GP Hungría
Hungría o la hora de comprobar si el milagro de Aston Martin existe o era otra promesa de despachoEl ratonero Hungaroring recibe este fin de semana las esperadas evoluciones del monoplaza de Fernando Alonso, aunque no serán definitivas para salir del pozo
Regala esta noticia Añádenos en Google Fernando Alonso en su Aston Martin. (EFE)David Sánchez de Castro
23/07/2026 a las 12:20h.Se acabó la tregua, se agotaron las excusas y expiró el crédito de la paciencia. La Fórmula 1 desembarca este fin de semana en el ... Gran Premio de Hungría con una atmósfera de examen final, de los que no admiten revisiones en septiembre ni paños calientes en el garaje de Aston Martin. El ambiente no es de fiesta, aunque a Alonso se le ponga una sonrisa cuando le hablan de fútbol, y tampoco de optimismo desbordado, sino de una tensión contenida.
Llegar a este punto ha exigido vaciar la copa del sufrimiento hasta la última gota. Solo hace unos días, en las densas y frías colinas de Spa-Francorchamps, Fernando Alonso firmó una paupérrima última posición. Un farolillo rojo indigno para todo un bicampeón del mundo que, más que competir, se dedicó a cumplir con el papel de probador de lujo a más de trescientos kilómetros por hora, sustituyendo componentes del sistema eléctrico, encajando sanciones y recopilando datos de un monoplaza en evidente estado de defunción. Bélgica fue la firma y el certificado oficial de defunción de un concepto aerodinámico que jamás funcionó y de un motor mal hecho sin paliativos, el fondo del abismo tras una primera mitad de campeonato convertida en un auténtico lodazal de frustraciones. Spa tenía que ser, por salud mental y por pura lógica deportiva, la última estación de un vía crucis insostenible.
En Spa-Francorchamps Fernando Alonso firmó una paupérrima última posición indigna para todo un bicampeón del mundo.
El propio Alonso se encargó de rebajar cualquier atisbo de triunfalismo o de fuegos artificiales al bajarse del coche en las Ardenas. Con el pragmatismo estoico que le caracteriza cuando la realidad escuece, el asturiano dejó claro que la época de los cantos de sirena en los despachos de Silverstone ha terminado. Las palabras no suman puntos el domingo, venía a condensar el ovetense. En Hungría no se busca un podio milagroso nacido de la nada; se busca, simple y llanamente, la dichosa correlación. Saber si los ingenieros han encontrado la brújula o si siguen dando palos de ciego. Eso se traducirá en dos segundos que deberían sacarle del fondo de la parrilla para llegar, como primer objetivo, a la Q2. Todo lo que no sea acercarse a esa ridícula frontera será otro bochornoso resultado.
El juicio del calor magyar y las curvas lentas
Si hay un escenario implacable para medir las virtudes y miserias de un chasis, ese es el circuito de Hungaroring. Calificado desde hace décadas como un 'Mónaco sin muros', el ratonero trazado magyar no entiende de grandes velocidades punta ni de la potencia pura que tanto castigó a Aston Martin en los largos kilómetros de Spa. En la caldera húngara, bajo un calor sofocante que suele poner a prueba la resistencia de los neumáticos y la cabeza de los mecánicos, lo que importa es la carga aerodinámica máxima, la precisión quirúrgica en el tren delantero para enhebrar la concatenación de curvas del segundo sector y una tracción a baja velocidad impecable para salir airoso. Aquí la eficiencia en recta queda anestesiada; es la hora de las manos y del agarre mecánico.
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