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José Ibarrola La Tribuna GansosA menudo llamamos gansos a quienes ocupan las altas esferas cuando lanzan propuestas rocambolescas o justifican lo injustificable. Pero están muy lejos de estas aves desmañadas y aparatosas. Se asemejan más a serpientes o a lobos: calculadores, peligrosos, crueles
Alfonso Palacios
Ingeniero industrial
Viernes, 20 de marzo 2026, 01:00
... imaginario popular quedan asociados a comportamientos desmedidos, poco elegantes o ingenuos. Así, 'hacer el ganso' pasó a significar actuar como un bufón. Deliberadamente. A cosa hecha.A menudo llamamos gansos a quienes ocupan las altas esferas cuando lanzan propuestas rocambolescas o justifican lo injustificable. Pero están muy lejos de estas aves desmañadas y aparatosas. Se asemejan más a serpientes o a lobos: calculadores, peligrosos, crueles.
Frente a ellos, algunos músicos sí hacen suyo, en el escenario, el comportamiento de estos palmípedos de cuello alto. Peligrosos, pero de otra forma: una amenaza para serpientes y lobos. Aunque seas más fuerte y tengas más poder, seré yo quien te pique o te muerda. Haciendo el ganso.
La música lleva décadas en eso, desde David Bowie como Ziggy Stardust hasta U2 en la gira Zoo TV. Hoy podría parecer que ese impulso se ha debilitado arrastrado por la corriente dominante, mientras la crítica irónica se diluye en lo banal. Y, sin embargo, no. Todavía hay grupos jóvenes que desafían lo establecido desde la irreverencia y la puesta en escena.
IDLES son casi un arquetipo de todo esto. Mientras el público salta y choca sin freno, ellos escenifican una versión renovada del punk, con gritos, sudor, torsos desnudos o travestidos y consignas contra lo que nos aprieta y nos aplasta, todo mezclado con vulnerabilidad emocional. En medio de ese desorden, Joe Talbot se mueve como un poseso, a veces deliberadamente torpe, siempre rabioso. No tienen miedo a exponerse a pecho descubierto para gritar verdades incómodas y convertir la fragilidad en un gesto musical, social y político.
Pero no todos lo hacen desde el exceso. Más fríos, más literarios, pero igual de reivindicativos, están los irlandeses Fontaines D.C. Se debaten entre la pose desencantada y la exageración, con Grian Chatten al frente, gesticulando como si estuviese incómodo en su propio cuerpo. Su forma de hacer el ganso combina arrebatos y apatía, descarga física y mirada perdida. De ahí nace una tensión emocional que habla del vacío y la desesperanza juvenil, entre una melancolía que choca con una estética deliberadamente artificial.
Entrando en el territorio del ganso salvaje, Sebastian Murphy, de los suecos Viagra Boys, bebe cerveza, se arrastra, babea y hasta hace gestos obscenos en el escenario. Nada es casual. Sus letras se burlan del conspiranoico, el macho alfa y el consumidor anestesiado. Es el ganso como arma para ridiculizar al reaccionario y exagerar la estupidez hasta que se vuelva espejo.
Frente a esa aspereza, el grupo de Baltimore Turnstile presenta su rock hardcore sin cinismo ni pose oscura. Lo suyo son movimientos desordenados, sonrisas, cercanía constante con el público y colores vivos. Convierten sus conciertos en una celebración colectiva, rompiendo con el código tradicional del género: la seriedad y la testosterona. Pero ojo, no es ingenuo. Es deliberado. Brendan Yates baila dando vueltas, se ríe, se tira al público y vuelve a subir al escenario. No intenta parecer duro. No intenta parecer guay. Busca el contacto sin jerarquía, casi una utopía física en conciertos cada vez más multitudinarios. Crean un espacio donde la música se transforma en abrazo y en fiesta, y desde esa alegría no confrontan al poder, lo ignoran bailando.
En el extremo opuesto, donde el color desaparece, Sleaford Mods representan una versión radicalmente austera y seca del 'hacer el ganso'. No hay épica. Sin banda completa y sin virtuosismo, solo aparecen dos tipos: Jason Williamson rapeando verdades políticas y sociales muy feas, y Andrew Fearn, que tras darle al botón del ordenador para lanzar la base musical pregrabada, baila torpemente con una cerveza en la mano. Parecen dos personas normales haciendo algo completamente extraño, con actitud de pub inglés a las dos de la mañana, pero sobre un escenario grande.
No podíamos dejar atrás a los neoyorquinos Geese, gansos en español. Cameron Winter a veces parece parodiar al cantante intenso sin dejar de serlo. Cuestionan la idea de autenticidad masculina en el rock y la figura del líder del grupo serio, pero lo hacen desde un lugar desaliñado y torpe. Construyen canciones con tintes trascendentales, aunque en la actuación siempre introducen algo extraño, incómodo o exagerado. Es una solemnidad torcida a punto de romperse.
Y volviendo a IDLES, aunque el panorama mundial pueda parecer desolador, la música aún nos ofrece refugios de esperanza. Las canciones y actuaciones de los de Bristol claman por la justicia social y reivindican la alegría como acto de resistencia: «la alegría como forma de desafío, la alegría como músculo, la alegría como arma, la alegría como grito de guerra». Que nadie nos la arrebate. Que nadie nos impida hacer el ganso. Porque los gansos hacen ruido, estorban, se mueven mal y no piden permiso. Por eso resultan peligrosos.
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