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Han pasado 1.418 días desde que Rusia invadió Ucrania: la guerra ya dura más que la lucha soviética contra Hitler

Han pasado 1.418 días desde que Rusia invadió Ucrania: la guerra ya dura más que la lucha soviética contra Hitler
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El 22 de junio de 1941, la Alemania nazi lanzó la Operación Barbarroja con casi cuatro millones de soldados y miles de tanques, abriendo el frente más grande de la historia. En solo unos meses el Ejército Rojo perdió millones de hombres, pero aquella guerra acabaría convirtiéndose en un pulso total: fábricas desmontadas y trasladadas al este, ciudades enteras convertidas en fortaleza y una movilización tan descomunal que aún hoy sigue siendo el eje central de la memoria rusa. La invasión a Ucrania acaba de superar en días la lucha soviética contra Hitler. Un umbral histórico. Sí, la guerra de Ucrania alcanzó el pasado 11 de enero de 2026 un hito tan simbólico como sombrío: 1.418 días de combate desde la invasión rusa, entonces exactamente la misma duración que la lucha del Ejército Rojo contra la Alemania nazi en la llamada Gran Guerra Patria, desde el 22 de junio de 1941 hasta el 9 de mayo de 1945.  La comparación es devastadora por contraste y propaganda, porque la operación que el Kremlin vendió como rápida y quirúrgica ha terminado encajándose en el calendario de la mayor guerra existencial de la historia soviética. Y además lo hace con un giro irónico que pesa toneladas: entonces la URSS peleaba contra invasores que llegaron hasta las puertas de Moscú, y ahora Moscú es el invasor, y tras casi cuatro años sigue sin cerrar el conflicto ni traducirlo en una victoria clara. En Xataka Ucrania intuía que había una superpotencia detrás de los drones kamikaze de Rusia. La sorpresa es que en realidad son dos Una guerra de desgaste. Lejos de una campaña rápida, el conflicto se ha convertido en una trituradora lenta, más parecida a una guerra de posiciones que a las ofensivas decisivas del siglo XX. Rusia ocupa cerca de una cuarta parte de Ucrania, pero su avance se describe como un progreso a ritmo de caracol, pagando cada kilómetro con tiempo, vidas y munición.  En ese sentido, hay una imagen especialmente reveladora: tras años de combate, las fuerzas rusas están más lejos de Kiev que en las primeras semanas de la invasión, cuando el golpe inicial parecía destinado a derribar al gobierno ucraniano. La guerra, incluso con intentos externos de negociación, no da señales claras de cierre, y cada mes que pasa refuerza la idea de que Moscú subestimó a Ucrania, sobreestimó su propio rendimiento y entró en un terreno donde el desgaste manda más que la maniobra. Panzer III marchando hacia Voknavolok el 1 de julio de 1941 Rusia y su tradición de guerras. La historia rusa está plagada de conflictos prolongados y de campañas que se extendieron mucho más de lo previsto, casi como si la duración fuera una constante estructural de su manera de hacer la guerra. Ahí aparecen ejemplos que dibujan un patrón: una guerra interminable en el Cáucaso que se prolongó durante más de un siglo, o una cadena de guerras con el Imperio otomano que atravesó siglos y reordenó fronteras y lealtades en el mar Negro y el este europeo.  Incluso cuando Rusia buscó “soluciones rápidas”, el resultado a menudo fue el contrario: derrotas inesperadas, victorias carísimas o empantanamientos que obligaban a sostener el esfuerzo durante años. En ese sentido, Ucrania no sería una anomalía, sino más bien otra confirmación de que el “golpe corto” en Rusia suele ser más un deseo político que una realidad militar. Cuando perder sale carísimo. Además, las derrotas rusas no se miden solo en territorios o bajas, sino en terremotos políticos. La guerra contra Japón en 1904-1905 no solo supuso un golpe militar y la humillación de una potencia europea derrotada por un rival asiático, sino que alimentó una crisis interna que desembocó en la revolución de 1905, desnudando incompetencia, erosionando moral y abriendo la puerta a una década de inestabilidad que acabaría explotando en 1917.  