Que los mapas no son neutrales lo sabemos desde hace mucho tiempo, y que no son perfectos, también. Nunca podrán serlo, a no ser que levantemos un mapa a escala 1:1, como escribía Borges. Trasladar un cuerpo tridimensional como la esfera terrestre ... a un plano bidimensional es un problema insoluble. Por decirlo de otra manera, representar el territorio ha sido siempre un acto político y, hacerlo con precisión, una quimera. En ambos casos, siempre hay pérdida, siempre hay sacrificio.
Sin embargo, la historia de la cartografía matemática, al menos desde Ptolomeo, se ha afanado por representar el mundo de forma precisa y objetiva, siquiera en apariencia. Este ha sido, por qué no decirlo, uno de los grandes desafíos de la ciencia.
¿Qué es, si no, una proyección cartográfica? Un sistema matemático en forma de malla geométrica que intenta plasmar la superficie curvada de nuestro planeta sobre un plano, conformando así una representación gráfica a escala, también llamada mapa, nuestra forma particular de abrazar el mundo, de manejarlo y, en definitiva, de manipularlo. Un invento humano, demasiado humano.
Dobles lecturas, 'terrenales' trucos de magia
Esto trajo de cabeza a algunos matemáticos y cartógrafos. También a algunos navegantes. Y si no que le pregunten al resucitado Mercator, ahora en boca de los comisarios de la Unión Africana y de la ONU por su mapa de 1569, un intento exitoso por facilitar la vida de los marinos en el arte de su oficio. Y digo exitoso no sólo porque lo consiguió, sino también porque su proyección cilíndrica ha permanecido viva más de cuatrocientos años como la imagen oficial del mundo, un mundo -nos guste o no- con profundos sesgos coloniales.
He aquí el quid de la cuestión. El objetivo del cartógrafo flamenco no era ni mucho menos exagerar el tamaño de las masas terrestres próximas a los polos. Eso era tan sólo una consecuencia de su proyección, que disminuía aparentemente las áreas cercanas al Ecuador en su intento por trazar líneas rectas que permitieran a los pilotos navegar manteniendo rumbos constantes. Podríamos afirmar que Mercator nunca tuvo la intención de distorsionar la realidad. No obstante, la forma de ver el mundo sobre esa red de meridianos y paralelos ha moldeado la mirada de millones de personas durante generaciones. Corregirlo con una proyección más igualitaria (Equal Earth) es, como se ha dicho, una cuestión de justicia cognitiva y reparación histórica.
Si hablamos de distorsionar la realidad con fines políticos y con pretensiones de soberanía territorial, entonces los mapas vuelven una y otra vez al centro
Si hablamos de distorsionar la realidad con fines políticos y con pretensiones de soberanía territorial, entonces los mapas vuelven una y otra vez al centro de la imagen y se transforman en instrumentos de poder. Los mapas han protagonizado varios conflictos diplomáticos a lo largo de la historia. Y es que los mapas han tenido siempre la vieja y cínica ambición de intentar representar la verdad. En eso reside su gran poder, en establecer una relación de conformidad entre lo que se ve y lo que en realidad es, legitimando como válido aquello que exhibe, aunque sea intencionalmente erróneo. En ese sentido, los mapas son formas de apropiación del mundo o, como defendió el influyente historiador de la cartografía John Brian Harley, «ficciones controladas», en suma, discursos retóricos.
Abundan los ejemplos a ese respecto, desde los mapamundis medievales de T en O o la tabula rogeriana de Al-Idrisi, hasta los mapas coloniales británicos en África o Google Maps pasando por los mapas del tipo Leo Belgicus o las copias del Padrón Real de la Casa de la Contratación de Sevilla, entre muchos otros. En todos ellos, encontramos deformaciones e imprecisiones, pero sobre todo intenciones y reivindicaciones. Esto es así en todos los rincones del globo. No nos limitemos a Europa, África, América y Groenlandia. Pensemos también en Asia oriental, pensemos en China y en sus formas de autorepresentación espacial, ajenas a Mercator y a Equal Earth.
Señalar que la cartografía china es sinocéntrica es como decir que la cartografía europea es eurocéntrica, o sea, nada. Lo era antes de la llegada de los jesuitas a finales del siglo XVI, lo fueron los mapas de Matteo Ricci y Giulio Aleni para el emperador Wanli y lo es hoy. ¿Qué cultura no ha sido etnocéntrica? ¿Qué gran civilización no se ha representado en el centro de la imagen? En el caso de China, como en casi todos, no se trata sólo de una convención visual. Siempre fue, dicho sea de paso, el «Reino del Centro» o «Imperio del Medio», aquel que extiende sus tentáculos hacia oriente y occidente.
El poder de los mapas chinos es una estrategia geopolítica que no sólo se manifiesta en el tamaño en el que se representa el país y su centralismo dentro del mapa del mundo. Su poder se extiende también a la toponimia como forma de legitimación. Nombrar es poseer. Su poder se manifiesta, asimismo, cuando la República Popular incorpora bajo su jurisdicción territorios independientes como Taiwán, regiones autónomas como el Tíbet o Xinjiang, zonas administradas por otros países asiáticos como las Islas Senkaku -gestionadas por Japón-, o simplemente cuando dilata su frontera dentro del territorio de la India, toda una declaración de intenciones. Estos actos cartográficos reclaman o reivindican, todos ellos constituyen actos de poder, de control político e imposición cultural.
Los ejemplos abundan. Más allá de la percepción visual, el mapa vertical de Hao Xiaoguang publicado en 2013 sitúa a China en una posición dominante, reclama para sí un lugar central en el nuevo orden mundial, desplazando a Europa a la periferia y a las Américas a los márgenes. El nuevo mapa chino no sólo desafía la cosmovisión tradicional del mundo occidental, sino que además convierte al gigante asiático en dueño y señor de la economía global.
Los mapas chinos reorientan, rediseñan y reconfiguran el mundo de acuerdo con su régimen de valores e intereses, siempre lo han hecho, por mucho que le pese a las vecinas Filipinas, Vietnam o Malasia. Precisamente, en 2016, el Tribunal de la Haya fallaba en contra de las pretensiones chinas por hacerse con casi el control total del Mar de China a través de una demarcación geográfica denominada «línea de nueve trazos», una raya discontinua en forma de U. China sigue sin reconocer hoy el dictamen de la ONU y se aferra a los mapas, incluso cuando quiere evitar -se dice que por seguridad nacional- ser cartografiada. He ahí el algoritmo GCJ-02, un ingenioso espejo de feria. La polémica está servida y los mapas la alimentan.
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