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Guille Galván: la odisea de volver a casa para volver a empezar

Guille Galván: la odisea de volver a casa para volver a empezar
Artículo Completo 2,006 palabras
Hace un día como para quedarse a vivir en el patio de Guille Galván (Madrid, 1980) con las flores y los pájaros y el sol. Nos recibe con camisa vaquera, camiseta gris y una levedad como de acabar de llegar a casa. «¿Queréis café? Es por aquí», dice. El estudio es pequeño, íntimo, como si lo hubiera soñado el adolescente que empezó con la guitarra en los noventa, y que aún tiene los ojos claros y algo de timidez en el cuerpo. «Me ofrecieron hacerlo fuera, en otro estudio, con otros medios. Pero yo sentía que este disco lo tenía que encontrar en mi propia casa, en mi día a día, con mi familia, compatibilizando el trabajo con las visitas al hospital, con poder seguir yendo al colegio por los niños. Quería que estuviera presente toda esa realidad que no cuentas cuando estás de gira o tienes que grabar un proyecto más grande, eso que llaman vida personal, como si la otra no fuera personal… Todo eso forma parte del disco».Guille Galván, guitarrista y compositor de Vetusta Morla, habla de 'Nadie con ese nombre vive aquí', su debut en solitario: un disco que nace, como 'Nebraska', de una voz, de una guitarra, de una historia. La suya, que es la de la pérdida de su padre, tras cuatro años de cáncer y cuidados. Galván tiene ahora cuarenta y cinco. Es la primera vez que canta. «Y yo odiaba mi voz», suelta.—Ah, ¿sí?—Mira, aquí están mis primeros recuerdos de voz [y señala una caja con cintas de casete]. Cuando éramos niños, mi padre se ponía con la guitarra. No teníamos cámara de vídeo, pero teníamos una grabadora. Él se ponía a tocar y nos grabábamos juntos. Y sí, odiaba mi voz, pero supongo que como casi todos los niños cuando se escuchan.—¿Da vergüenza cantar?—Tardas mucho en acostumbrarte a tu voz. Ha sido un proceso... Me ha costado un tiempo escribir y hablar de mis hijos o de mi pareja o de mi padre o de mi hermana de una manera tan directa, me ha llevado un tiempo quitarme esas capas. Y según me las he ido quitando me he permitido cantarlo con mi voz. Luego, a nivel técnico, ha sido raro, porque cuando cantas no le tienes que guardar ningún respeto al compositor, lo que te toca es hacer la canción creíble, servir de transmisor de sus sentimientos. Es algo muy distinto... A mí me ayudaba pensar en a quién le estaba cantando. Y pensaba en cuando le cantaba a los niños cuando eran pequeños y los dormía, que era de las pocas veces que no me daba vergüenza cantar, y donde me encontraba útil cantando. Había algo donde esa intimidad que me interesaba mucho, y pensar en eso me ayudaba a encontrar la voz.—¿Pesa mucho la música de la infancia?—La música siempre está ahí, aún recuerdo las canciones de las series de la tele: son de mis primeros recuerdos musicales… Recuerdo un tecladito, un Casio chiquitín que teníamos en casa, y donde toqué mi primera canción, que fue 'Carros de fuego'. Para mí la música ha tenido un peso muy importante en la infancia, pero cuando fue definitiva fue en la adolescencia. Ahí dejé de ser solo un oyente para ser partícipe. Aunque tardé mucho en agarrar una guitarra. La primera vez creo que tenía trece o catorce años.—Este es un disco de duelo.—Mi padre falleció hace unos meses, mientras hacía el disco. Estuvo con un cáncer durante cuatro años… Me va a costar no asociar este disco a él. Aunque no es un disco de hospital. Hay esperanza, hay celebración, una celebración de los que nos quedamos. Y es un homenaje a todo lo que nos hemos ido dejando unos a otros.—¿Su padre llegó a escucharlo?—Sí, sí, lo escuchó entero, aunque no terminado.—Es un disco lleno de recuerdos, también.—Parte del proceso era traer todos estos archivos familiares de cuando era chico. Estaba digitalizando los casetes mientras hacía el disco, y al final utilicé algunos sonidos de mi infancia. Hay unos grillos que son del pueblo donde veraneábamos. Y en 'Huellas en el aire' hay un fragmentito en el que estoy tarareando la canción de 'Érase una vez el hombre', que era una de mis series favoritas de la época. Con eso ha pasado una cosa muy curiosa: pidiendo los derechos de la canción, investigando, he descubierto que es de José Luis Perales. Y he hablado con él y con su familia para explicarle todo esto, el proyecto. Y ellos de manera muy generosa me han dado permiso para usarla. Es muy emocionante tener una parte del disco compuesta por Perales [y sonríe].—¿La memoria es una musa?