La idea es clara: cuando la guerra se alarga, la derrota se hace visible y el Estado pierde aura de control, el daño se filtra hacia dentro. No hace falta que el país se derrumbe de inmediato, basta con que la legitimidad se agriete y el miedo se convierta en desgaste cotidiano. En Xataka Ucrania ha llamado a un grupo de cazadores para una misión sin precedentes: evitar que los misiles rusos le congelen Afganistán como aviso. El paralelismo más moderno es Afganistán: una intervención soviética pensada para sostener un régimen aliado que acabó devorando recursos durante más de nueve años. No fue solo una derrota militar frente a insurgentes, fue un drenaje económico y moral que aceleró el declive de un sistema ya rígido, ineficiente y estancado.  La retirada de 1989 dejó un ejército desmoralizado y una sociedad cansada, y el impacto fue tan profundo que se convirtió en una de las heridas que precedieron al colapso soviético. Ese recuerdo funciona como advertencia porque muestra que, en Rusia, una guerra larga puede sobrevivir en el frente mientras se pudre por dentro, dejando una factura que se paga años después. Ucrania y el debilitamiento. La guerra en Ucrania posiblemente no provoque un colapso inmediato del Estado ruso, pero sí apunta a someterlo a una presión continua sobre economía, industria, ejército y tejido social. Incluso si no hay revolución, el desgaste opera como ácido: erosiona capacidades, empuja a improvisar soluciones, agota reservas y reduce margen de maniobra para otros desafíos.  La cifra de muertos rusos (más de 156.000) ilustra la magnitud del coste, superior al total de Afganistán pese a haber sido vendido como algo rápido y controlable. Y aunque esas pérdidas no se acercan al horror demográfico de la Gran Guerra Patria, son suficientes para que la guerra deje de ser un episodio y se convierta en una herida estructural. Golpe al prestigio. Más allá del campo de batalla, la invasión también ha dañado la imagen de Moscú como proveedor global de armamento y como potencia militar. Recordaban en Forbes la caída fuerte en sus exportaciones y un cambio simbólico: Francia adelantando a Rusia como segundo exportador mundial de armas, algo impensable hace poco. También el retroceso de programas emblemáticos por coste y rendimiento, como el T-14 Armata, y el caso del Su-57, un caza de quinta generación que no logra atraer compradores y cuya presencia operativa real parece limitada. Frente a ello, se contrapone el éxito industrial y de exportación del F-35, convertido en estándar de aliados y socios, lo que acentúa la sensación de que Rusia no solo se desgasta combatiendo, sino que sale de la guerra con menos brillo tecnológico y menos capacidad de vender su narrativa de potencia moderna. En Directo al Paladar En 1917, Dinamarca vendió unas islas a EEUU por 25 millones de dólares. Sin esclavos para recoger azúcar no eran rentables Final sin gloria. Así las cosas, la guerra en Ucrania aparece como un conflicto que podría no terminar con una derrota catastrófica para Moscú, pero tampoco con una victoria limpia que justifique el precio. Incluso en el mejor escenario ruso, lo obtenido sería territorio devastado, reconstrucción costosa y una relación aún más tóxica con gran parte de Europa, además de arsenales reducidos y prestigio recortado.  Bajo ese prisma, la palabra que flota en el ambiente podría acercarse a la de una “victoria pírrica”: ganar algo, sí, pero salir posiblemente peor que como estabas. Y esa es quizá la conclusión más cruda de estos ya más de 1.418 días: el Kremlin quiso una guerra rápida para demostrar fuerza, y ha acabado atrapado en una guerra larga que consume fuerza, paciencia de su propio sistema y una pregunta clave abierta, no sobre quién ganará, sino sobre cuánto tiempo más puede durar antes de que ese desgaste lo cambie todo. Imagen | Mstyslav Chernov, Finnish Wartime, Ministry of Defense of Ukraine  En Xataka | "¿Qué narices es eso?": la guerra en Ucrania ha entrado en su fase más demencial, drones convertidos en "Uber" de combate En Xataka | Antaño los campos de mina eran campos. En Ucrania se han convertido en ríos por obra y gracia de los enjambres de drones - La noticia Han pasado 1.418 días desde que Rusia invadió Ucrania: la guerra ya dura más que la lucha soviética contra Hitler fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .
Han pasado 1.418 días desde que Rusia invadió Ucrania: la guerra ya dura más que la lucha soviética contra Hitler

