La última de verano
Historias de monjasEl culebrón conventual de Belorado supera con creces cualquier 'reality'
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Regala esta noticia Añádenos en Google Cinco monjas rebeldes junto a su abogada en Bilbao. (Luis Ángel Gómez) 30/07/2026 Actualizado a las 00:02h.Hay monjas que pasan más tiempo declarando en los juzgados que rezando. Lo hará, si Dios y la justicia quieren, una tal Marimí, la madre ... superiora de las Hijas del Amor Misericordioso (HAM) acusada de abusar sexual y emocionalmente de hombres y mujeres que formaban parte de esta asociación, clausurada esta semana por la archidiócesis de Madrid. Y lo han vuelto a hacer las monjas de Belorado. Las veo llegar y parecen las Redentoras Humilladas de 'Entre tinieblas'. Me imagino a Chus Lampreave declarando ante la jueza y me entra la risa. Pero la realidad no tiene ninguna gracia: están imputadas por el abandono de cinco monjas ancianas, por coacciones y por quedarse con sus pensiones. También por la venta de obras de arte, que el voto de pobreza se lo han pasado por el cíngulo. Aunque eso casi parece un pecado venial comparado con el presunto trato que habrían dado a las religiosas mayores, mantenidas en condiciones infrahumanas. Debieron de olvidar aquello de que el cuerpo es un templo. No solo el propio, también el ajeno.
Alrededor, una descacharrante galería de personajes secundarios. Cómo olvidar al portavoz de las hermanas, aquel tipo que había sido coctelero antes de ser ordenado sacerdote por el falso obispo Pablo de Rojas. A este último, Isabel Urrutia le hizo una entrevista alucinante, publicada en El Correo en 2008: vivía en un piso de casi 300 metros cuadrados en el centro de Bilbao, hablaba en plural mayestático y no reconocía a ningún papa posterior al Concilio Vaticano II. Relata Urrutia lo que le sucedió antes de hablar con él: «[…] en ese preciso instante algo se cierne sobre mi cabeza. Confusa, me giro y compruebo que la doncella me ha puesto una mantilla y, con mucho cuidado, se las está arreglando para que no me asome ni un mechón de pelo». Eso sí que es sacrificarse por la profesión.
Los hombres de esta historia me repelen. También las mujeres, que por algo la Fiscalía les pide doce años de cárcel. Pero no puedo evitar un pellizco de ternura. Supongo que catorce años en un colegio de monjas me han dejado huella. Para bien, la mayor parte de las veces; para mal, alguna que otra. A la hermana que nos daba pretecnología (costura, vamos, que mientras los críos hacían maquetas y circuitos eléctricos, nosotras aprendíamos a bordar, a coser, a hacer vainica, punto y ganchillo) le teníamos un miedo cerval; tanto que una noche me levanté en sueños y, aterrorizada, me puse a buscar una aguja por el suelo mientras gritaba: «¡Hermana, ya voy, ya voy!». Todavía hoy tengo pesadillas.
Quizá por eso solo quise ser un poco monja. Por eso y porque, aunque nunca fui del todo inmune a la belleza del recogimiento, lo era menos aún a la de Clint Eastwood: en el fondo, la religiosa que llevaba dentro era Shirley MacLaine en 'Dos mulas y una mujer'. Por cierto, que me he pasado tres días buscando una modista para que me arregle unos pantalones y no encuentro ninguna por el barrio. Más me valdría haber aprendido a coser como Dios manda.
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