—La memoria es una mina. Tengo la suerte de tener buena memoria: todavía la guardo y me acuerdo de muchas cosas, y eso me nutre mucho. Incluso en momentos complicados me genera la posibilidad de tener un refugio grande de felicidad. Y de fuerza. Es casi como un tesoro que tengo que guardar para esos momentos malos. Y no solo eso. Yo creo que de alguna forma habitamos todos los tiempos a la vez, que por nosotros pasan muchos tiempos en un mismo momento. Esto sucede de una manera mucho más real de lo que pensamos.«La mezcla entre lo íntimo y lo colectivo es el caballo de batalla de todas las composiciones» Guille Galván—No solo hay intimidad en el disco. Hay canciones con un tono casi mítico, con referencias a Jonás y la ballena o al minotauro.—Esa mezcla entre lo íntimo y lo colectivo es el caballo de batalla de todas las composiciones. Utilizo símbolos que están en el imaginario colectivo de todos, de modo que esas referencias funcionan como hipervínculos: son puertas compartidas por todos, que vienen del mundo bíblico, de la mitología, del cine. En una canción tienes poco tiempo para contar muchas cosas a veces, y esto te permite ampliar la canción o llevarla a un lugar inesperado. O a varios a la vez. Cuando en 'Copenhague', por ejemplo, se habla de Alicia y la ciudad, puede ser 'Alicia en el país de las maravillas', pero también la de Wim Wenders, y en ambos casos ese nombre es un portal que te abre a otro mundo.—¿Qué lugar tiene el dolor en la música?—Yo creo que la música es un nexo de unión entre sufrimientos colectivos, y eso ayuda mucho, es muy terapéutico a veces: hay canciones que te acompañan toda la vida y vienen de ahí. Lo curioso es que hay canciones que a lo mejor vienen de un momento que para mí era frágil, pero para el que las escucha acaban siendo de celebración [deja un silencio]. Nadie elige romperse y tener algo que esté fuera de su sitio. Pero la vida también te coloca en esos sitios, en esos lugares, y de esa fragmentación también se refuerza tu identidad. De las trizas nos recomponemos, como esos jarrones japoneses que cuando se rompen se vuelven a pegar con una resina dorada y forman algo más sólido.Cuenta Galván que el título del disco viene de 'Nebraska', de Bruce Springsteen, de la canción 'My Father's House', donde un hombre tiene un sueño y vuelve a la casa de su padre, muchos años después de su muerte. Cuando llama a la puerta, un desconocido le abre, escucha su historia y le dice: lo siento, chico, nadie con ese nombre vive aquí.«'Nebraska' es un disco que me voló la cabeza ya de crío –continúa Galván–. Siempre había fantaseado con hacer un disco que naciera de ahí: de una guitarra, una voz y una historia. Y ese ha sido el origen y la razón de haberlo hecho todo aquí. Lo del título fue una historia, sí... Dudé mucho, porque tenía varias opciones. Y un día, hablando con mi madre, me dijo que llevaba tiempo teniendo un sueño recurrente, y era que ella tenía las llaves de la casa donde había nacido yo y donde habíamos vivido los primeros años de mi vida. Y que todavía iba a la casa, que había pasado todo este tiempo pero todavía iba allí a regar las plantas, y que cuando iba dejaba todo ordenado. Me pareció algo muy hermoso, que tenía que ver con todo esto.»Bueno, pues ese mismo día, llamé a Susana Blasco, que es la que ha hecho la portada del disco, porque me tenía que hacer la fotografía. Me dijo que había hablado con Laura C. Vela, que es una escritora y fotógrafa de Madrid, y que ella me haría el retrato que luego ella intervendría. Laura me llamó y me dio una dirección para que nos viéramos: resulta que me citó en el piso que estaba enfrente del piso en el yo había nacido, del piso con el que mi madre llevaba semanas soñando, el piso en el que habían pasado nuestras primeras batallitas familiares, donde habíamos grabado todas estas cintas que tengo aquí. Era el piso al que no había vuelto en cuarenta años.»Claro, se me pusieron los pelos de punta. En ese momento sentí que había cerrado algo, que el disco tenía un sentido, que la música me había llevado a este lugar, que había vuelto al origen para volver a empezar. Era como el 'mastering' sentimental del disco… Cuando salí de la sesión de fotos llamé a Jero Álvarez, que es otro de los fotógrafos con los que trabajo, que es muy amigo, y le conté todo esto. Al día siguiente volvimos para hacer fotos allí y dio la casualidad de que estaban pintando la fachada, y pudimos entrar. No había nadie, solo una señora mayor que me dijo: y tú quién eres, qué haces aquí. Le faltó decir: nadie con ese nombre vive aquí ya».—Entonces creerá en los sueños, ¿no?—Sueño mucho, pero nunca me ha llegado una melodía con un sueño como Paul McCartney con 'Yesterday'. Creo que el sueño es como una especie de termómetro, es una información más de tu cerebro, de tu cuerpo, que te llega en momentos de guardia baja, y por tanto más abierto. Así que procuro hacer caso a los sueños, o al menos tomar nota.

