con la solemnidad de una paradójica 'regresión minimalizadora'. Si pretendían reactivar a este artista en la época de las redadas del ICE o del belicismo global, no han conseguido otra cosa que enfriar unas obras que no parecen regalarnos otra cosa que 'el déjà-vu'.
Felix Gonzalez-Torres tenía muy claro que lo estético no es acerca de la política, sino que la estética es política en sí. Revisando su obra en esta 'retrospectiva' en el MNCARS, he encontrado un 'punctum' en el texto que escribió para su instalación en el New Museum en 1988, cuando colocó, entre piezas, unas telas con los colores de la bandera de Palestina. Escribía entonces que sus obras surgían de la «inconformidad como muchos de esos hechos que tomamos como naturales, inevitables».
En el documento que he descargado de la página de la Felix Gonzalez-Torres Foundation, el nombre y el apellido han sido acentuados a mano. No es un detalle banal, ahí aparece, como apreciara Gerardo Mosquera en la bella necrológica publicada en 'Artforum' en 1996, un rasgo de alguien que ni siquiera podía escribir correctamente su nombre en EE.UU..
Tuvo que renunciar, aparentemente, al acento. En la versión en español del 'statement' de aquella muestra, que termina dedicando «a todas las personas con el sida», encuentro otro detalle punzante en el nombre, que han convertido en 'Féliz González-Torres' (sic).
Comisarios: Nancy Spector y Alejandro Cesarco
Maravillosa errata que parece prometer felicidad, sedimentada accidentalmente, a pesar de todo. La genealogía de la utopía 'queer' sigue encontrando en estas obras tan 'personales' una instancia política e intempestiva: en punto y con marcado acento.
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Felix Gonzalez-Torres en el Museo Reina Sofía: el recuerdo del acento
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