A primera vista, Chagos es solo un puñado de islas perfectas perdidas en mitad del Índico, demasiado pequeñas y remotas para importar a nadie. Pero precisamente esa lejanía, ese silencio y esa ausencia casi total de miradas, han convertido el archipiélago en uno de los lugares más incómodos del mapa, uno donde el paraíso y el poder llevan décadas conviviendo sin dar explicaciones.
Un paraíso tomado por la fuerza. Parte de la historia la contamos hace unos meses. En medio del océano Índico, el archipiélago de Chagos fue durante siglos un lugar olvidado, habitado por una comunidad que desarrolló su propia cultura lejos de las grandes potencias, hasta que en plena Guerra Fría el Reino Unido decidió convertirlo en una pieza estratégica global.
Para hacerlo posible, Londres separó las islas de Mauricio y, en acuerdo con Estados Unidos, expulsó de forma sistemática a toda la población local entre finales de los años sesenta y principios de los setenta, vaciando Diego García para levantar una base militar conjunta que desde entonces opera fuera del escrutinio público. Hablamos de un territorio donde la vida civil desapareció por completo.
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Aquí no entra nadie sin un arma. Desde hace más de medio siglo, Diego García es una anomalía geopolítica: una isla tropical de playas perfectas y arrecifes intactos a la que no se puede acceder sin autorización militar y donde la presencia armada es la norma.
Oficialmente administrada por el Reino Unido y alquilada a Estados Unidos, la base ha sido clave en operaciones en Oriente Medio y Asia Central, y ha estado rodeada de acusaciones persistentes sobre vuelos secretos, detenciones clandestinas y actividades que nunca han sido aclaradas del todo. Lo que ocurre dentro sigue siendo, en gran medida, un secreto de Estado compartido.
Isla de Diego García
Expulsados invisibles. Mientras la base crecía, los chagosianos quedaron atrapados en el exilio, muchos de ellos dispersos entre Mauricio y Seychelles, privados de su tierra, de compensaciones adecuadas y durante décadas incluso del derecho a regresar.
Sus pueblos quedaron engullidos por la selva, las iglesias y cementerios abandonados, y su historia fue minimizada por documentos oficiales que los describían como trabajadores temporales, no como una comunidad con raíces profundas. A día de hoy, muchos siguen muriendo sin haber vuelto a ver el lugar donde nacieron, mientras las decisiones sobre su futuro se toman sistemáticamente sin ellos.
La cesión con letra pequeña. Así y tras años de presión internacional y una contundente opinión de la Corte Internacional de Justicia, hace pocos días Londres anunció su intención de devolver la soberanía de Chagos a Mauricio, un gesto presentado como el cierre de una herida colonial con un “pero” importante de fondo.
Ocurre que el acuerdo incluye una condición clave: la base de Diego García seguiría operativa durante décadas (99 años), blindando así los intereses militares angloestadounidenses. Para muchos chagosianos, la devolución sin la isla de Diego García no es una liberación real, sino una repetición del mismo patrón bajo otro nombre.
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Así, Chagos vuelve a ser el escenario de una disputa donde el discurso del derecho internacional y la descolonización choca con la lógica de la seguridad global, confirmando la idea central que ha atravesado toda su historia: en esta isla paradisíaca no manda el paisaje ni sus antiguos habitantes, sino un silencio armado del que, todavía hoy, no se puede saber realmente qué demonios es lo que ocurre dentro.
Imagen | Anne Sheppard, NASA
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La noticia
Hay una isla paradisíaca a la que solo se entra armado. Y Reino Unido quiere "liberarla" de Estados Unidos
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Xataka
por
Miguel Jorge
.
Hay una isla paradisíaca a la que solo se entra armado. Y Reino Unido quiere "liberarla" de Estados Unidos
Chagos vuelve a ser escenario de una disputa donde el discurso del derecho internacional y la descolonización choca con la lógica de la seguridad global
A primera vista, Chagos es solo un puñado de islas perfectas perdidas en mitad del Índico, demasiado pequeñas y remotas para importar a nadie. Pero precisamente esa lejanía, ese silencio y esa ausencia casi total de miradas, han convertido el archipiélago en uno de los lugares más incómodos del mapa, uno donde el paraíso y el poder llevan décadas conviviendo sin dar explicaciones.
Un paraíso tomado por la fuerza. Parte de la historia la contamos hace unos meses. En medio del océano Índico, el archipiélago de Chagos fue durante siglos un lugar olvidado, habitado por una comunidad que desarrolló su propia cultura lejos de las grandes potencias, hasta que en plena Guerra Fría el Reino Unido decidió convertirlo en una pieza estratégica global.
Para hacerlo posible, Londres separó las islas de Mauricio y, en acuerdo con Estados Unidos, expulsó de forma sistemática a toda la población local entre finales de los años sesenta y principios de los setenta, vaciando Diego García para levantar una base militar conjunta que desde entonces opera fuera del escrutinio público. Hablamos de un territorio donde la vida civil desapareció por completo.
Aquí no entra nadie sin un arma. Desde hace más de medio siglo, Diego García es una anomalía geopolítica: una isla tropical de playas perfectas y arrecifes intactos a la que no se puede acceder sin autorización militar y donde la presencia armada es la norma.
Oficialmente administrada por el Reino Unido y alquilada a Estados Unidos, la base ha sido clave en operaciones en Oriente Medio y Asia Central, y ha estado rodeada de acusaciones persistentes sobre vuelos secretos, detenciones clandestinas y actividades que nunca han sido aclaradas del todo. Lo que ocurre dentro sigue siendo, en gran medida, un secreto de Estado compartido.
Isla de Diego García
Expulsados invisibles. Mientras la base crecía, los chagosianos quedaron atrapados en el exilio, muchos de ellos dispersos entre Mauricio y Seychelles, privados de su tierra, de compensaciones adecuadas y durante décadas incluso del derecho a regresar.
Sus pueblos quedaron engullidos por la selva, las iglesias y cementerios abandonados, y su historia fue minimizada por documentos oficiales que los describían como trabajadores temporales, no como una comunidad con raíces profundas. A día de hoy, muchos siguen muriendo sin haber vuelto a ver el lugar donde nacieron, mientras las decisiones sobre su futuro se toman sistemáticamente sin ellos.
La cesión con letra pequeña. Así y tras años de presión internacional y una contundente opinión de la Corte Internacional de Justicia, hace pocos días Londres anunció su intención de devolver la soberanía de Chagos a Mauricio, un gesto presentado como el cierre de una herida colonial con un “pero” importante de fondo.
Ocurre que el acuerdo incluye una condición clave: la base de Diego García seguiría operativa durante décadas (99 años), blindando así los intereses militares angloestadounidenses. Para muchos chagosianos, la devolución sin la isla de Diego García no es una liberación real, sino una repetición del mismo patrón bajo otro nombre.
El choque entre aliados. El último giro ha llegado cuando Estados Unidos frenó el proceso, receloso de cualquier cambio que pudiera afectar a una de sus instalaciones militares más sensibles, y provocando tensiones abiertas con el Reino Unido a la vez que devolvía las negociaciones a la casilla de salida en los despachos ya cerrados.
Así, Chagos vuelve a ser el escenario de una disputa donde el discurso del derecho internacional y la descolonización choca con la lógica de la seguridad global, confirmando la idea central que ha atravesado toda su historia: en esta isla paradisíaca no manda el paisaje ni sus antiguos habitantes, sino un silencio armado del que, todavía hoy, no se puede saber realmente qué demonios es lo que ocurre dentro.