Gadi Eisenkot, en el acto de lanzamiento de la campaña electoral de Yashar, su nuevo partido político, celebrado cerca de Hod Hasharon. Amir Cohen Reuters
Oriente Próximo Gadi Eisenkot, el general de hierro que aúna a los israelíes desencantados con Netanyahu: "Transmite unidad, no división"El exjefe del Estado Mayor de las FDI se presenta como la gran alternativa frente a un primer ministro desgastado por la guerra y la corrupción.
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Álvaro Escalonilla Publicada 13 julio 2026 01:48h Las clavesLas claves Generado con IA
Benjamin Netanyahu se ha granjeado numerosos enemigos a lo largo del camino. Que el primer ministro más longevo de la historia de Israel es taimado, divisivo y polarizador es algo que reconocen hasta sus seguidores más acérrimos. Tiene a la mitad del país en contra y, aunque la otra mitad lo venera, su tiempo en el poder se agota.
La oposición le acusa de corrupción, de atentar contra el Estado de derecho, de incorporar en el Gobierno a la extrema derecha religiosa, de blindar los asentamientos y extender la ocupación de Cisjordania, de respaldar a las milicias que atacan a la población palestina, de ofrecer un trato preferencial a los haredim y de descuidar la seguridad del Estado.
El atentado de Hamás del 7 de octubre es la sombra que planea sobre su cabeza. Una mancha en su dilatado historial que las guerras posteriores en Gaza, Líbano o Irán no borraron. La coalición que lidera veta desde entonces la creación de una comisión parlamentaria independiente para investigar cómo fue posible la masacre, y él sigue sin asumir su responsabilidad.
Los familiares de las víctimas del 7-O reclaman a Israel una investigación independiente mil días después de los ataquesPreguntado hace una semana en el Canal 14 por cómo le había cambiado a nivel personal el salvaje ataque terrorista de Hamás en los kibutz y las comunidades del sur de Israel, Netanyahu respondió entre risas que había conseguido perder algo de peso. Una frivolidad que sus detractores no dejaron pasar.
Y, sin embargo, el conservador Likud sigue liderando las encuestas de intención de voto, con alrededor de 24 de los 120 escaños en juego, según las estimaciones del Canal 12. Es el partido político más grande del país. La gran fuerza que moldea el Estado hebreo. A pesar de todo. O precisamente por todo lo anterior.
Netanyahu no tiene rivales de puertas hacia adentro. Cuando surgieron las primeras dudas sobre su candidatura, el primer ministro aclaró que ésta era innegociable. No habría otro aspirante en las filas del Likud. Miembros destacados del partido, como el histórico diputado Yuli Edelstein, descartaron competir en las primarias del próximo 4 de agosto y se dieron de baja.
De puertas hacia afuera, en cambio, el primer ministro acumula adversarios. Es el rival a batir. Ganarle en las urnas es el gran reto de cualquier otro candidato en las elecciones a la Knéset previstas para el próximo mes de octubre.
Netanyahu quiere seguir gobernando, pero es rehén de sus socios más radicales y dependiente de los partidos ultraortodoxos. Sabe que su horizonte judicial peligra en caso de perder el poder. En tal caso no habrá indulto posible.
Por eso, recuperó el mensaje de unidad y propuso un gobierno de concentración nacional para superar los desafíos que enfrenta el Estado de Israel. Era su forma de decir que quiere salir del molde de la mayoría que tejió en noviembre de 2022. Es decir, sobrevivir sin la necesidad de pactar con la extrema derecha religiosa, en caída libre en las encuestas.
Gadi Eisenkot recibe el consuelo de Benjamin Netanyahu durante el funeral de su hijo Gal Meir Eisenkot, abatido en Gaza. Clodagh Kilcoyne Reuters
Casi nadie parece dispuesto a tenderle la mano esta vez. "¿De qué estás hablando? No volverás a formar ningún Gobierno en Israel. Habrá elecciones y perderás. Las catástrofes se pagan. La incompetencia se paga", le respondió el líder de la oposición, Yair Lapid, que forma tándem electoral con el también ex primer ministro Naftali Bennett.
Llanero solitario
La fusión entre Bennett y Lapid promete plantar cara en las urnas a la coalición de gobierno actual, pero no contará en sus filas con Gadi Eisenkot (Tiberíades, 66 años), la figura emergente de la oposición, que declinó la oferta para sumarse a la coalición y les acusó de debilitar el bloque opositor.
"Todos los análisis políticos indican que la unión es menor que la suma de sus partes", explica en conversación con este periódico el analista y diplomático israelí Nimrod Novik. "La última prueba fue la alianza entre Bennett y Lapid: incluso en su punto máximo de popularidad, juntos obtuvieron menos que por separado".
Eisenkot es el fundador de Yashar (recto u honesto, en hebreo), una fuerza política capaz de rivalizar con el Likud. Tanto, que aparece en segundo lugar en las encuestas con 22 escaños. Su idea inicial era crear un "superpartido" con el liberal Yesh Atid de Lapid y la plataforma personalista del líder colono Bennett, pero ambos desoyeron su consejo.
