Es muy significativo que Sánchez presentara su nuevo artefacto digital contra la "Huella del Odio" y lo bautizara con el tosco acrónimo de "Hodio" precisamente el 11-M.
Veintidós años después de la masacre de Madrid seguimos sin saber qué explosivo estalló en los trenes, qué personas colocaron las bombas y quienes les ordenaron hacerlo. La sentencia no aclara nada de eso.
Pero mientras un probable inocente se pudre en prisión por el testimonio de las dos rumanas que cobraron tras reconocerle, los gobiernos del PSOE, beneficiarios del subsiguiente vuelco político, siguen tildando de "conspiranoicos" a quienes cuestionan intelectualmente la versión oficial.
A partir de ahora podrán perseguirles también como "hodiadores". ¿Pero por qué la hache?
Jardiel Poncela publicó hace ya casi un siglo "Amor se escribe sin hache". La sátira impregnaba su primera novela importante. Empezando por el título.
Su tesis era que la hache, muda y solemne como una especie de macero plantado en un pórtico, daba paso a cosas trascendentes como la Historia, la humanidad, el honor, la honradez, los hijos, el hogar, el heroísmo, la hondura, la humildad, el humor, la harina, los huevos o el Hacedor Supremo.
En cambio, el amor era algo personal, íntimo, ora profundo, ora trivial, que no precisaba del adorno de ese silencioso chambelán con forma de reja o de silla con respaldo de diseño nórdico.
Por eso amor se escribe sin hache. Para que ningún guiri pueda pronunciar "jamor" y termine confundiéndolo con jamón.
Otro tanto cabe decir del odio, "esa tristeza acompañada de la idea de una causa externa", como lo definía Spinoza. Es algo tan subjetivo y recóndito que no necesita de grafismo ornamental alguno para sacarlo de la cueva del corazón.
“Hodio” en las venas: por qué Sánchez cree que la ortografía es de derechas Javier Muñoz.
Porque si se trata de dar publicidad a las taras morales del poder ya tenemos suficiente con la hipocresía, el horror, el histrionismo, el humo o la hipérbole que tanto abundan en Moncloa.
Una hache puesta donde no debe estar, nunca puede considerarse inane. Sólo un analfabeto la colocaría por error como un pegote.
¿Para qué la hache? Podría tener un propósito paradójico, incluso adversativo. Y pongo un ejemplo que me resulta bien cercano. El título de la segunda novela de Cruz Sánchez de Lara: "Maldito hamor".
Cualquiera que la lea se dará cuenta de que en realidad significa "Maldito Henry", en alusión al personaje que transforma una relación amorosa en una peligrosa patología basada en la dependencia.
Si es con hache de Henry no puede ser amor, nos advierte la autora. Será más bien autoengaño. Y detrás de cada esquina puede haber un Henry o una Henry.
Pero lo que pretende Sánchez al poner en marcha su proyecto "Hodio" es exactamente lo opuesto. No intenta avisar, mediante una herejía ortográfica provocadora, de algo contradictorio que nos obliga a pensar.
Esa hache mayúscula más bien trata de magnificar y estigmatizar una corriente de opinión, elevándola a la categoría de problema de Estado. De proclamar que hay odios veniales y "Hodios" mortales que deben ser perseguibles como delitos por su Stasi digital.
Algo así como lo del colesterol bueno y el colesterol malo.
Señoras y señores, ya nada es inmune a la polarización del sanchismo. A partir de ahora, existe un odio saludable que es la repulsión natural que produce la derecha y un "Hodio" vil e infecto que es el que busca deshumanizar al presidente, su familia, sus ministros, su partido y sus socios de extrema izquierda.
Pero lo que pretende Sánchez al poner en marcha su proyecto "Hodio" es (...) magnificar y estigmatizar una corriente de opinión, elevándola a la categoría de problema de Estado.
