- ÁLVARO MARTÍNEZ-ECHEVARRÍA
- Las consecuencias macroeconómicas de la guerra en Irán
- La guerra en Irán, ¿crisis temporal o el inicio de una recesión?
Si la poco probable sublevación popular iraní no se produce, la única alternativa para rematar con éxito la operación militar norteamericana es la infantería, y eso tendría un coste de bajas humanas.
El cielo de los justos, cuando mueren en combate, aguarda a los guerreros del desierto. Con semejante premisa, no se presenta fácil una batalla contra quienes no sólo están dispuestos a matar, sino también están dispuestos a morir. Es de suponer que los asesores militares del Gobierno estadounidense valoraron esta poco tranquilizadora actitud del enemigo antes de lanzar su demoledor ataque contra la teocracia iraní.
No cabe duda de que la superioridad tecnológica de la aviación norteamericana es capaz de arrasar gran parte de la capacidad defensiva aérea del ejército de Irán; pero ese objetivo no parece suficiente. La pretensión de Estados Unidos -reiteradamente manifestada- es derrocar el régimen de los ayatolás y, para lograrlo, cuenta con una confianza -a mi juicio infundada- en una sublevación del pueblo iraní.
Es muy posible que el incuestionable éxito conseguido con la reciente intervención militar en Caracas sea el fundamento del optimista planteamiento bélico en Oriente Medio. Pero Irán no es Venezuela. En esa dolorida nación iberoamericana la población no soportaba el régimen Bolivariano; pero en Irán es el pueblo el que sustenta al régimen; no todo el pueblo -sin duda- pero sí el sector más fanatizado y, probablemente, mayoritario.
Se prevé por tanto una guerra larga y es lógico suponer que los estrategas del Pentágono eran conscientes de ello. Siendo esto así, no se entienden las bravatas del primer mandatario estadounidense asegurando una victoria fulgurante que no se va a producir. No creo que pretenda emular el sonrojo nacional que padeció la Inglaterra del siglo XVIII después de haber acuñado monedas celebrando su victoria meses antes de sufrir la más humillante de sus derrotas ante los muros de Cartagena de Indias.
Aunque en el caso que nos ocupa, el principal problema no sería el bochorno norteamericano, sino las consecuencias internacionales que ya está suponiendo un conflicto de consecuencias militares impredecibles, pero perfectamente predecibles desde el punto de vista geopolítico. No es necesario contar con el Oráculo de Delfos para imaginar que iba pasar lo que pasa hoy día en el Estrecho de Ormuz. La escalada del precio del petróleo, la debacle en los mercados bursátiles, la imprevisibilidad de los índices económicos y otras indeseadas consecuencias, afectan a numerosas naciones no involucradas en este conflicto.
Es muy posible que a la actual administración norteamericana este problema le resulte ajeno a sus preocupaciones. Ya es conocido el manifiesto desprecio estadounidense hacia sus antiguos aliados y la nula importancia que conceden a otras opiniones que no sean las propias. Pero, en esta ocasión, su ignorancia de la crisis internacional que se está generando, puede derivar en una no pequeña crisis interna, análoga a la que ya han sufrido en otras ocasiones los Estados Unidos de Norteamérica.
Si la poco probable sublevación popular iraní no se produce, la única alternativa para rematar con éxito la operación militar norteamericana es la infantería; es decir, el dominio terrestre del territorio enemigo. Y eso cuesta bajas humanas. Es en cierto modo comprensible la confianza del Gobierno estadounidense en el enorme poderío de sus Fuerzas Armadas. Pero poseer el ejército más poderoso del mundo no es necesariamente una garantía de victoria.
Esta afirmación podría suscribirla sin inmutarse Napoleón Bonaparte tras su éxito inconmensurable al invadir España. Y lo mismo cabe decir de la retirada ciertamente bochornosa del Ejército Norteamericano en Irak y Afganistán -unas guerras aparentemente concluidas- bajo las órdenes del presidente Obama.
¿Midió sus fuerzas el actual presidente de Estados Unidos? No todas las naciones -dentro de sus propios ejércitos- cuentan con fortalezas análogas: la marina británica es el principal baluarte del orgullo militar del Reino Unido; la disciplina germánica siempre ha sido el bastión de los ejércitos alemanes, del mismo modo que en España lo es la tradición centenaria de su infantería. Sin embargo, es la logística -apoyada por su inmenso poder industrial- lo que define el poderío de la fuerza militar estadounidense.
Es inigualable su capacidad de aprovisionamiento, su eficacia en las comunicaciones, su veloz suministro de armamento y otras cuestiones esenciales de la intendencia militar. Pero Norteamérica adolece de un grave Talón de Aquiles; es su retaguardia. El apoyo de la opinión pública de la propia nación es un aspecto esencial para cualquier ejército en combate y, en el caso que nos ocupa, no parece que la población de los Estados Unidos esté manifestando un excesivo entusiasmo bélico.
Lo mismo ocurrió en Vietnam: la derrota norteamericana frente al Vietcong no obedeció a cuestiones meramente castrenses. Es verdad que allí también falló la logística, cumpliéndose el dicho cruel de que "si el soldado norteamericano no tiene helado de postre, no combate". Sin embargo, lo que realmente provocó el calamitoso resultado de esa guerra fue la completa ausencia de apoyo popular y mediático en la retaguardia; que es un factor esencial para la victoria. No es el único factor, sin duda alguna; pero puede ser determinante.
El signo de una guerra puede experimentar un vuelco vertiginoso, si la voluntad del pueblo acompaña a los soldados. Vladímir Putin lo puede estar comprobando en Ucrania. Y en tiempos no demasiado remotos -y de forma positiva- también pudieron experimentarlo las tropas de Norteamérica. Las playas de Utah, Gold y Omaha -pese a sus nombres anglosajones- no se encuentran en el continente americano, sino en las lejanas costas de Normandía. Allí desembarcaron y murieron miles de jóvenes estadounidenses el 6 de junio de 1944, en defensa de un ideal compartido con sus compatriotas y con sus familias; muy conscientes todas ellas del riesgo que sus hijos asumían. No hubo quejas; solamente el dolor silencioso y las oraciones por los caídos.
¿Está dispuesta a algo semejante la actual sociedad norteamericana? ¿Y la europea? Pues, una vez más, se podría producir la paradoja de una Europa satisfecha ante un éxito militar estadounidense, del que se beneficiaría todo el mundo occidental sin asumir bajas propias. La población estadounidense decidirá la moral de sus soldados y así podrá ver la depresión padecida en Vietnam o la sangre heroica derramada en Normandía.
Álvaro Martínez-Echevarría.Director del IEB
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