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"Hitler no podría mejora lo Kenia": la historia violenta de la colonización del Imperio británico

"Hitler no podría mejora lo Kenia": la historia violenta de la colonización del Imperio británico
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Caroline Elkins dedica un clarividente estudio al colonialismo británico y el uso de recursos violentos y coercitivos. El imperio llegó a abarcar una cuarta parte de la superficie terrestre. Más información: Ceuta y Melilla, un debate histórico sepultado por la voluntad abrumadora de sus habitantes: ser españoles

Anónimo: Armada de la Compañía de las Indias Orientales. CC

Historia "Hitler no podría mejora lo Kenia": la historia violenta de la colonización del Imperio británico

Caroline Elkins dedica un clarividente estudio al colonialismo británico y el uso de recursos violentos y coercitivos.

El imperio llegó a abarcar una cuarta parte de la superficie terrestre.

Más información:Ceuta y Melilla, un debate histórico sepultado por la voluntad abrumadora de sus habitantes: ser españoles

Publicada 30 agosto 2026 01:55h

Que el título elegido por Caroline Elkins (1969) para su historia del Imperio británico sea Legado de violencia (Edhasa) da una pista elocuente de lo que el lector se va a encontrar. Un imperio (el mayor que el mundo haya conocido) que “nació del conflicto, y también es conflictivo enfrentarse a su historia”.

Ella sigue el rastro de la violencia (orígenes, instituciones, prácticas y efectos sobre cientos de millones de personas en los siglos XIX y XX), que se entrelaza con el liberalismo, la ley y la construcción del relato histórico para forjar un legado que se proyecta en el mundo contemporáneo.

Una misión civilizadora que incluía en su médula la brutalidad. La coerción legitimada en un proceso que llevaría al “triunfo evolutivo de la modernidad”.

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En las estructuras y sistemas de dominio británico, la violencia (sobre “cuerpos, mentes, almas, culturas, paisajes, comunidades e historias”) fue un elemento endémico. Políticos, militares, estadistas, filósofos, científicos, juristas, escritores, pacifistas, rebeldes y funcionarios forman parte de esta historia relatada por Elkins con una ambición y una clarividencia admirables.

Violencia y ley que se consolidaron en las crisis de legitimidad imperial, que no restaron fuerza a la ideología del “imperialismo liberal”. Durante 200 años, las preguntas sobre la violencia imperial y la rendición de cuentas han acosado a los gobiernos británicos, y así la historia de Elkins comienza con el juicio político a Warren Hastings a finales del siglo XVIII, que hizo al Parlamento debatir sobre la corrupción y la asunción de responsabilidades en la India.

La acusación la dirigió Edmund Burke, crítico con los excesos de la Compañía de las Indias Orientales. Hastings fue absuelto, pero este suceso activó las discusiones acerca de la legitimidad del imperio (que un siglo después, en la era victoriana, abarcaría casi una cuarta parte del globo) y la responsabilidad de Gran Bretaña sobre los pueblos y territorios sometidos.

Un elemento resultó clave, en términos unificadores, en tan formidable expansión: la creciente “coherencia ideológica”, arraigada en el ideal imperial liberal. John Stuart Mill apoyó con sus textos la “narrativa del desarrollo humano” vinculada a la misión civilizadora británica.

Portada de 'Legado de violencia' Edhasa

Elkins, profesora de Historia y de Estudios Africanos y Afroamericanos de la Universidad de Oxford, repara en el concepto de “ilegalidad legalizada”: la violencia colonial que producía leyes que amparaban actos de coerción y suspensión de las garantías judiciales. En Londres se generaban debates (llevados al límite tras las insurrecciones en la India y en Jamaica) sobre la necesidad/legitimidad de la violencia del Estado.

El imperialismo liberal era a la vez reformista y coercitivo. Contradicciones y complejidades que interesaron a intelectuales y escritores como Robert Louis Stevenson, que plantea con sus célebres Jekyll y Hyde un caso de conciencia escindida y torturada. A finales del XIX el imperio es concebido como una empresa patriótica totalizadora, una fe nacional.

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Aparece entonces un joven soldado y cronista llamado Winston Churchill, que estuvo en la India, Sudán y Sudáfrica, donde los intereses británicos chocan con los intransigentes afrikáneres. La segunda guerra bóer fue larga y costosa y dividió a la nación. Los medios intentaban reforzar la moral del pueblo.

Churchill fue testigo de las matanzas de las fuerzas británicas, que también envenenaron pozos y confinaron en campos de concentración a mujeres y niños (procedimiento ensayado en las décadas anteriores en la India).

John Henry Frederick Bacon: 'La liberación de Ladysmith. Sir George White saluda al mayor Hubert Gough el 28 de febrero de 1900'. CC

Durante la guerra, y después, Gran Bretaña “sacrificó su supuesta protección paternalista de los negros sudafricanos en aras de la conveniencia económica y el prejuicio racial”. Los ataques a la población civil inauguraron formas de guerra propias del siglo XX, a lo largo del cual fueron evolucionando los aspectos doctrinales y las políticas del imperialismo liberal.

La capacidad del imperio para destruir mientras aparentaba reformar, sentencia la historiadora, “fue extraordinaria”. En la institucionalización de la dialéctica coerción/reforma resultó fundamental la Primera Guerra Mundial (que “fue también una guerra imperial”). Lloyd George se rodeó en su Gobierno de hombres forjados en el imperio. La cuestión irlandesa genera amargura y división, y la represión británica aviva las llamas del nacionalismo.

