Si el objetivo de Vox es superar al PP, ¿por qué lleva ya unos cuantos años sin conseguirlo? En las últimas semanas, quienes advierten a los populares contra los pactos con la derecha populista han señalado -acertadamente- que esta no pretende complementar o ayudar a los partidos liberal-conservadores. Más bien pretendería erosionarlos, condicionarlos y finalmente sustituirlos como fuerza principal de las derechas. Paradójicamente, esta perspectiva coincide con la actitud del propio mundo de Vox, que ve cómo su partido sube en las encuestas y crece en distintas elecciones regionales, y sueña con que su auge resulte imparable. En ambos casos, se invoca el ejemplo de otros países donde la derecha radical y populista ha terminado fagocitando o dejando atrás a la derecha clásica. ¿Por qué no iba ocurrir en España lo mismo que ya ha pasado en EE.UU., Francia e Italia, y también puede hacerse realidad pronto en Reino Unido y Alemania?
La pregunta, sin embargo, es por qué iba a ocurrir esto en España justamente ahora. Recordemos que Vox adquirió protagonismo a nivel nacional en 2018. Y en noviembre del año siguiente ya se había convertido en la tercera fuerza en el Congreso, con un 15% del voto y 52 escaños. Los vientos internacionales no eran tan fuertes como los de ahora, pero ya estaban soplando a su favor: Trump ganó sus primeras elecciones en 2016, Le Pen disputó la segunda vuelta de las presidenciales francesas en 2017 y Bolsonaro se convirtió en presidente de Brasil en 2018. Además, aquel auge coincidía con una fuerte crisis del PP tras su salida del poder. El nuevo liderazgo de Casado parecía incapaz de articular una alternativa ganadora a la coalición sanchista, y las tensiones internas cristalizaron en una confrontación entre el presidente del partido y su dirigente regional más popular. Si hubo un momento en el que las encuestas vieron cercano el sorpasso, fue justo en aquel febrero de 2022, cuando estalló la guerra entre Casado y Ayuso.
Sin embargo, desde aquel episodio -y su desenlace: la llegada de Feijóo a la dirección del partido- la distancia entre ambas formaciones volvió a crecer, y se ha mantenido más o menos estable hasta hoy. Es innegable que Vox desea, hoy como ayer, convertirse en la fuerza hegemónica de las derechas. Como es cierto que la relación con los de Abascal ha provocado muchos quebraderos de cabeza en Génova. Hasta tal punto es así que la dirección nacional del PP acaba de anunciar que intervendrá directamente en las negociaciones con Vox a nivel autonómico. Sin embargo, los populares han afrontado todas esas negociaciones desde una clara superioridad, a veces doblando a los de Abascal en votos y en escaños. Y la encuesta de Sigma Dos que publicó ayer este diario sugería que Vox habría tocado techo en el próximo escenario de nuestra desquiciante tournée electoral, Castilla y León.
Claro que todo esto puede cambiar en los próximos meses -no digamos en los próximos años-. Pero sigue siendo pertinente preguntar: ¿con qué ventajas se supone que cuenta Vox ahora que no tuviera en 2019, 2020 o 2021? ¿Qué diferencia este momento dulce del que ya vivió el partido hace cinco o seis años? Es posible, sí, que Vox aún no haya tocado techo. Pero también es posible que, sin darse cuenta, dejara pasar hace años su gran oportunidad.