Hace un día como para quedarse a vivir en el patio de Guille Galván (Madrid, 1980) con las flores y los pájaros y el sol. Nos recibe con camisa vaquera, camiseta gris y una levedad como de acabar de llegar a casa. «¿Queréis café? Es ... por aquí», dice. El estudio es pequeño, íntimo, como si lo hubiera soñado el adolescente que empezó con la guitarra en los noventa, y que aún tiene los ojos claros y algo de timidez en el cuerpo. «Me ofrecieron hacerlo fuera, en otro estudio, con otros medios. Pero yo sentía que este disco lo tenía que encontrar en mi propia casa, en mi día a día, con mi familia, compatibilizando el trabajo con las visitas al hospital, con poder seguir yendo al colegio por los niños. Quería que estuviera presente toda esa realidad que no cuentas cuando estás de gira o tienes que grabar un proyecto más grande, eso que llaman vida personal, como si la otra no fuera personal… Todo eso forma parte del disco».

Guille Galván, guitarrista y compositor de Vetusta Morla, habla de 'Nadie con ese nombre vive aquí', su debut en solitario: un disco que nace, como 'Nebraska', de una voz, de una guitarra, de una historia. La suya, que es la de la pérdida de su padre, tras cuatro años de cáncer y cuidados. Galván tiene ahora cuarenta y cinco. Es la primera vez que canta. «Y yo odiaba mi voz», suelta.

—Mira, aquí están mis primeros recuerdos de voz [y señala una caja con cintas de casete]. Cuando éramos niños, mi padre se ponía con la guitarra. No teníamos cámara de vídeo, pero teníamos una grabadora. Él se ponía a tocar y nos grabábamos juntos. Y sí, odiaba mi voz, pero supongo que como casi todos los niños cuando se escuchan.

