Domingo, 15 de marzo de 2026 Dom 15/03/2026
RSS Contacto
MERCADOS
Cargando datos de mercados...
Internacional

Iceta, el felipista al que Sánchez regaló "un Erasmus" en París tras colocar Koldo a su 'marido': "Mi lápida dirá 'era gay y bailó'"

Iceta, el felipista al que Sánchez regaló "un Erasmus" en París tras colocar Koldo a su 'marido': "Mi lápida dirá 'era gay y bailó'"
Artículo Completo 5,512 palabras
Tras 48 años incrustado en el aparato del PSC, el 'apparatchik' socialista por excelencia terminó recalando en la embajada ante la UNESCO, desde donde declara hoy más de tres millones de euros de patrimonio. Más información: "Hoy empieza el resto de mi vida": Iceta agradeció así a Koldo que colocara a su 'marido' como piloto de la rescatada Ávoris.

Miquel Iceta, fotografiado frente al Arco del Triunfo de París, ciudad desde la que hoy representa a España ante la UNESCO tras casi cuatro décadas dentro del aparato socialista. E. E.

Reportajes EL POLÍTICO QUE NUNCA SE FUE Iceta, el felipista al que Sánchez regaló "un Erasmus" en París tras colocar Koldo a su 'marido': "Mi lápida dirá 'era gay y bailó'"

Tras 48 años incrustado en el aparato del PSC, el 'apparatchik' socialista por excelencia terminó recalando en la embajada ante la UNESCO, desde donde declara hoy más de tres millones de euros de patrimonio.

Más información: "Hoy empieza el resto de mi vida": Iceta agradeció así a Koldo que colocara a su 'marido' como piloto de la rescatada Ávoris.

Publicada 15 marzo 2026 02:01h

En París, donde la diplomacia se disfraza de cultura y la cultura de prestigio, Miquel Iceta encontró una salida elegante. La UNESCO, sus salones, sus recepciones, esa solemnidad administrada que tanto se parece a la política cuando ya ha dejado atrás el barro.

A finales de 2023, después de una vida entera en el Partido Socialista de Cataluña, después de Moncloa, del Parlament, del Congreso, de los ministerios, de las derrotas soportadas con media sonrisa y de las contradicciones administradas como quien cambia de andén sin perder el tren, Iceta aterrizó allí.

Lo hizo como aterrizan algunos veteranos: no exactamente expulsados, no del todo premiados, más bien recolocados. París le sentaba bien al personaje. O al menos a lo que el personaje había aprendido a proyectar de sí mismo.

Iceta, el 'apparatchik' del PSOE que vive "un Erasmus" en París tras 48 años en el partido: "Mi lápida pondrá: era gay y bailó"

La imagen de un hombre culto, cordial, sensible, ceremonioso, capaz de citar un haiku, hablar de Rocío Jurado y defender la plurinacionalidad del Estado con el mismo tono con que otros piden un café.

Iceta es, según describen a EL ESPAÑOL diferentes fuentes de Ferraz, un socialista de aparato con modales de lector. Un fontanero fino. Un político que hizo de la ductilidad una forma de permanencia. Pero la vida pública de Iceta, si se observa de cerca, no está hecha sólo de cargos, de canciones y de bailes virales.

Está hecha también de silencios, de rectificaciones, de giros oportunos, de lealtades tácticas y de una habilidad muy poco vistosa, aunque decisiva, para seguir en pie cuando otros ya habían sido barridos.

Su historia no es la de un tribuno ni la de un reformador. Tampoco la de un gran vencedor electoral. Es otra cosa. La historia de un hombre que entendió muy pronto que en política resistir también es una forma de gobernar.

Y ahora, también, la de un superviviente de escándalos ajenos. El nombre de Iceta ha reaparecido en las últimas semanas en el sumario del caso Koldo después de que se conociera que el exasesor de José Luis Ábalos ayudó a colocar a su marido en una empresa de aviación.