Tras la Gran Guerra, el Imperio británico multiplica sus obligaciones y alcanza su máxima extensión. Se vienen tiempos difíciles, en los que los conflictos en la India, Irlanda, Palestina y otros lugares provocarán la convergencia de tácticas militares y policiales de carácter represivo con leyes restrictivas. Crisis imperiales en las que también hubo “castigos artísticos”, en definición del capitán A. C. Doveton.

La violencia estatal alcanza “un punto crucial de maduración” en Palestina y otras partes del imperio, y se despliega “con una forma y un alcance sin precedentes” cuando los árabes palestinos dirigen las armas directamente contra los soldados de su majestad.

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En la Revuelta Árabe cristalizan décadas de “ilegalidad legalizada” en una serie de poderes de emergencia que se convertirán en modelo para futuras campañas contrainsurgentes. Las Escuadras Nocturnas Especiales, con sus ataques sorpresivos, dejaron “una huella indeleble en Palestina”. Redadas punitivas, torturas, ejecuciones sumarias, destrucción de aldeas. Los “excesos” británicos.

Para Gran Bretaña, el imperio “regresó a casa” (con las técnicas de interrogación, entre otras cuestiones) durante la Segunda Guerra Mundial, en la que se impuso un desafío perentorio y de dimensión histórica: la derrota del fascismo. El imperio, con unos recursos humanos asombrosos, “moldeó y reflejó” el esfuerzo bélico de la nación.

Mohandas Gandhi, durante la marcha de la paz en 1930. Everet Collection

La maquinaria propagandística británica difundió su mensaje por todo el mundo: un paquete de nacionalismo imperial para consumo masivo. Algunos súbditos coloniales no se quedaron callados y promulgaron que el Imperio británico era un sistema de violencia, “un proyecto imperial-fascista”. Interpelaban a las élites intelectuales del imperio. Jomo Kenyatta escribió un artículo de prensa titulado “Hitler no podría mejorar lo de Kenia”.

La fe imperial también experimenta quiebras. Por ejemplo, con la caída de Singapur. El punto de vista oficial era que el imperio seguiría igual después de la guerra. El laborismo llega al poder, los efectos de la conflagración dejan al descubierto grietas en la coraza imperial, la debilidad financiera de Gran Bretaña es dramática, el mundo es distinto. India y Palestina están al borde del estallido de violencia anticolonial y conflictos civiles.

Las nuevas políticas de resurgimiento imperial incrementan la represión. El MI5 desarrolla operaciones para sofocar los movimientos nacionalistas. Más que nunca, afirma Elkins, el Gobierno británico necesitaba recurrir a la violencia imperial: por motivos económicos y para asentar su lugar en el nuevo orden mundial.

La independencia (y partición) de la India, en agosto de 1947, pone fin a casi dos siglos de dominio colonial británico. Churchill ataca sin piedad al Gobierno laborista, que asegura que no hay un plan de liberación generalizada para el resto del imperio. Pocos meses después, Gandhi es asesinado por un nacionalista hindú radical. La situación en Palestina se complica y George Orwell, crítico feroz del imperialismo, publica su novela 1984 poco antes de morir. En plena reconstrucción de posguerra, Gran Bretaña está exhausta.

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El Comité Especial de las Naciones Unidas para Palestina acelera los términos de salida británicos. Fin del Mandato y partición del territorio, con consecuencias que llegan hasta hoy. Una sensación creciente (y para muchos “humillante”) de declive imperial, con otro foco conflictivo en Malasia. La ONU aprueba la Declaración Universal de los Derechos Humanos, a la que seguirá la Convención Europea de Derechos Humanos.

Mientras la Malasia colonial vive sus últimos días, en Kenia (donde agentes imperiales “cometieron crímenes atroces en defensa del dominio británico”) se despliega “otro tipo de destrucción sistemática”: la de los campos de detención. Aquí la guerra anticolonial fue también una guerra civil. En Malasia y Kenia, el castigo colectivo, según el Ministerio de Guerra, era tanto “inevitable” como “una necesidad”.

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La crisis de Suez marca el fin del intento británico de mantener su estatus de superpotencia. Prosiguen las insurgencias coloniales (Chipre se independiza en 1960, y en los años siguientes se produce una oleada que acaba con buena parte de lo que quedaba del imperio) y la expansión del derecho internacional humanitario. La Operación Legado fue un proceso de depuración documental.

En Kenia y otras excolonias, Gran Bretaña mantuvo bases militares. En diciembre de 1971 volvió a ser acusada de violar el derecho internacional, esta vez en Irlanda del Norte.

La idea del imperialismo liberal sigue teniendo fuerza hoy en día. En el referéndum del Brexit de 2016, los defensores de la salida invocaron el “pasado mitificado” de Gran Bretaña (se manifestó en este proceso “el fantasma de la excepcionalidad imperial”) y señalaron los elementos que, según ellos, socavaban los valores de la nación (integración europea, apertura de fronteras a los inmigrantes del continente…).

La Foreign and Commonwealth Office promovió un “Imperio 2.0”. Y en su defensa de una Gran Bretaña global, Boris Johnson recordó a la nación algo que Churchill dijo: “Los imperios del futuro serán imperios de la mente”.

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