—Tardas mucho en acostumbrarte a tu voz. Ha sido un proceso... Me ha costado un tiempo escribir y hablar de mis hijos o de mi pareja o de mi padre o de mi hermana de una manera tan directa, me ha llevado un tiempo quitarme esas capas. Y según me las he ido quitando me he permitido cantarlo con mi voz. Luego, a nivel técnico, ha sido raro, porque cuando cantas no le tienes que guardar ningún respeto al compositor, lo que te toca es hacer la canción creíble, servir de transmisor de sus sentimientos. Es algo muy distinto... A mí me ayudaba pensar en a quién le estaba cantando. Y pensaba en cuando le cantaba a los niños cuando eran pequeños y los dormía, que era de las pocas veces que no me daba vergüenza cantar, y donde me encontraba útil cantando. Había algo donde esa intimidad que me interesaba mucho, y pensar en eso me ayudaba a encontrar la voz.

—¿Pesa mucho la música de la infancia?

—La música siempre está ahí, aún recuerdo las canciones de las series de la tele: son de mis primeros recuerdos musicales… Recuerdo un tecladito, un Casio chiquitín que teníamos en casa, y donde toqué mi primera canción, que fue 'Carros de fuego'. Para mí la música ha tenido un peso muy importante en la infancia, pero cuando fue definitiva fue en la adolescencia. Ahí dejé de ser solo un oyente para ser partícipe. Aunque tardé mucho en agarrar una guitarra. La primera vez creo que tenía trece o catorce años.

—Mi padre falleció hace unos meses, mientras hacía el disco. Estuvo con un cáncer durante cuatro años… Me va a costar no asociar este disco a él. Aunque no es un disco de hospital. Hay esperanza, hay celebración, una celebración de los que nos quedamos. Y es un homenaje a todo lo que nos hemos ido dejando unos a otros.

—Sí, sí, lo escuchó entero, aunque no terminado.

—Es un disco lleno de recuerdos, también.

—Parte del proceso era traer todos estos archivos familiares de cuando era chico. Estaba digitalizando los casetes mientras hacía el disco, y al final utilicé algunos sonidos de mi infancia. Hay unos grillos que son del pueblo donde veraneábamos. Y en 'Huellas en el aire' hay un fragmentito en el que estoy tarareando la canción de 'Érase una vez el hombre', que era una de mis series favoritas de la época. Con eso ha pasado una cosa muy curiosa: pidiendo los derechos de la canción, investigando, he descubierto que es de José Luis Perales. Y he hablado con él y con su familia para explicarle todo esto, el proyecto. Y ellos de manera muy generosa me han dado permiso para usarla. Es muy emocionante tener una parte del disco compuesta por Perales [y sonríe].

—La memoria es una mina. Tengo la suerte de tener buena memoria: todavía la guardo y me acuerdo de muchas cosas, y eso me nutre mucho. Incluso en momentos complicados me genera la posibilidad de tener un refugio grande de felicidad. Y de fuerza. Es casi como un tesoro que tengo que guardar para esos momentos malos. Y no solo eso. Yo creo que de alguna forma habitamos todos los tiempos a la vez, que por nosotros pasan muchos tiempos en un mismo momento. Esto sucede de una manera mucho más real de lo que pensamos.

«La mezcla entre lo íntimo y lo colectivo es el caballo de batalla de todas las composiciones»

—No solo hay intimidad en el disco. Hay canciones con un tono casi mítico, con referencias a Jonás y la ballena o al minotauro.

—Esa mezcla entre lo íntimo y lo colectivo es el caballo de batalla de todas las composiciones. Utilizo símbolos que están en el imaginario colectivo de todos, de modo que esas referencias funcionan como hipervínculos: son puertas compartidas por todos, que vienen del mundo bíblico, de la mitología, del cine. En una canción tienes poco tiempo para contar muchas cosas a veces, y esto te permite ampliar la canción o llevarla a un lugar inesperado. O a varios a la vez. Cuando en 'Copenhague', por ejemplo, se habla de Alicia y la ciudad, puede ser 'Alicia en el país de las maravillas', pero también la de Wim Wenders, y en ambos casos ese nombre es un portal que te abre a otro mundo.

