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Hispanocracia

Hispanocracia
Artículo Completo 1,061 palabras
Resulta muy cansado permanecer siempre, alguno diría que toda la vida, en estado de promesa. Sin llegar a nada, congelados en un tiempo irreal. En esa situación, entre melancólica e ingrávida, que el formidable historiador y diplomático venezolano Germán Carrera Damas definió como el síndrome del «dominador cautivo» . En un traje que no es el nuestro, señaló, en referencia al hispanoamericano que no se aceptaba como tal, pues acarreaba la impostura de no ser moderno. Cautivo, al no llegar a ser un angloamericano del Atlántico norte , por mucho que los imitara. Dominador, porque rechazaba lo que era y apenas respiraba bajo el peso de supuestos pecados originales: africanos, indígenas, españoles. Con un optimismo admirable, otro gran pensador de España y de lo hispano, Julián Marías , escribió que «cuando se habla del mundo hispánico, no se trata solamente de la historia pretérita, sino sobre todo de la que se va a hacer». No hay nada como perder una guerra y malquistar un imperio para ponerse a hacer los deberes. De ahí que fuera la generación del 98 aquella que entró en la guerra cultural de comienzos del siglo XX y pensó en un primer 'Brexit' hispano , una suerte de enlace entre el regeneracionismo de «escuela y despensa» y una nueva posición postimperial, integradora, que tuvo valor cuando comenzó a ser intrépida. Para la década de 1920, crucial en la definición de conceptos alternativos sobre lo español y lo hispano como solución y no como problema, convivían diversas palabras con acepciones complementarias. Por un lado, estaba el «hispanismo» que, gracias a las excelentes investigaciones de Antonio Niño y otros autores que han hecho escuela, ha quedado retratado como una academia del español y sus vertientes de valor añadido.Sabemos que, más allá de la épica fundacional y la celebración de la anomalía, en universidades estadounidenses y europeas lo de afiliarse a la moda hispanista decimonónica podía obedecer a motivos tan prácticos como el hallazgo de una oportunidad de lucro. Uno de los padres del hispanismo estadounidense, George Ticknor, descubrió que podía ganarse muy bien la vida en Boston con sus libros y clases sobre literatura española . Fue lo que hizo. Por otra parte, los «hispanistas» fueron caracterizados hacia 1900 por el cultivo investigador y docente de la lengua y la literatura españolas, donde quiera que tuviera demanda. También, cada vez más, de la historia. El intento en los cincuenta de recuperar una hispanidad fue contestada por un desarrollismo pragmático en América que rechazó la herencia hispana por retardataria y ajena al nacionalismo criollo oligárquicoEn ese aluvión contradictorio aterrizó en la primera posguerra mundial el primer debate sobre la decadencia de Occidente –el libro de Oswald Spengler de este título se publicó entre 1918 y 1923, si bien llevaba tiempo preparándolo–. La reacción, entre nacionalista y vitalista, de los pensadores e intelectuales que utilizaban el español para expresarse, configuró un horizonte en ambas orillas del Atlántico de posibilidades «civilizatorias». La definición de una riqueza común, una hispanidad compartida , tuvo un fuerte arraigo popular en una era de migración masiva de los españoles hacia Cuba, Estados Unidos, Argentina y México. Lo más interesante fue que se trató de un horizonte que hoy llamaríamos «postpolítico». Atento a signos de identificación social –palabras, gestos, familia, religión, monumentalidad barroca– cotidianos y elegantes. El intento en los años cincuenta del siglo XX de recuperar esa idea de una hispanidad tangible e intangible, simbólica pero también operativa, fue contestada por un desarrollismo pragmático en América que rechazó otra vez la herencia hispana por retardataria y ajena al nacionalismo criollo oligárquico, esta vez disfrazado de tecnocracia liberal. En España, la oleada europeísta determinó un escenario aspiracional cognitivo que funcionó muy bien para varias generaciones sucesivas, desde 1978 en adelante. De ahí que se abriera paso la posibilidad de que lo español fuera, sin más, moderno y, por tanto, la literatura del catastrofismo se convirtiera en ciencia-ficción. El profesor José Varela Ortega recordó en su libro fundamental 'España, un relato de grandeza y odio', que el profesor Raymond Carr le espetó en la Universidad de Oxford que los escritos negrolegendarios eran «basura intelectual con opiniones ridículas sobre España, pensamiento desordenado, en combinación con la búsqueda de lo exótico». Quizás es tiempo ya de pensar en el valor de lo común de la hispanidad no como legado exótico, sino al modo de una Hispanocracia. Una necesidad articulada, realista, capaz , también en palabras de Carr, de «ajustar la teoría a los fenómenos» y no al revés. Para enterrar de una vez el bucle melancólico que presume la necesidad de la destrucción completa para comenzar de nuevo.

