Si yo fuera un narrador omnisciente, esta columna comenzaría con el vuelo sobre el bosque de Ponary, cerca de Vilna, en Polonia, donde más de treinta mil judíos fueron asesinados a manos de los nazis durante la segunda guerra mundial. Pero ni yo soy un ... omnisciente ni es objeto de esta columna el difícil trance de hacer hablar a los muertos. O puede que sí. Viajé a Polonia para hablar del fin del mundo, o de ese lugar exacto donde yo pensé que el mío había acabado.
Viajé a Polonia para hablar de Visitación Salazar y Angustias Romero, protagonistas de la edición polaca de la novela 'El tercer país' publicada este mes por Noir sur Blanc con la traducción de Adam Lebanowski. Polonia se manifiesta ante los ojos del viajero como ese prado en el que dice Szymborska que alguien debe tumbarse con una espiga entre los dientes para mirar las nubes. Es el resultado de una larga reconstrucción.
Hundir los dedos en las flores frescas del acento eslavo y en el azul inmenso de los ojos de quienes hablan es una forma a una nación que ha conseguido la combinación exacta entre memoria y experimento. Han sobrevivido a todo: a los alemanes, los rusos, al comunismo, al capitalismo e incluso a Europa en sus más fieras fronteras. Su manifestación más evidente está en su capital, Varsovia, una olla de paradojas a cielo abierto. Un laboratorio político y ciudadano en el que pasado y futuro proponen una mirada profunda sobre hasta qué punto una transformación es factible.
Dice la leyenda de la sirena de Varsovia que una de estas criaturas llegó nadando por el río Vístula y decidió quedarse. Un comerciante la capturó para exhibirla, pero un joven pescador la liberó. Agradecida, la sirena prometió proteger a Varsovia y a sus habitantes. Desde entonces, se la representa con espada y escudo como símbolo de defensa, resistencia y vínculo con el río. El panorama polaco ha mirado sobre sí mismo y a su alrededor.
Figuras como Olga Tokarczuk lideran una narrativa centrada en la identidad, la historia y la reflexión social. No renuncian a la espada ni al acero, tampoco a la posibilidad de entenderse a sí mismos. Quizá todo consista en ese pequeño gesto de hacer hablar a los muertos. Escuchar lo mucho que tienen que decir. Sus fronteras están claras como cicatrices. Y aún es posible escuchar el temblor de sus costuras.
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