—¿Qué lugar tiene el dolor en la música?

—Yo creo que la música es un nexo de unión entre sufrimientos colectivos, y eso ayuda mucho, es muy terapéutico a veces: hay canciones que te acompañan toda la vida y vienen de ahí. Lo curioso es que hay canciones que a lo mejor vienen de un momento que para mí era frágil, pero para el que las escucha acaban siendo de celebración [deja un silencio]. Nadie elige romperse y tener algo que esté fuera de su sitio. Pero la vida también te coloca en esos sitios, en esos lugares, y de esa fragmentación también se refuerza tu identidad. De las trizas nos recomponemos, como esos jarrones japoneses que cuando se rompen se vuelven a pegar con una resina dorada y forman algo más sólido.

Cuenta Galván que el título del disco viene de 'Nebraska', de Bruce Springsteen, de la canción 'My Father's House', donde un hombre tiene un sueño y vuelve a la casa de su padre, muchos años después de su muerte. Cuando llama a la puerta, un desconocido le abre, escucha su historia y le dice: lo siento, chico, nadie con ese nombre vive aquí.

«'Nebraska' es un disco que me voló la cabeza ya de crío –continúa Galván–. Siempre había fantaseado con hacer un disco que naciera de ahí: de una guitarra, una voz y una historia. Y ese ha sido el origen y la razón de haberlo hecho todo aquí. Lo del título fue una historia, sí... Dudé mucho, porque tenía varias opciones. Y un día, hablando con mi madre, me dijo que llevaba tiempo teniendo un sueño recurrente, y era que ella tenía las llaves de la casa donde había nacido yo y donde habíamos vivido los primeros años de mi vida. Y que todavía iba a la casa, que había pasado todo este tiempo pero todavía iba allí a regar las plantas, y que cuando iba dejaba todo ordenado. Me pareció algo muy hermoso, que tenía que ver con todo esto.

»Bueno, pues ese mismo día, llamé a Susana Blasco, que es la que ha hecho la portada del disco, porque me tenía que hacer la fotografía. Me dijo que había hablado con Laura C. Vela, que es una escritora y fotógrafa de Madrid, y que ella me haría el retrato que luego ella intervendría. Laura me llamó y me dio una dirección para que nos viéramos: resulta que me citó en el piso que estaba enfrente del piso en el yo había nacido, del piso con el que mi madre llevaba semanas soñando, el piso en el que habían pasado nuestras primeras batallitas familiares, donde habíamos grabado todas estas cintas que tengo aquí. Era el piso al que no había vuelto en cuarenta años.

»Claro, se me pusieron los pelos de punta. En ese momento sentí que había cerrado algo, que el disco tenía un sentido, que la música me había llevado a este lugar, que había vuelto al origen para volver a empezar. Era como el 'mastering' sentimental del disco… Cuando salí de la sesión de fotos llamé a Jero Álvarez, que es otro de los fotógrafos con los que trabajo, que es muy amigo, y le conté todo esto. Al día siguiente volvimos para hacer fotos allí y dio la casualidad de que estaban pintando la fachada, y pudimos entrar. No había nadie, solo una señora mayor que me dijo: y tú quién eres, qué haces aquí. Le faltó decir: nadie con ese nombre vive aquí ya».

—Entonces creerá en los sueños, ¿no?

—Sueño mucho, pero nunca me ha llegado una melodía con un sueño como Paul McCartney con 'Yesterday'. Creo que el sueño es como una especie de termómetro, es una información más de tu cerebro, de tu cuerpo, que te llega en momentos de guardia baja, y por tanto más abierto. Así que procuro hacer caso a los sueños, o al menos tomar nota.

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Guille Galván: la odisea de volver a casa para volver a empezar

Guille Galván: la odisea de volver a casa para volver a empezar

Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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