"Respeto mucho su decisión, aunque creo que fue un error. En mi opinión, lo correcto habría sido llevar a cabo una fusión entre los tres partidos de forma ordenada", comentaba Eisenkot en una grabación de audio publicada por el diario Walla.
Gadi Eisenkot, en el acto de lanzamiento de la campaña electoral de Yashar, su nuevo partido político. Amir Cohen Reuters
Nadie conoce a ciencia cierta la ideología de Eisenkot, pero lo ubican en el centro político. A diferencia de Bennett, descarta pactar con el ultra Bezalel Smotrich, uno de los ministros más radicales del Gabinete de Netanyahu. Aunque, como Bennett, no contempla incorporar a su eventual coalición a Itamar Ben-Gvir, la figura más incendiaria de la extrema derecha religiosa.
"Una de sus grandes ventajas frente a públicos amplios, incluidos los seguidores menos apasionados de Bibi, es que transmite unidad, no división", subraya Novik. "Discrepa con Netanyahu en casi todos los temas, pero sin manifestaciones de odio. No convierte un desacuerdo de fondo en una pelea personal".
"Muchos en la sociedad están cansados de la polarización y el odio. Él transmite lo contrario", remata el que fuera asesor de política exterior del histórico dirigente laborista Shimon Peres en la década de los noventa.
"El liderazgo utiliza el concepto de 'unidad nacional' como un recurso cínico de campaña electoral. Yo haré todo lo posible por unir a la nación", declaró el propio Eisenkot la semana pasada en el acto de presentación de Yashar. Estaba respondiendo a Netanyahu.
"Netanyahu ya sabe quién será su principal rival en estas elecciones. Será Netanyahu contra Eisenkot, y Eisenkot contra Netanyahu", escribió el comentarista político israelí Amit Segal, muy próximo al primer ministro.
Los cristianos de Tierra Santa, contra el 'sionismo evangélico' que llega desde EEUU: "Buscan sembrar confusión y división"Eisenkot entró como independiente en la Knéset hace cuatro años en su primera aventura política, y formó parte del gabinete de guerra que Netanyahu articuló tras el 7 de octubre como miembro observador, pero dimitió ocho meses después al considerar que la guerra no arrojaba "avances significativos para alcanzar los objetivos estratégicos".
Goza de cierto predicamento en la sociedad israelí. Es hijo de inmigrantes marroquíes. De origen mizrají, un caladero de votos tradicional del Likud. Es percibido como un hombre corriente. "A diferencia de Bibi, no pertenece a la élite, no es un hedonista que gasta sumas enormes a costa del público y, desde luego, no es corrupto", señala Novik.
Línea dura
Eisenkot sirvió como jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) entre 2015 y 2019 —de hecho, fue el propio Netanyahu quien le nombró—, y perdió en la guerra de Gaza a su hijo Gal Meir Eisenkot, abatido en combate en diciembre de 2023. Dos sobrinos suyos también murieron en combate.
Eisenkot es el autor de la Doctrina Dahie, conocida así por el suburbio de Beirut que alberga el cuartel general de Hezbolá. La tesis consiste en reducir a escombros el campo de batalla. Efectuar "ataques desproporcionados" como arma de disuasión, incluso en zonas civiles. Una política de tierra quemada que las FDI aplicaron bajo su mando en la guerra de Líbano de 2006.
Orondo, canoso, algo brusco y poco carismático, Eisenkot mantiene la línea dura en materia de seguridad. Pretende obligar a los ultraortodoxos a realizar el servicio militar, no como Netanyahu. Es crítico con el primer ministro por ceder ante los planes de la Administración Trump para sellar el alto el fuego con Irán.
"A diferencia de Bibi, Eisenkot quiere terminar la guerra en Gaza y en Líbano, y cambiar la gestión en Cisjordania al menos en dos aspectos: combatir adecuadamente el terrorismo judío y tratar a la Autoridad Palestina no como un enemigo, sino como un socio", apunta Novik.
"Ve la solución de dos Estados como una necesidad esencial para la seguridad y la identidad de Israel, pero no vive en ilusiones: las condiciones para ello no existen", añade el diplomático israelí, que participó en los Acuerdos de Oslo. "Por eso la tarea es cambiar de dirección: del 'anexión gradual' a una 'separación gradual' basada en consideraciones de seguridad".
Gadi Eisenkot, en el acto de lanzamiento de la campaña electoral de Yashar, su nuevo partido político. Amir Cohen Reuters
"Es poco probable que la guerra tenga algún impacto en las elecciones", sostiene el consultor Shany Mor. "La opinión pública dio un giro brusco contra la actual coalición en 2023, primero por la reforma judicial y, más tarde, inmediatamente después del 7 de octubre. Y desde entonces no ha variado de forma significativa".
"Prácticamente todas las encuestas realizadas en los últimos dos años y medio han otorgado alrededor de 50 escaños a la coalición gobernante y unos 70 a los partidos de la oposición", añade Mor. "En los peores momentos para la coalición apenas cayó en los sondeos, y en sus mejores momentos tampoco experimentó un repunte".