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Ian McEwan, verso a verso

Ian McEwan, verso a verso
Artículo Completo 1,216 palabras
'Lo que podemos saber' es la mejor novela de Ian McEwan desde 'Expiación'. Lo que no significa que los nueve títulos que separan a aquella de esta sean malos libros. Pero ahora, retrospectivamente y a la luz y calor de este, se asume —y girando 'Lo que podemos saber' alrededor de l a reconstrucción entre arqueológica y forense de una comida que tuvo tiempo y lugar en 2014— que les faltaba un hervor o se habían pasado de punto en el horno. Porque 'Lo que podemos saber' reordena y recalibra lo mejor de sus ingredientes. Aquí —en su justa proporción— la poesía como tabla de salvación de 'Sábado', las radiaciones de un solo día afectando vidas enteras de 'Chesil Beach', las preocupaciones eco-climáticas de 'Solar', la sorpresa final que estuvo ahí desde el principio de 'Operación Dulce', la parsimonia de procedural de 'La ley del menor', la sombra encandiladora de la arquitectura dramática de Shakespeare de 'Cáscara de nuez', la compulsión histórico-política-alegórica de 'Lecciones' y 'La cucaracha' y, por encima de todo, la entropía-distopía futurista de 'Máquinas como yo'.Narrativa 'Lo que podemos saber' Autor Ian McEwan Editorial Anagrama Año 2026 Páginas 378 Precio 21, 90 euros Valoración **** Porque, sí, desde la primera línea de 'Lo que podemos saber', el académico especializado en literatura producida entre 1990 y 2030 (materia que poco y nada apasiona a sus jóvenes estudiantes con más que poca capacidad de concentración en lo pasado) Tom Metcalfe nos informa que estamos en el 2119. Y que su objetivo es la reconstrucción de lo sucedido durante la 'Segunda Cena Inmortal' en la que el celebrado poeta Francis Blundy leyó y recitó frente a un reducido número de amigos y parientes su 'Corona para Vivien': poema de compleja construcción en honor de su esposa. Poema que se supone la cumbre de su obra y del que no queda rastro alguno más allá de la ingente cantidad de material almacenado en redes sociales, de toda esa data a su disposición cortesía de depósitos informáticos ubicados en una Nigeria que ha mutado a gran potencia mundial. Y, sí, sépanlo: Metcalfe investiga lo suyo en tiempos posteriores a La Inundación y a El Desarreglo que —luego de un tsunámico desastre nuclear— sumergió bajo las aguas a buena parte del mundo conocido y bienvenidos entonces al archipiélago del Reino Hundido. Un paisaje que (suele ocurrir con aquellos que no son estrictamente residentes en la 'sci-fi' sino turistas cómoda y reciente y oportunísticamente convertidos a lo que podría definirse como 'blackmirrorismo') ya fue explorado por J. G. Ballard o Christopher Priest o incluso el siempre a su manera apocalíptico Will Self. Paisaje que McEwan explora como marco geográfico para lo que en verdad le interesa : lo que se ha perdido bajo las aguas, lo que se mantiene a flote en el eléctrico fantasma entretejido en las redes sociales porque «adelantos en computación y matemáticas han logrado acceder a todo lo que alguna vez estuvo encriptado». Y, desde allí, Metcalfe nos advierte: «Me gustaría gritar por un agujero en el techo del tiempo y aconsejar a la gente de hace cien años: si queréis guardar secretos, susurrádselos a los oídos de vuestro ser más querido, vuestro de mayor confianza. No os fieis del teclado o la pantalla. Si lo hacéis, lo sabremos todo».Lo más interesante de la novela: no el modo en que McEwan imagina el futuro sino el modo en que sus personajes imaginan el pasado Y Metcalfe busca saberlo todo y un poco más de esa velada en versos a la que retrocede en una casa de campo con un grupo de seres supuestamente queridos (hermana, editor, novelista, periodista) en los que confiar y que por momentos parecen escapados de algo de Iris Murdoch. Y entendiendo que en la sofisticada métrica y perfecto engarce de quince sonetos posiblemente esté la clave encriptada de todo (idea que también exploraron en su momento A. S. Byatt en 'Posesión' o Allan Holinghurst en 'El hijo del desconocido'); pero que siempre está el riesgo de caer en la tentación inventora del anotador enloquecido Charles Kinbote en 'Pálido fuego' de Nabokov. Es decir: lo que se puede saber mutando a lo que se podría o se querría saber. Y esto es lo más interesante de la novela: no el modo en que McEwan imagina el futuro sino el modo en que sus personajes imaginan el pasado. Y, claro, hay mucho que admirar aquí: Mc Ewan nunca tuvo la pirotecnia verbal de Martin Amis o la imaginación formal de Julian Barnes o la inventiva de un mundo propio de Salman Rushdie . Pero su prosa de una claridad informativa por momentos stendhaliana o stevensoniana (a quien invoca) de ambición clásica (asombra recordar que McEwan se inició como el gran transgresor de su camada y ahora es el más laureado y nacional escritor de su generación haciendo comulgar a crítica y lectores en lo más alto de las listas de 'best-sellers') funcionan a la perfección para lo que se quiere contar y rimar aquí. Y el misterio inicial del poema que se cree accidentalmente desaparecido da lugar a un misterio aún mayor: el de si se lo quiso hacer desaparecer. Así —inspeccionando posts y e-mails y memorias, satirizando con elegancia los ritos de lo biográfico y disfrutando de esa mirada desde el mañana sobre nuestro anteayer de «brillante inventiva» pero, también, en el que se devastaban «selvas enteras a fin de fabricar papel para limpiarse el trasero» y todos estaban «dispuestos a morir por buenas y malas ideas en igual medida» y eran «grandes y valientes» y eran «idiotas que lo dilapidaban todo »— de pronto todo adquiere aire de tragicómico policial británico de campiña donde todos son sospechosos. Y lo que va descubriéndose —golpe a golpe, verso a verso— es que lo que se creía amor era adulterio. Y que el genio es apenas ingenioso y que la musa (en su diario íntimo) no está tan feliz de serlo. Y, además, la relación amorosa-docta entre Metcalfe y su pareja-colega Rose Church no es tan 'cum laude' después de todo y de todos. Y así en esta coronada didáctica novela-de-ideas —pero, también, de intrigante 'thriller' de ni-idea—nada era lo que se pensaba. Y —de nuevo, lo del principio— que todo se reducía a una sola y expansiva palabra. Y esa palabra es, sí, 'expiación'. Y muy buen provecho.