Socialista 'profesional'

Miquel Octavi Iceta i Llorens nació en Barcelona el 17 de agosto de 1960, hijo de madre catalana y padre vasco, en una familia de clase media y cultura católica. Fue educado en un colegio religioso segregado por sexos y creció en una España en la que todavía se sentían los últimos coletazos del franquismo.

Descubrió la política en la adolescencia, cuando la Transición aún era una promesa en construcción y la izquierda convocaba a muchos jóvenes con la intensidad de una fe nueva.

Se afilió con 17 años al Partit Socialista Popular Català, el espacio de Tierno Galván en Cataluña, y poco después dio el salto a las Joventuts Socialistes de Catalunya. No tardó en encontrar su lugar.

Miquel Iceta, en 2007, durante una jornada del PSC en Barcelona. Por entonces ya era uno de los estrategas del socialismo catalán: un dirigente de aparato formado en la Moncloa de Felipe González que había hecho del partido su espacio natural de poder. E. E.

La política, más que una vocación, parecía ya una temperatura natural. Hay, de hecho, algo revelador en su biografía temprana. Empezó Ciencias Químicas y la dejó. Empezó Económicas y tampoco llegó a puerto. La universidad fue para él un territorio de paso, casi un decorado abandonado antes de tiempo.

Mientras otros políticos construyen después una narrativa épica sobre su formación, sus lecturas o su ascenso profesional, Iceta fue mucho más precoz en otra cosa: entendió que su oficio no estaría fuera de la política, sino dentro.

No tuvo un "antes" sólido al que regresar. Su vida adulta fue, desde muy pronto, la organización, el partido, la maquinaria. Ese detalle, que podría parecer menor, ayuda a entender casi todo lo que vino después. Iceta no fue un hombre que entró en política tras haber sido otra cosa.

No fue profesor, ni abogado, ni empresario, ni médico, ni activista reciclado. Fue político. Casi exclusivamente político. Un hombre formado en la cultura del partido, cual estudio universitario: con créditos en la negociación interna, en el matiz táctico, en la conversación interminable, en la fidelidad útil.

Un socialistaprofesional en el sentido más literal de la expresión.

Los diplomáticos critican el nombramiento de Iceta y Gómez como embajadores por su falta de experiencia

De concejal a la Moncloa

Su ascenso fue menos espectacular que constante. En 1984 entró en la Comisión Ejecutiva del PSC. Entre 1987 y 1991 fue concejal en Cornellà de Llobregat. Y luego llegó Moncloa, que es donde muchos personajes secundarios del poder se convierten en algo más importante que un cargo: se convierten en piezas necesarias.

De la mano de Narcís Serra, Iceta aterrizó en el corazón del felipismo como director del Departamento de Análisis del Gabinete de la Presidencia y más tarde como subdirector del Gabinete. Eran años de tormenta: los GAL, Roldán, las escuchas, la erosión moral de un ciclo agotado.

Allí, entre despachos, periódicos de madrugada y enlaces entre Madrid y Cataluña, se consolidó el perfil que ya no le abandonaría: el del hombre que sabe moverse por las cañerías del poder.

La palabra "fontanero" le acompañó desde entonces con la persistencia de un apodo exacto. No es una palabra neutra. En política española, un fontanero no es sólo alguien que organiza, cose o resuelve.

Es alguien que opera donde no llega la luz, que conoce los conductos, que sabe por dónde circula de verdad el poder cuando el discurso público se acaba. Iceta fue eso durante décadas. Y también algo más sutil: un hombre que parecía sentirse más cómodo en la arquitectura interior del poder que en su exhibición.

Tal vez por eso resulta llamativo que uno de los hitos que más marcaron su imagen pública no tuviera nada que ver con la trastienda, sino con la exposición radical. El 12 de octubre de 1999 declaró públicamente su homosexualidad y se convirtió en el primer parlamentario español en hacerlo.

Miquel Iceta, en una imagen de 2006, cuando ejercía como uno de los principales estrategas del socialismo catalán tras años trabajando en la trastienda del PSC y del PSOE. E. E.

En un país que aún salía torpemente de muchas hipocresías, aquel gesto tuvo una potencia política y simbólica indudable. "Hoy me declaro públicamente gay", dijo entonces.