La lucha de la Unión Soviética contra la Alemania nazi duró 1418 días, desde el 22 de junio de 1941 hasta el 9 de mayo de 1945

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Miguel Jorge

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El 22 de junio de 1941, la Alemania nazi lanzó la Operación Barbarroja con casi cuatro millones de soldados y miles de tanques, abriendo el frente más grande de la historia. En solo unos meses el Ejército Rojo perdió millones de hombres, pero aquella guerra acabaría convirtiéndose en un pulso total: fábricas desmontadas y trasladadas al este, ciudades enteras convertidas en fortaleza y una movilización tan descomunal que aún hoy sigue siendo el eje central de la memoria rusa.

La invasión a Ucrania acaba de superar en días la lucha soviética contra Hitler.

Un umbral histórico. Sí, la guerra de Ucrania alcanzó el pasado 11 de enero de 2026 un hito tan simbólico como sombrío: 1.418 días de combate desde la invasión rusa, entonces exactamente la misma duración que la lucha del Ejército Rojo contra la Alemania nazi en la llamada Gran Guerra Patria, desde el 22 de junio de 1941 hasta el 9 de mayo de 1945. 

La comparación es devastadora por contraste y propaganda, porque la operación que el Kremlin vendió como rápida y quirúrgica ha terminado encajándose en el calendario de la mayor guerra existencial de la historia soviética. Y además lo hace con un giro irónico que pesa toneladas: entonces la URSS peleaba contra invasores que llegaron hasta las puertas de Moscú, y ahora Moscú es el invasor, y tras casi cuatro años sigue sin cerrar el conflicto ni traducirlo en una victoria clara.

En XatakaUcrania intuía que había una superpotencia detrás de los drones kamikaze de Rusia. La sorpresa es que en realidad son dos

Una guerra de desgaste. Lejos de una campaña rápida, el conflicto se ha convertido en una trituradora lenta, más parecida a una guerra de posiciones que a las ofensivas decisivas del siglo XX. Rusia ocupa cerca de una cuarta parte de Ucrania, pero su avance se describe como un progreso a ritmo de caracol, pagando cada kilómetro con tiempo, vidas y munición. 

En ese sentido, hay una imagen especialmente reveladora: tras años de combate, las fuerzas rusas están más lejos de Kiev que en las primeras semanas de la invasión, cuando el golpe inicial parecía destinado a derribar al gobierno ucraniano. La guerra, incluso con intentos externos de negociación, no da señales claras de cierre, y cada mes que pasa refuerza la idea de que Moscú subestimó a Ucrania, sobreestimó su propio rendimiento y entró en un terreno donde el desgaste manda más que la maniobra.

Panzer III marchando hacia Voknavolok el 1 de julio de 1941

Rusia y su tradición de guerras. La historia rusa está plagada de conflictos prolongados y de campañas que se extendieron mucho más de lo previsto, casi como si la duración fuera una constante estructural de su manera de hacer la guerra. Ahí aparecen ejemplos que dibujan un patrón: una guerra interminable en el Cáucaso que se prolongó durante más de un siglo, o una cadena de guerras con el Imperio otomano que atravesó siglos y reordenó fronteras y lealtades en el mar Negro y el este europeo. 

Incluso cuando Rusia buscó “soluciones rápidas”, el resultado a menudo fue el contrario: derrotas inesperadas, victorias carísimas o empantanamientos que obligaban a sostener el esfuerzo durante años. En ese sentido, Ucrania no sería una anomalía, sino más bien otra confirmación de que el “golpe corto” en Rusia suele ser más un deseo político que una realidad militar.

Cuando perder sale carísimo. Además, las derrotas rusas no se miden solo en territorios o bajas, sino en terremotos políticos. La guerra contra Japón en 1904-1905 no solo supuso un golpe militar y la humillación de una potencia europea derrotada por un rival asiático, sino que alimentó una crisis interna que desembocó en la revolución de 1905, desnudando incompetencia, erosionando moral y abriendo la puerta a una década de inestabilidad que acabaría explotando en 1917

La idea es clara: cuando la guerra se alarga, la derrota se hace visible y el Estado pierde aura de control, el daño se filtra hacia dentro. No hace falta que el país se derrumbe de inmediato, basta con que la legitimidad se agriete y el miedo se convierta en desgaste cotidiano.