Por eso subrayó el propio Sánchez en la presentación de su iniciativa de patrullaje policial de las redes que, "en la España de hoy el uso del odio es totalmente asimétrico".
Y añadió: "Les hablo desde la propia experiencia".
***
Ahí le aprieta el zapato. Sánchez ha convertido su peripecia personal, es decir la carrera de obstáculos hacia la satisfacción de su insaciable sed de poder, en el único eje intelectual e ideológico de su acción política.
Todo pasa por él. Sólo importa lo que le afecte a él. Llamar a "reventar a la derecha", tildar a alguien de "saco de mierda", imprecar como "fascista" al diferente o tratar de linchar a un periodista pueden ser expansiones censurables de ese odio sano a la derecha. Excesos comprensibles que hay que reprender como se riñe a un adolescente.
En cambio, los abucheos e insultos que reciben al presidente allí donde llega, el palo que voló en sus inmediaciones en Paiporta o el ensañamiento contra el pelele con su efigie eso ya son palabras mayores que requieren de un vocablo mayor.
Así es como hemos dado con la definición del nuevo engendro lingüístico. "Hodio es el odio que se dirige contra Sánchez".
O visto de otra manera, todo pequeño ajolote, renacuajo o salamandra se convierte en caimán, cocodrilo o yacaré cuando le enseña los dientes a él.
Perdón, a ÉL. Al "superhéroe de la democracia" que adora prosternada la pobre Ana Redondo.
Entre las muchas sentencias de Séneca hay una que resuena con especial vigencia: "El primer arte que deben aprender los que aspiran al poder es el de ser capaces de soportar el odio".
En eso consiste el estoicismo, el sentido de la contención del gobernante, el buen talante, la conciencia de la desigualdad de armas de la que nunca debe abusar el poderoso.
Suárez soportó el odio de los militares golpistas. González el de los que a izquierda y derecha detestaban su crudo pragmatismo. Aznar el de los que intentaron asesinarle y el de los que le llamaron asesino. Zapatero el de los que creían que estaba destruyendo la nación y la familia. Rajoy el del que le dio un puñetazo en el rostro.
Entre las muchas sentencias de Séneca hay una que resuena con especial vigencia: "El primer arte que deben aprender los que aspiran al poder es el de ser capaces de soportar el odio".
Es verdad que González hizo de cada disidencia un órdago y pasó del "quien me echa un pulso lo pierde" a instigar y encubrir graves delitos. Pero ni siquiera él convirtió la confrontación en polarización y la polarización en competencia de odios.
La España de los dos arrieros sólo ha vuelto de la mano de Sánchez. Como director, actor principal y productor ejecutivo.
Él es el gran culpable de que estemos donde estamos. A un paso de que la parrilla de TVE, entre la entrevista diaria a Oscar I u Oscar II y lo de Eva no sé qué, incluya los Dos Minutos del Odio contra el "Hodio".
En la hache está la "asimetría".
***
Todas sus feromonas se desquiciaron cuando, tras el canje de la investidura por la amnistía, emergieron los escándalos que afectaban a su mujer, a su hermano y a sus tres compañeros del falso Peugeot.
En lugar de investigaciones, rectificaciones y regulaciones, recurrió al fuego a discreción. Contra la "máquina del fango", contra la "fachosfera", contra los "pseudomedios", contra los "señores de los puros", contra el lawfare judicial, contra el lobby de las nucleares, contra los "tecnoligarcas" y por supuesto contra la "extrema derecha" y la "derecha extrema".
Ahora se trata de amalgamarlos como "hodiadores" para ponerlos ante el pelotón de fusilamiento delante del muro que simboliza su proyecto político.
Sargentos de armas no le faltan. Sólo en Moncloa tiene 700 en primer tiempo de saluda. En los medios públicos y concertados, otros tantos sicofantes con la pólvora siempre cargada.