'Lo que podemos saber' es la mejor novela de Ian McEwan desde 'Expiación'. Lo que no significa que los nueve títulos que separan a aquella de esta sean malos libros. Pero ahora, retrospectivamente y a la luz y calor de este, se asume —y ... girando 'Lo que podemos saber' alrededor de la reconstrucción entre arqueológica y forense de una comida que tuvo tiempo y lugar en 2014— que les faltaba un hervor o se habían pasado de punto en el horno.

Porque 'Lo que podemos saber' reordena y recalibra lo mejor de sus ingredientes. Aquí —en su justa proporción— la poesía como tabla de salvación de 'Sábado', las radiaciones de un solo día afectando vidas enteras de 'Chesil Beach', las preocupaciones eco-climáticas de 'Solar', la sorpresa final que estuvo ahí desde el principio de 'Operación Dulce', la parsimonia de procedural de 'La ley del menor', la sombra encandiladora de la arquitectura dramática de Shakespeare de 'Cáscara de nuez', la compulsión histórico-política-alegórica de 'Lecciones' y 'La cucaracha' y, por encima de todo, la entropía-distopía futurista de 'Máquinas como yo'.

Porque, sí, desde la primera línea de 'Lo que podemos saber', el académico especializado en literatura producida entre 1990 y 2030 (materia que poco y nada apasiona a sus jóvenes estudiantes con más que poca capacidad de concentración en lo pasado) Tom Metcalfe nos informa que estamos en el 2119. Y que su objetivo es la reconstrucción de lo sucedido durante la 'Segunda Cena Inmortal' en la que el celebrado poeta Francis Blundy leyó y recitó frente a un reducido número de amigos y parientes su 'Corona para Vivien': poema de compleja construcción en honor de su esposa.

Poema que se supone la cumbre de su obra y del que no queda rastro alguno más allá de la ingente cantidad de material almacenado en redes sociales, de toda esa data a su disposición cortesía de depósitos informáticos ubicados en una Nigeria que ha mutado a gran potencia mundial. Y, sí, sépanlo: Metcalfe investiga lo suyo en tiempos posteriores a La Inundación y a El Desarreglo que —luego de un tsunámico desastre nuclear— sumergió bajo las aguas a buena parte del mundo conocido y bienvenidos entonces al archipiélago del Reino Hundido.

