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Juanma Moreno se dirige al portavoz de Vox durante el último pleno. manuel olmedo Política andaluza ¿Hay vía andaluza frente a Vox?Mirada periférica ·
El calendario electoral y las experiencias de Extremadura y Aragón ponen al Partido Popular ante la disyuntiva de cómo hacer frente a un fenómeno electoral que amenaza su hegemoníaSevilla
Domingo, 15 de febrero 2026, 00:19
... sus relaciones con Vox y cómo afrontarlas. Con los resultados ya sobre la mesa, el PP tiene que resolver hasta dónde ceder en unas negociaciones con un partido que aunque aunque está en franco ascenso, no representa más que la opinión del 17-18 por ciento de los ciudadanos, según ha quedado reflejado en las urnas. Suficiente para condicionar gobiernos, pero demasiado poco como para aspirar a imponer al conjunto de la sociedad su agenda ideológica radical. La necesidad o la urgencia para formar gobierno no debería ser la ventana por la que se cuelen unas ideas extremistas con las que más del 80 por ciento de los extremeños, de los aragoneses y también de los españoles no han mostrado afinidad alguna y que colisionan con los consensos sobre los que España ha construido su prosperidad durante el último medo siglo. Quien se siente a negociar con ellos debería recordarlo.El segundo misterio es doméstico y se circunscribe a las fronteras españolas: nadie sabe si Vox tiene real interés en entrar en los gobiernos de las comunidades autónomas o si a lo que realmente aspira es a estirar una negociación imposible con el objetivo desgastar al Partido Popular. A estas alturas nadie debería dudar de que el verdadero objetivo de Vox no es el de contribuir a que existe una alternativa de gobierno frente a la izquierda encabezada por el sanchismo sino a sustituir al PP como fuerza hegemónica de la derecha, como ya en su día lo intentó Ciudadanos cosechando un sonoro fracaso.
Hasta ahora, el PP ha mostrado su desconcierto moviéndose entre dos aguas. Por un lado, apostando por la mimetización, como cuando en su vergonzante declaración de Valencia de octubre del año pasado hizo concesiones al discurso de criminalización de la inmigración o cuando, mucho más recientemente, invitó a su cierre de campaña en Aragón a un agitador con tirón en la juventud que se dedica a reventar ruedas de prensa, impedir a los verdaderos periodistas que hagan su trabajo y a acosar en la vía pública a cualquiera que represente ideas contrarias a las suyas.
Por el otro, como hizo María Guardiola durante la campaña de Extremadura, enseñando sin complejos sus diferencias frente a un partido con el que el suyo puede compartir el teórico espacio común de la derecha, pero del que lo separan cuestiones fundamentales como el modelo constitucional autonómico, las convicciones europeístas o el convencimiento de que las advertencias científicas sobre la necesidad de hacer algo frente al cambio climático, que en estos días ha enseñado su cara más cruel, no forman parte de una conspiración de fuerzas ocultas.
Vox representa un porcentaje suficiente para condicionar gobiernos, pero escaso para pretender imponer su agenda radical
Las elecciones en Extremadura o Aragón, que el PP afrontó con estrategias diferentes y que arrojaron resultados similares, vinieron a confirmar que no existe fórmula que garantice un antídoto para hacer frente a esta ola disruptiva que tantas semejanzas encuentra con la que la política española experimentó a partir de 2014 con la irrupción de Podemos.
Es evidente que no existe fórmula ante este fenómeno, pero sí, a cuatro meses de las elecciones andaluzas, ya es posible intuir cómo afrontará el PP de Andalucía el desafío que se le presenta, que no es otro que volver a conseguir un resultado que le permita gobernar sin depender de un partido que hasta ahora ha mostrado alergia a comprometerse en nada que tenga que ver con la gestión.
En el Partido Popular de Andalucía existe cierta confianza en que cuando llegue el momento de acudir a las urnas la experiencia de Extremadura, de Aragón o incluso de Castilla y León, donde se vota el mes próximo, ya haya dejado en claro cuáles son las verdaderas intenciones de Vox en relación con la gobernabilidad de esas comunidades, y por lo tanto si esa formación, más allá de sus proclamas simplonas y su alergia a todo lo que viene de fuera de sus fronteras físicas o mentales tiene algo que aportar a la mejora de la vida de los ciudadanos con políticas concretas sobre la educación, la sanidad o la economía.
Es posible que para entonces la actual incógnita se haya resuelto en dos posibles direcciones: que haya quedado claro que por lo que realmente apuesta Vox es por la parálisis -y que por lo tanto los votantes decidan si es a eso a lo que quieren destinar su sufragio- o si esa fuerza ha entrado en los ejecutivos, en cuyo caso se verá qué puede aportar a un gobierno autonómico un partido que a lo que aspira es que no haya gobiernos autonómicos.
Ya lo dijo Juanma Moreno en la última sesión de control, cuando tuvo que responder al portavoz de Vox, que le reprochaba supuesta falta de previsión ante la sucesión de borrascas y lentitud en la respuesta: «Usted igual no acepta que hay cambio climático, pero el cambio climático está trayendo una serie de circunstancias y de modificaciones que evidentemente afecta también a la previsión meteorológica y al comportamiento que no lo habíamos vivido nunca», le respondió, para posteriormente advertirle de que si finalmente entran en los gobiernos autonómicos «se van a dar de bruces con la realidad y esa realidad es imparable».
Pero más allá de lo que haga Vox, también el PP deberá hacer lo suyo. La gestión que Juanma Moreno ha hecho de las dos graves crisis que tuvo que afrontar desde que comenzó el año -la tragedia ferroviaria de Adamuz y la catástrofe meteorológica de los últimos días- ha fortalecido sin dudas la imagen del presidente y es posible que en esa apuesta por la cercanía, la priorización de la búsqueda de soluciones sobre el politiqueo y la responsabilidad institucional pueda encontrarse una vía con la que hacer frente al complejo e incierto desafío que se le presenta.
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