Orwell describió con precisión profética el ritual de los Dos Minutos del Odio: "A los treinta segundos no hacía falta fingir. Un éxtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar de aplastar con un martillo, parecía recorrer a todos los presentes como una corriente eléctrica convirtiéndole a uno, incluso contra su voluntad, en un loco gesticulador y vociferante".
Aquello no procedía de un impulso ciego, sino de un desarrollo estratégico fríamente planeado y por eso mismo implacable y devastador. Como el de Yago, como el de Medea pero al servicio del Gobierno.
La transición del odio como pasión individual al odio como herramienta política constituye uno de los pasajes más sombríos de la Historia de la Humanidad.
Los totalitarismos del siglo XX perfeccionaron la técnica de las guerras de religión hasta convertir el odio en un deber patriótico. Sólo quedaba el paso de interiorizar la destrucción del adversario como acto de legítima defensa.
Si las personas pueden aprender a odiar, basta con que haya quienes les enseñen a odiar. "Basta —como decía Hanna Arendt con que el sistema funcione y los individuos renuncien a pensar".
Por eso "las personas que no se someten son las que marcan la diferencia". ¿Cuántas quedan en España?
Sánchez cerró anteayer la campaña de Castilla y León bajo una enorme bandera rojigualda. Como si volviera a sus orígenes.
Como si no llevara ocho años favoreciendo a los partidos separatistas de los que depende. Como si no mirara para otro lado cada vez que sus cachorros queman, desgarran o embadurnan esa misma enseña nacional que a él le sirve de atrezo.
Los totalitarismos del siglo XX perfeccionaron la técnica de las guerras de religión hasta convertir el odio en un deber patriótico. Sólo quedaba el paso de interiorizar la destrucción del adversario como acto de legítima defensa.
El neolenguaje ha generado ya la neopolítica. Se vela por la unidad de España, fomentando su división. Se combate el odio, inoculándolo. Se defiende la democracia, erosionándola. Se protege la convivencia, envenenándola. Y, por supuesto, se persigue y se mide la polarización, polarizando.
***
¿Pero por qué hacerlo con hache? ¿Qué necesidad había de meternos en ese Callejón del Gato de la aberración ortográfica?
A fin de cuentas, el antecedente peronista que ha inspirado a Sánchez se llamaba "Nodio", fundiendo el odio con su negación. En este remake perfeccionado no se atisba esa utilidad. Ni siquiera se ha añadido una tilde para que al menos los turistas pudieran decir que en España existe un "Jodío odio".
La única explicación verosímil es que, de manera consciente o subconsciente, Sánchez considera que la corrección ortográfica forma parte de las costumbres rancias de una derecha que se aferra al pasado.
Igual que ir a misa, distinguir el género masculino del femenino o leer a los clásicos.
Conformarse con escribir odio sin hache sería desde esta cosmovisión una concesión al academicismo reaccionario, un sometimiento a la RAE, esa institución de "señoros" que seguramente votan al PP.
Ponerle la "hache", como lo harían —es un decir— La Pija y la Quinqui, pretende convertirse en un acto de rebeldía. O, si se quiere, de "okupación" de la casa del idioma escriturada por los fondos buitre del capitalismo.
La hache de "Hodio" no es licencia poética ni hallazgo creativo. Es un acto de fuerza del mismo corte autocrático y opresor que la colonización de las más diversas instituciones.
Porque si los lectores dejan de distinguir entre odio y "hodio", entre lo cierto y lo inventado, pronto los electores terminarán aceptando que se presente como "herramienta de transparencia" lo que no es sino un sistema opaco de vigilancia policial de las redes.
Y a que sea el propio Gobierno quien fije caprichosamente unas fronteras de lo socialmente tolerable distintas a las del Código Penal.
Porque en manos de Sánchez la hache no es muda. La hache es un hacha con la que seguir partiendo la leña y separándola en dos cestos. De un lado los que quieren conservar el legado constitucional de la transición. Del otro los que, con él a la cabeza, pretenden destruirlo para perpetuarse en el poder.