En las pocas entrevistas que Geoff Dyer (Cheltenham, 1958) ha concedido desde que publicó en Gran Bretaña sus memorias de la infancia y adolescencia, 'Tareas' (Random House), da la sensación de que no quería venderlas. Aquí unos ejemplos de su autosabotaje comercial: «Lo ... cierto es que no hay nada interesante en mi historia», «no soy una celebridad ni hay grandes revelaciones», «no tuve una niñez dramática y tampoco ocurrió nada particularmente emocionante» o «la vida de mis padres fue poco glamurosa». Para concluir al final: «Es solo mi historia, que es bastante anodina».
Por si fuera poco, el autor de obras de éxito como 'Pero hermoso. Un libro de jazz' o 'Los últimos días de Roger Federer' reconoció que, cuando lee biografías, siempre hojea por encima los diez o quince primeros años de vida: «No se vuelve interesante hasta la adolescencia». Parece olvidar que acaba de publicar unas memorias de más de 300 páginas sobre esa etapa de su vida y que, además, ha prometido no continuarla con una segunda parte de los años posteriores. «Me gusta la vida ordinaria», zanja en la videollamada desde su casa en Londres.
Lo dice un escritor que ha publicado libros de música, fotografía, viajes, guerras y hasta ensayos inclasificables como 'Yoga para los que pasan del yoga' (2003). Nada escapa a su interés. Es su singular sensibilidad, humor e irreverencia lo que los une a todos, incluida esta primera obra que habla de él. «Al principio me preocupaba que sonará como la autobiografía de un pintor británico menor; ahora suena como las memorias de un jazzista olvidado», reconoce.
Hijo único de una camarera y un obrero metalúrgico, Dyer creció en un mundo marcado por los recuerdos de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, lejos de ser esta una historia de superación al haber crecido en una familia humilde y haber conseguido que le admitan en la Universidad de Oxford, hasta convertirse en uno de los escritores contemporáneos mejor valorados, el autor se centra en las minucias de su infancia y en la relación con unos progenitores para los que el placer no solo era difícil, era una carga. «Hasta que mi madre empezó a trabajar en el comedor escolar, sus días estaban casi desprovistos de incidentes, a menos que yo contara cómo incidente», apunta. Y añade a continuación sobre la reticencia de su padre a hablar de su paso por la guerra, no precisamente por los traumas: «Me pregunto si no sería más preciso decir que casi no tenía ningún interés».
—¡Uy! Bueno… La respuesta corta es que, por supuesto, los quería. Sin embargo, no puedo negar que cuando me centré en mi formación académica, me distancié de ellos. Mi madre servía comidas y luego fue limpiadora. Mi padre, obrero metalúrgico. Ninguno leía ni le interesaba la cultura como a mí. Tampoco tuve hermanos. Creo que esas circunstancias provocaron un distanciamiento entre ellos y yo, hasta el punto de que, en muchos momentos de mi vida, no me comuniqué con ellos y pagué un precio por eso.
—En algunas de las descripciones que hace de sus padres se percibe esa distancia.
—Sí, hay muchas partes del libro en las que hablo de lo increíblemente tacaño que era mi padre con el dinero. Es comprensible para alguien que creció en un momento de gran dificultad económica como los años 30. Sin embargo, él estaba muy orgulloso. Cuando nuestros parientes le hacían bromas sobre eso, él ponía una sonrisa de satisfacción por tener ese talento de ahorrar. Se sentía reconocido, como si fuera un tributo a esa habilidad. En esa época no me gustaba, pero ahora me siento muy agradecido de haber tenido unos padres así, sobre todo ahora que vivimos en una sociedad ridícula en la que hay que tirar a la basura todo lo que se queda un poco obsoleto y tener el último iPhone para que tu estatus no se devalúe. Estoy contento de haber sido educado de otra manera.
—¿Por qué escribir unas memorias sobre una infancia que usted mismo califica de «anodina»?
—Es cierto que no fue una infancia dramática ni ocurrió nada particularmente emocionante. No sobreviví al ataque de un cocodrilo ni a otras cosas por el estilo, pero sentí que mi pequeña historia ilustraba una historia más grande de la sociedad y la economía de Inglaterra desde 1958 hasta 1977, el periodo que cuento. La razón principal por la que lo hago ahora es que, cuando empecé a escribirlo después de cumplir 60 años, mis padres ya habían muerto.
—«La clave es que no hay nada interesante en mi historia», insistió. ¿Qué importancia tiene en su literatura que no le ocurrieran grandes cosas?
—Sé que ciertas historias son más interesantes que otras. Si Carlos Alcaraz publica sus memorias, por ejemplo, serán más interesantes porque es Carlos Alcaraz, pero lo que a mí me interesa es la forma en que la escritura puede convertir algo en interesante si lo haces con suficiente habilidad. Además, nunca me gustaron mucho los thrillers, las explosiones y ese tipo de cosas. Como lector me interesa más la vida ordinaria. Para mí es mucho más fascinante que cualquier hazaña espectacular.
—¿Nunca le preocupó si a sus lectores les podría interesar una infancia así?
—Jamás. Nunca tuve un sentido de la audiencia ni pienso que tenga que satisfacer a una gran comunidad de lectores. Todo lo hago para mi propia satisfacción. Lo demás no me preocupa. Por supuesto, quiero que la gente se interese por lo que cuento lo máximo posible, pero no me hago ningún tipo de cuestionamiento al respecto, todo lo contrario.