Resulta muy cansado permanecer siempre, alguno diría que toda la vida, en estado de promesa. Sin llegar a nada, congelados en un tiempo irreal. En esa situación, entre melancólica e ingrávida, que el formidable historiador y diplomático venezolano Germán Carrera Damas definió como el síndrome ... del «dominador cautivo». En un traje que no es el nuestro, señaló, en referencia al hispanoamericano que no se aceptaba como tal, pues acarreaba la impostura de no ser moderno. Cautivo, al no llegar a ser un angloamericano del Atlántico norte, por mucho que los imitara. Dominador, porque rechazaba lo que era y apenas respiraba bajo el peso de supuestos pecados originales: africanos, indígenas, españoles.

Con un optimismo admirable, otro gran pensador de España y de lo hispano, Julián Marías, escribió que «cuando se habla del mundo hispánico, no se trata solamente de la historia pretérita, sino sobre todo de la que se va a hacer». No hay nada como perder una guerra y malquistar un imperio para ponerse a hacer los deberes.

De ahí que fuera la generación del 98 aquella que entró en la guerra cultural de comienzos del siglo XX y pensó en un primer 'Brexit' hispano, una suerte de enlace entre el regeneracionismo de «escuela y despensa» y una nueva posición postimperial, integradora, que tuvo valor cuando comenzó a ser intrépida.

Para la década de 1920, crucial en la definición de conceptos alternativos sobre lo español y lo hispano como solución y no como problema, convivían diversas palabras con acepciones complementarias. Por un lado, estaba el «hispanismo» que, gracias a las excelentes investigaciones de Antonio Niño y otros autores que han hecho escuela, ha quedado retratado como una academia del español y sus vertientes de valor añadido.

Sabemos que, más allá de la épica fundacional y la celebración de la anomalía, en universidades estadounidenses y europeas lo de afiliarse a la moda hispanista decimonónica podía obedecer a motivos tan prácticos como el hallazgo de una oportunidad de lucro. Uno de los padres del hispanismo estadounidense, George Ticknor, descubrió que podía ganarse muy bien la vida en Boston con sus libros y clases sobre literatura española. Fue lo que hizo. Por otra parte, los «hispanistas» fueron caracterizados hacia 1900 por el cultivo investigador y docente de la lengua y la literatura españolas, donde quiera que tuviera demanda. También, cada vez más, de la historia.

El intento en los cincuenta de recuperar una hispanidad fue contestada por un desarrollismo pragmático en América que rechazó la herencia hispana por retardataria y ajena al nacionalismo criollo oligárquico

En ese aluvión contradictorio aterrizó en la primera posguerra mundial el primer debate sobre la decadencia de Occidente –el libro de Oswald Spengler de este título se publicó entre 1918 y 1923, si bien llevaba tiempo preparándolo–. La reacción, entre nacionalista y vitalista, de los pensadores e intelectuales que utilizaban el español para expresarse, configuró un horizonte en ambas orillas del Atlántico de posibilidades «civilizatorias». La definición de una riqueza común, una hispanidad compartida, tuvo un fuerte arraigo popular en una era de migración masiva de los españoles hacia Cuba, Estados Unidos, Argentina y México.

Lo más interesante fue que se trató de un horizonte que hoy llamaríamos «postpolítico». Atento a signos de identificación social –palabras, gestos, familia, religión, monumentalidad barroca– cotidianos y elegantes. El intento en los años cincuenta del siglo XX de recuperar esa idea de una hispanidad tangible e intangible, simbólica pero también operativa, fue contestada por un desarrollismo pragmático en América que rechazó otra vez la herencia hispana por retardataria y ajena al nacionalismo criollo oligárquico, esta vez disfrazado de tecnocracia liberal.

En España, la oleada europeísta determinó un escenario aspiracional cognitivo que funcionó muy bien para varias generaciones sucesivas, desde 1978 en adelante. De ahí que se abriera paso la posibilidad de que lo español fuera, sin más, moderno y, por tanto, la literatura del catastrofismo se convirtiera en ciencia-ficción. El profesor José Varela Ortega recordó en su libro fundamental 'España, un relato de grandeza y odio', que el profesor Raymond Carr le espetó en la Universidad de Oxford que los escritos negrolegendarios eran «basura intelectual con opiniones ridículas sobre España, pensamiento desordenado, en combinación con la búsqueda de lo exótico».

Quizás es tiempo ya de pensar en el valor de lo común de la hispanidad no como legado exótico, sino al modo de una Hispanocracia. Una necesidad articulada, realista, capaz, también en palabras de Carr, de «ajustar la teoría a los fenómenos» y no al revés. Para enterrar de una vez el bucle melancólico que presume la necesidad de la destrucción completa para comenzar de nuevo.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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