La estrella del patinaje protagoniza una noche horrorosa en el programa libre y cae con estrépito en la final más esperada.
Ilia Malinin (21) se echa las manos a la cara al acabar el ejercicio- GERARDO RIQUELME
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La gran noche de los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina terminó en tragedia. Tuvo el aroma de las grandes óperas, convertido el Milán MSK en una réplica deportiva del Teatro della Scala donde Ilia Malinin se suicidó en el sentido deportivo. El que se suponía sería el campeón terminó en octavo lugar. Asombroso y doloroso.
La final se anunció como el programa libre individual masculino, pero más de uno ya la había subtitulado el Show del dios de los cuádruples. La gente, es cierto, había venido a este joven de 21 años, doble campeón mundial, al que se le otorga una superioridad muy remarcada en cada competición de antemano. Hasta este viernes.
Cuando patina bien, técnicamente es perfecto. Su potencia de piernas le eleva altísimo, casi levita por el tiempo que permanece en el aire, mientras su cuerpo rota sobre mismo como un giroscopio en busca de nuevos horizontes. “Mi rival es mi yo interior”, dice con una autoexigencia casi enfermiza. Pues en Milán le clavó un puñal por la espalda.
Ilia Malinin en el suelo del hielo de MilánMalinin es, pese a todo, una estrella con horma de tal. Lo decidieron sus padres, uzbekos establecidos a comienzos de siglo en Virginia. Ambos patinadores. Y olímpicos. Optaron por el apellido de la madre porque imaginaron, y bien hecho, que Skorniakov no iba a ser un apellido fácil de aprender. Es más recomendable para un director de orquesta que para un patinador.
El líder de una nueva era
La historia masculina de este deporte está trufada de héroes mainstream. Scott Hamilton, Boitiano, Stojko, el japonés Hanyu, el ruso Plushenko. Nuestro Javi Fernández. Quizás no con la rotundidad con la que el mundo ha saludo a Malinin. Que ahora quedará muy tocado. Ese punto de arrogancia, un aspecto cool, un inconformismo permanente... En un mundo que al exterior proyecta tanta belleza como rigidez, el chico de Virginia viene a ser al hielo lo que Magnus Carlsen al ajedrez. Pero esto es un gran fiasco.
Su mortal hacia atrás que, en la agonía aún fue capaz de clavarlo a una cuchila, es un imán para conectar con nuevos públicos a través de las plataformas de su generación. O con el rapero Snoop Dog, que está en Milán con la NBC y no quiso perdérselo. Si hace 50 años, el británico John Curry, el primer deportistas abiertamente gay, sentó las bases de los shows tipo 'Stars on Ice'. Malinin ha construido un rascacielos sobre ellas. Pero cayó en los Juegos desde el último piso irremediablemente.
Las leds se encendieron y se apagaron hasta la llegada de la megaestrella. En tandas de seis, de menos a más en función de las notas alcanzadas en el programa corto, fueron saliendo los 24 patinadores. El ambiente era festivo salvo cuando salió el ruso Peter Gummenik, aquí como independiente, que se llevó una ligera pitada al principio que apaciguó con una buena interpretación de la banda sonora de Onegin. Amor y celos. Lo que despierta Malinin entre sus rivales.
El japonés Sun Sato, que había apretado al estadounidense en el desenlace por equipos, marcaba el listón de la noche mientras con un total de 274,90. Partía decimosexto y acabó tercero.
Con ventaja
Se acabaron los teloneros y aparecieron los seis últimos. Tenían ventaja Ilia, el japonés Yuma Kagimayama y el francés Adam Siao Him Fa, otro que también ha plantado algún mortal de vez en cuando. Como en el Campeonato de Europa, aunque menos limpio que Malinin. La diferencia de Siao Him Fa —su coreógrafo es Benoit Richaud, el que tiene a 16 patinadores de 13 países en los Juegos— con el italiano Daniel Grassl era buena, de más de 9 puntos.
Resultó chocante ver al coreano Cha interpretando un tango, 'Loco'. Como se fue al suelo se despidió de las medallas, pero ese punto exageradamente artístico, casi actor, es lo único que sí se le puede reprochar a Malinin que debería explotar más.
El kazajo Shaidorov celebra la victoriaO como Shaidorov, que, vibrante, fue puntuado con 198,64 —la mejor nota de toda la sesión—, y terminó convertido en el campeón olímpico. El kazajo, hijo de un profesor de patinaje, se disparó hasta 291,58 para convertirse en el sorprendente oro olímpico. La plata fue para Yuma Kagiyama. Le sacó más de 11 puntos (280,06)
El drama
Malinin tenía por delante cuatro minutos. Y entre 60 y 70 giros contando todos los ejercicios, los cuádruple Axel, Lutz, Loop, la secuencia cuádruple y triple Toeloop, seguidos del cuatro Salchow y el triple Axel y demás. Pero tenía la necesidad de sobresalir.
Con183 puntos, 55 menos que su tope, tenía el oro sobrado. Pero fue un despropósito. Se fue al suelo en dos ocasiones. Acabó el ejercicio y se echó las manos a la cara. No lloró por dignidad. Tampoco cuando vio el 156,33 que le mandaba al octavo lugar. “Estoy en shock. Había preparado todo el año pensando en este momento y ha salido todo mal”, dijo consternado.
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