Convencido de que en periodismo conviene bajar a la calle a comprobar las cosas, cuando entendí el propósito de HODIO -herramienta para monitorizar y castigar el odio en redes sociales y demás espacios de difusión-, me eché escaleras abajo (en el edificio no gozamos de ascensor) y fui a pie hasta la Plaza de Canalejas a comprar una caja de caramelos de violeta, los mejores. Una excusa como otra cualquiera para ir en busca del odio en las calles, que no son las redes. Con serena alegría puedo decir que a las 12.37, mientras atravesaba la Puerta del Sol, la gente resolvía con serenidad sus asuntos. No encontré rastro de odio ni al hacer el camino de vuelta por la ruta larga, que incluye atravesar la Plaza Mayor. Nada.
Pedro Sánchez avala este instrumento desarrollado por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Y participa en también el primer Foro sobre el Odio. Muy a favor de penalizar acosos, amenazas de muerte, hostigamientos, cazas de brujas, persecuciones y otros alpinismos violentos de este tiempo feo. Pero ¿Foros del Odio? Arrea.
Como declaró en un poema Rosalía de Castro: "Yo no he nacido para odiar, sin duda". Quizá por eso no entiendo. Acumulo manías, desafectos, indiferencias, pero odiar exige una inversión de tiempo y ánimo considerable. Desconozco si en España, a bulto, se odia mucho. La politiquería ha organizado alrededor de este sentimiento lastimado una factoría y hasta un comercio. En plataformas como YouTube, X, TikTok o Instagram se desmelenan los odiadores, se ponen muy Tómbola. Pero es en las gradas de la política donde se cuece lo peor en este sentido.
Como algunas veces entro al Congreso y al Senado por ver si cazo para escribir después, los he visto en su olla a fuego fuerte. También a periodistas haciendo el juego, a infiltrados atosigando con un micrófono insidioso, a mercenarios de plató que se cargan de razones a sueldo, a gente dispuesta a ganar dinero de cualquier manera. El odio permea bien, pero no es de ahora. Este Gobierno lo renta muy bien. Y sabe cómo manejar los aparejos para acumular una mínima presencia de inductor y de víctima a la vez, según convenga. Pero hay equipos políticos (y alrededores) aún más profesionales. Vox, por ejemplo.
El odio, como el ajo, es un condimento dominante. Por eso tiene interés el tiroriro de HODIO. A ver a dónde llega y con qué eficacia. A lo mejor bajando el registro tonal de algunas tertulias -o subir su aporte intelectual- se habrían ahorrado algo de la pasta del invento. Es un momento tan bajuno que hasta del odio se bebe a morro.
No tengo mucha experiencia en odios, más allá de conocer algunas películas sobre el asunto, unas cuantas novelas y algunos poemas (de Baudelaire a Wislawa Szymborska). En cualquier rincón peninsular hay quien lo padece muy en serio y hay quien lo amortiza sin rubor. El odio anónimo es el peor, de asqueroso que es, pues exige sobrevivir contra una vastedad de sombras cobardes. Éste no se concreta en unas siglas ni en un rostro y eso añade al miedo un temblor de indecisión. Pero que desde la política española -Gobierno, nacionalistas, derechas, ultraderechas y demás coro- señalen el odio como problema... La grey política trabaja a su favor (de una manera u otra) desde las traseras del cinismo. Hay un odio fascista muy mal recamado y hay un odio victimista muy mal desplegado. Es un gran negocio electoral. "Ese odio que se enseña y que se aprende" (Antonio Colinas).
Dudo mucho que HODIO, el instrumento, proteja de nada. Nace como fingido, pues lo que vende en esta hora de España es el odio. Y el odio es también lo que excita. Hay quien vota por odio antes que por convicción. Cómo perder ese caladero formidable donde la entraña manda. El odio contamina. Es una atmósfera. Para sus mercaderes se trata vender sed a precio de agua.
El antídoto es la educación y una cierta distancia del fango, y no aceptar lo irremediable. Demasiada gente en el negocio y la democracia está contaminada de ese olor fuerte. Porque el odio huele y levanta la voz y hace un ruido de náusea. Si hay a quien le jode hasta que entierres con cariño a un amigo, qué más queremos.