Un fotograma de 'Ghost Song' .
Cine 'Ghost Song', un romance trágico y cursi dirigido por Fatih Akin, abre el Festival de San SebastiánEl ganador del Oso de Oro por 'Contra la pared' convierte su nueva película en un acto de militancia en favor de la cursilería.
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Enric Albero Publicada 19 septiembre 2026 10:27h SíguenosEl cineasta alemán de origen turco Fatih Akin se mueve entre el tremendismo temático y las formas impactantes que le valieron el Oso de Oro en Berlín por Contra la pared (2004) —y que ha seguido cultivando con menor acierto en películas como En la sombra (2017) o en la provocadora y desagradable El monstruo de St. Pauli (2019)— y determinados códigos del cine popular que han surtido su efecto en taquilla, principalmente en su país, y que se pueden rastrear en proyectos que van de la comedia gastronómica bienintencionada como Soul Kitchen (2009) a feel good movies del estilo de Good Bye Berlin (2016), sin olvidar nunca el apunte social sobre el fenómeno migratorio presente en la mayoría de sus obras y base temática de muchas de sus películas.
Podríamos decir queGhost Song (2026), su último trabajo y filme que abrió anoche la 74.ª edición del Festival de San Sebastián, pivota entre esas dos esferas expresivas; si bien no es menos cierto que a Akin siempre le gustaron las fugas y el efecto sorpresa, tal y como demuestran títulos como El padre (2014) u Oro puro (2022), lo que lo convierte en un cineasta difícil de catalogar.
En su nuevo largometraje asume, de un lado, patrones narrativos fácilmente reconocibles que van del tono gótico de algunos cuentos de Edgar Allan Poe (Eleonora, Ligeia) a un hito del mainstream como Ghost (Jerry Zucker, 1990), cuyo rastro es imposible de ocultar, por más que Akin conjugue su relato en clave onírica.
Werner Herzog: "Tenemos que defender nuestras almas y no vivir una vida dictada por algoritmos"Del otro lado, el director de La isla de Amrum (2025) le impone a esta love story una plantilla formal claramente inspirada en el Wim Wenders de El cielo sobre Berlín (1987), decisión que cristaliza en un apelmazado de fotogramas que parecen querer competir los unos contra los otros por ver quien gana el premio reFocus.
Vayamos a la historia. Faris (Eren M. Güvercin) y Farasha (Mariam Dawoud) se conocen en la fiesta de celebración del fin de la selectividad. Las hormonas hacen su trabajo y ambos se quedan prendados el uno del otro como un alfiler a un imán. Él conducirá el coche en el viaje de vuelta a la casa a la que Farasha nunca llegará. El resto de ocupantes del vehículo, Faris y otros dos amigos, uno de él, otra de ella, sobrevivirán.
El primer plano posterior al trágico accidente será una toma cenital del adolescente recién salido de su estado comatoso. A partir de aquí, Akin utiliza la ensoñación como coartada estética: ¿acaso todo lo que veamos a partir de aquí no puede ser interpretado como el sueño necrófilo del pobre Faris?
Resulta difícil creer que, tras un único y breve encuentro, el veneno del amor haya emponzoñado el corazón de Faris hasta transformar a Farasha en una llama que nadar sabe el agua fría del Estigia que separa a los vivos de los muertos (si uno asume esa postura habría que discutir, y mucho, sobre la utilización del punto de vista que adopta el guion coescrito por el propio Akin junto a Ruth Toma).
Si por el contrario no entendemos la película como una visión febril alterada por un romance truncado a destiempo, es todavía peor, porque se nos plantea un escenario en el que todos los personajes, sin importar sus orígenes ni su condición social, creen que al término paranormal le sobra el prefijo. Es decir, gente que piensa que Cuarto milenio es lo mismo que Equipo de investigación.
La cuestión es que, durante cuarenta noches, Farasha visitará a Faris cada vez que el sol se ponga, prolongando su incipiente idilio y tratando de arrastrarlo junto a ella mientras se van descubriendo los pormenores del accidente flashback va, flashback viene, todo para cerrar con la consabida lección vital que acompaña a toda fábula.
'Tiempo de victoria': la batalla meteorológica que marcó la Segunda Guerra MundialPara ello, Fatih Akin, atrincherado tras la fotografía preciosista en contrastado blanco y negro de Frank Griebe, despliega un arsenal de metáforas desgastadas sobre el tránsito entre la vida y la muerte expuestas con abrumadora tosquedad (trenes, aviones, barcos, siempre bien visibles), sin que falten ni los simbolismos de saldo (toda la cuestión lepidóptera) ni una música empalagosa que convierten Ghost Song en un acto de militancia en favor de la cursilería.
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