Julian Barnes: «Nadie ha escrito nunca un libro que nos consuele de la muerte»

Un paisaje que (suele ocurrir con aquellos que no son estrictamente residentes en la 'sci-fi' sino turistas cómoda y reciente y oportunísticamente convertidos a lo que podría definirse como 'blackmirrorismo') ya fue explorado por J. G. Ballard o Christopher Priest o incluso el siempre a su manera apocalíptico Will Self. Paisaje que McEwan explora como marco geográfico para lo que en verdad le interesa: lo que se ha perdido bajo las aguas, lo que se mantiene a flote en el eléctrico fantasma entretejido en las redes sociales porque «adelantos en computación y matemáticas han logrado acceder a todo lo que alguna vez estuvo encriptado».

Y, desde allí, Metcalfe nos advierte: «Me gustaría gritar por un agujero en el techo del tiempo y aconsejar a la gente de hace cien años: si queréis guardar secretos, susurrádselos a los oídos de vuestro ser más querido, vuestro de mayor confianza. No os fieis del teclado o la pantalla. Si lo hacéis, lo sabremos todo».

Lo más interesante de la novela: no el modo en que McEwan imagina el futuro sino el modo en que sus personajes imaginan el pasado

Y Metcalfe busca saberlo todo y un poco más de esa velada en versos a la que retrocede en una casa de campo con un grupo de seres supuestamente queridos (hermana, editor, novelista, periodista) en los que confiar y que por momentos parecen escapados de algo de Iris Murdoch.

Y entendiendo que en la sofisticada métrica y perfecto engarce de quince sonetos posiblemente esté la clave encriptada de todo (idea que también exploraron en su momento A. S. Byatt en 'Posesión' o Allan Holinghurst en 'El hijo del desconocido'); pero que siempre está el riesgo de caer en la tentación inventora del anotador enloquecido Charles Kinbote en 'Pálido fuego' de Nabokov. Es decir: lo que se puede saber mutando a lo que se podría o se querría saber. Y esto es lo más interesante de la novela: no el modo en que McEwan imagina el futuro sino el modo en que sus personajes imaginan el pasado.

Y, claro, hay mucho que admirar aquí: Mc Ewan nunca tuvo la pirotecnia verbal de Martin Amis o la imaginación formal de Julian Barnes o la inventiva de un mundo propio de Salman Rushdie. Pero su prosa de una claridad informativa por momentos stendhaliana o stevensoniana (a quien invoca) de ambición clásica (asombra recordar que McEwan se inició como el gran transgresor de su camada y ahora es el más laureado y nacional escritor de su generación haciendo comulgar a crítica y lectores en lo más alto de las listas de 'best-sellers') funcionan a la perfección para lo que se quiere contar y rimar aquí.

Y el misterio inicial del poema que se cree accidentalmente desaparecido da lugar a un misterio aún mayor: el de si se lo quiso hacer desaparecer. Así —inspeccionando posts y e-mails y memorias, satirizando con elegancia los ritos de lo biográfico y disfrutando de esa mirada desde el mañana sobre nuestro anteayer de «brillante inventiva» pero, también, en el que se devastaban «selvas enteras a fin de fabricar papel para limpiarse el trasero» y todos estaban «dispuestos a morir por buenas y malas ideas en igual medida» y eran «grandes y valientes» y eran «idiotas que lo dilapidaban todo»— de pronto todo adquiere aire de tragicómico policial británico de campiña donde todos son sospechosos.

Y lo que va descubriéndose —golpe a golpe, verso a verso— es que lo que se creía amor era adulterio. Y que el genio es apenas ingenioso y que la musa (en su diario íntimo) no está tan feliz de serlo. Y, además, la relación amorosa-docta entre Metcalfe y su pareja-colega Rose Church no es tan 'cum laude' después de todo y de todos. Y así en esta coronada didáctica novela-de-ideas —pero, también, de intrigante 'thriller' de ni-idea—nada era lo que se pensaba. Y —de nuevo, lo del principio— que todo se reducía a una sola y expansiva palabra. Y esa palabra es, sí, 'expiación'.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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