En XatakaUcrania ha llamado a un grupo de cazadores para una misión sin precedentes: evitar que los misiles rusos le congelen

Afganistán como aviso. El paralelismo más moderno es Afganistán: una intervención soviética pensada para sostener un régimen aliado que acabó devorando recursos durante más de nueve años. No fue solo una derrota militar frente a insurgentes, fue un drenaje económico y moral que aceleró el declive de un sistema ya rígido, ineficiente y estancado. 

La retirada de 1989 dejó un ejército desmoralizado y una sociedad cansada, y el impacto fue tan profundo que se convirtió en una de las heridas que precedieron al colapso soviético. Ese recuerdo funciona como advertencia porque muestra que, en Rusia, una guerra larga puede sobrevivir en el frente mientras se pudre por dentro, dejando una factura que se paga años después.

Ucrania y el debilitamiento. La guerra en Ucrania posiblemente no provoque un colapso inmediato del Estado ruso, pero sí apunta a someterlo a una presión continua sobre economía, industria, ejército y tejido social. Incluso si no hay revolución, el desgaste opera como ácido: erosiona capacidades, empuja a improvisar soluciones, agota reservas y reduce margen de maniobra para otros desafíos. 

La cifra de muertos rusos (más de 156.000) ilustra la magnitud del coste, superior al total de Afganistán pese a haber sido vendido como algo rápido y controlable. Y aunque esas pérdidas no se acercan al horror demográfico de la Gran Guerra Patria, son suficientes para que la guerra deje de ser un episodio y se convierta en una herida estructural.

Golpe al prestigio. Más allá del campo de batalla, la invasión también ha dañado la imagen de Moscú como proveedor global de armamento y como potencia militar. Recordaban en Forbes la caída fuerte en sus exportaciones y un cambio simbólico: Francia adelantando a Rusia como segundo exportador mundial de armas, algo impensable hace poco.

También el retroceso de programas emblemáticos por coste y rendimiento, como el T-14 Armata, y el caso del Su-57, un caza de quinta generación que no logra atraer compradores y cuya presencia operativa real parece limitada. Frente a ello, se contrapone el éxito industrial y de exportación del F-35, convertido en estándar de aliados y socios, lo que acentúa la sensación de que Rusia no solo se desgasta combatiendo, sino que sale de la guerra con menos brillo tecnológico y menos capacidad de vender su narrativa de potencia moderna.

En Directo al PaladarEn 1917, Dinamarca vendió unas islas a EEUU por 25 millones de dólares. Sin esclavos para recoger azúcar no eran rentables

Final sin gloria. Así las cosas, la guerra en Ucrania aparece como un conflicto que podría no terminar con una derrota catastrófica para Moscú, pero tampoco con una victoria limpia que justifique el precio. Incluso en el mejor escenario ruso, lo obtenido sería territorio devastado, reconstrucción costosa y una relación aún más tóxica con gran parte de Europa, además de arsenales reducidos y prestigio recortado. 

Bajo ese prisma, la palabra que flota en el ambiente podría acercarse a la de una “victoria pírrica”: ganar algo, sí, pero salir posiblemente peor que como estabas. Y esa es quizá la conclusión más cruda de estos ya más de 1.418 días: el Kremlin quiso una guerra rápida para demostrar fuerza, y ha acabado atrapado en una guerra larga que consume fuerza, paciencia de su propio sistema y una pregunta clave abierta, no sobre quién ganará, sino sobre cuánto tiempo más puede durar antes de que ese desgaste lo cambie todo.

Imagen | Mstyslav Chernov, Finnish Wartime, Ministry of Defense of Ukraine 

En Xataka | "¿Qué narices es eso?": la guerra en Ucrania ha entrado en su fase más demencial, drones convertidos en "Uber" de combate

En Xataka | Antaño los campos de mina eran campos. En Ucrania se han convertido en ríos por obra y gracia de los enjambres de drones

Fuente original: Leer en Xataka
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