—¿Tampoco le costó convencer a la editorial?
—¡No, no! Siempre evito ese problema de una manera muy sencilla. Cómo odio vender las cosas, nunca le hablo a mí editorial de las historias que tengo entre manos y jamás les hago propuestas de los libros que quiero escribir. Simplemente lo escribo y les digo: «Aquí lo tenéis». Luego los editores pueden publicarlo o no, pero no preparo un documento para vendérselo. Si quisiera venderles una camisa, no les enviaría una larga descripción de lo hermosa que es y los materiales usados, se la llevaría directamente para que vieran con sus propios ojos lo bonita que es. Lo más importante es que yo estaría feliz de ponérmela.
—¿Cuál ha sido la parte más difícil de escribir este libro?
—Las últimas cuarenta páginas en las que hablo de la muerte de mis padres en 2009 con muy pocos meses de diferencia. Aunque las memorias iban a acabar cuando fui admitido en Oxford en 1978, hice una excepción. Y para hacer justicia al hablar de mi madre tuve que revelar la marca de nacimiento que se extendía por todo su brazo, tan terrible que no quería que nadie la viera. Aquella marca definió su vida desde el momento en que nació. Nunca habría escrito sobre eso mientras ella vivía y, aún así, fue doloroso hacerlo, pero no sentí que la traicionaba porque estaba explicando algo absolutamente importante sobre ella.
—Sí, porque me di cuenta de cómo esa marca había condicionado toda su vida. Jamás me di cuenta de pequeño lo terrible que debía ser para ella, lo tenía normalizado. Durante toda su vida, incluso al final de sus días, repetía continuamente que le habría gustado ser costurera. En realidad era una ambición humilde que habría conseguido con facilidad, porque era muy habilidosa y cosía muy bien, pero aquella marca, que nunca enseñó a nadie y siempre llevó oculta, hizo que disminuyera sus expectativas.
—El gran punto de inflexión de su infancia es el examen «11+».
—Sí. Esa prueba que pasábamos con 11 años es muy interesante desde el punto de vista social, porque determinaba por completo tu futuro profesional. Mientras los hijos de las familias de clase alta iban a colegios privados [representaban el 5%] en los que se les preparaba para ir a la universidad, los de familias de clase media y obrera como la mía íbamos a colegios públicos. Hacíamos esa prueba al terminar la educación primaria.
—¿No es muy pronto para determinar el futuro de alguien?
—Sí. Nos dividían en dos grupos. A los alumnos que suspendían los derivaban a la «escuela de secundaria moderna» donde ni siquiera les enseñaban ciencias, letras y matemáticas. La formación se cortaba y, por lo general, acababan trabajando en fábricas y cosas así. En cambio, la pequeña parte que lo aprobaba [15%] iba a la «escuela de gramática» y accedía a una educación más completa. Solo estos últimos tenían la oportunidad de estudiar una carrera.
—Sí, y muchos alumnos de mi escuela fuimos a la universidad. La ambición de todos los padres de clase trabajadora, sin excepción, era que su hijo aprobara el «11+». Era un logro impresionante porque conseguías una buena educación gratuita. ¿Era algo bonito? Bueno… No creo, porque el propósito real de ese examen no era impulsar la movilidad social, sino asegurarse de que hubiera una gran cantidad de alumnos que lo suspendieran para conseguir mano de obra en las fábricas y que la economía siguiera funcionando. Por eso ese examen está en el corazón de todo lo que ocurría entonces y es la causa de que tenga esta vida, tan diferente a la que tenía o a la que se esperaba de mí.
—Viendo la enorme biblioteca que tiene detrás, ¿cuál es el último libro que ha leído?
—Los tengo aquí apuntados, en mi diario. 'Pasaje a la India', de E.M. Forster. ¡Es increíble! Es la segunda vez que lo leía, aprovechando que estaba de viaje por ese país. Y el último libro que he leído por primera vez… ¡Oh, sí, 'Corazón tan blanco' (Anagrama, 1992), de Javier Marías! Me ha gustado muchísimo. Nunca había leído a Marías. Es extraño que haya tardado tanto tiempo en llegar a un escritor tan famoso, pero a veces me pasa.
The Guardian se rinde a Granada y su Semana Santa: «Un placer terrenal»
Llega el primer cambio de hora de 2026 esta semana: ¿dormiremos una hora más o menos?
Hacienda vigila los regalos de boda: multas si no están declarados, incluidos los bizum
Esto es lo vale tu voto si eres de Huelva: cómo funciona la Ley D'Hondt en las elecciones andaluzas
Denuncia a su empleadora porque le explotó una olla exprés mientras trabajaba
Marc Vidal, inversor: «En España no hay una burbuja de la vivienda sino todo lo contrario»
Auditorio Nacional de Música | Madrid
Las 20 mejores ofertas de hoy (26 de marzo) en Amazon: hasta un 57% en Apple, Lotus y más
Roberto Brasero alerta a España de lo que puede pasar a partir del Jueves Santo con el tiempo
Begoña Villacís conoce el caso de la eutanasia de Noelia y se retracta en su postura sobre este tema
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Geoff Dyer: «La vida ordinaria es mucho más fascinante que cualquier hazaña espectacular»
Geoff Dyer: «La vida ordinaria es mucho más fascinante que cualquier hazaña espectacular»