Más tarde resumiría aquella salida del armario con una de esas frases que parecen una broma y acaban funcionando como epitafio anticipado: "En mi lápida pondrá: era gay y bailó". Hay que detenerse ahí, porque la frase condensa una parte importante del personaje y también de su límite.

Iceta entendió muy bien el poder político de la singularidad. Supo que declararse gay, en aquel momento, era mucho más que contar algo íntimo: era irrumpir en un espacio de representación donde hasta entonces sólo habían mandado el silencio, el disimulo o el rumor.

Y, sin embargo, con el tiempo su figura quedó extrañamente encapsulada en una identidad pública hecha de dos rasgos muy reconocibles, casi pop: el político gay y el político que baila. Él mismo se dio cuenta. Llegó a decir que llevaba cuarenta años en política y lo que le había hecho conocido era eso. Decir que era gay y bailar.

Puede parecer injusto. Y quizá lo sea. Pero también encierra una verdad incómoda: Iceta fue durante años más visible como personaje que como arquitecto de una idea fuerte. Se le recordaba antes por el gesto que por la doctrina, por la escena que por la obra, por la coreografía que por el fondo.

Eso no significa que no tuviera ideas. Significa otra cosa: que nunca logró, o nunca quiso, fijar una imagen pública más poderosa que su capacidad para adaptarse.

El procés, un vaivén

Su etapa en Cataluña demuestra bien esa tensión. Iceta fue uno de los grandes hombres del PSC en sus años de mayor fragilidad. Cuando en 2014 asumió la secretaría general del partido, el socialismo catalán venía de una crisis profunda, electoral y existencial.

El procés había roto consensos, vaciado antiguos espacios de centralidad y colocado al PSC en un territorio incómodo: demasiado españolista para una parte del catalanismo, demasiado catalanista para una parte del socialismo español.

Iceta heredó un partido desconcertado y sin pulso. Lo sostuvo. Esa es una verdad política de peso. No lo llevó al triunfo, pero evitó el derrumbe total. Y, sin embargo, la forma en que lo hizo explica buena parte de sus contradicciones.

Quiso ser a la vez muchas cosas: el catalanista sensato, el federalista doctrinal, el aliado fiable del PSOE, el interlocutor dialogante ante el independentismo, el hombre que no renunciaba a decir que Cataluña era una nación y que tampoco tenía miedo de decirse español.

Esa voluntad de ocupar el centro movedizo de todos los tableros le permitió durar, pero también lo condenó a parecer a menudo un político de contorno variable. Ahí está, por ejemplo, su recorrido en la cuestión catalana.

Miquel Iceta y Pedro Sánchez durante un acto de campaña de las elecciones catalanas de 2017 junto a dirigentes de las Juventudes Socialistas. Aquella campaña consolidó la alianza política entre ambos en uno de los momentos más tensos del procés. E. E.

En 2016 flirteó con la vía canadiense, la posibilidad de un referéndum acordado si fracasaba la reforma constitucional. Reivindicó el reconocimiento de Cataluña como nación. Trató de preservar un espacio propio. Un año después, el PSC apoyó la aplicación del artículo 155.

Más tarde, en campaña, propuso indultar a los líderes del procés y tuvo que matizarse casi de inmediato. En 2019 llegó a afirmar que si un 65% de la sociedad quería la independencia, la democracia debería facilitarla, para después volver a enfriar la frase con las correcciones de rigor.

Entre una declaración y la siguiente, entre un gesto y su rectificación, se fue dibujando no sólo un político pragmático, sino un hombre atrapado en la necesidad permanente de no romper del todo con nadie.

Sus defensores lo llaman complejidad. Sus críticos, oportunismo. Seguramente ambas cosas contienen una parte de verdad. Lo cierto es que Iceta hizo del equilibrio una ética de supervivencia. Pero el equilibrio continuado tiene un precio: a veces uno acaba pareciendo menos un equilibrista que un hombre sin suelo propio.

Miquel Iceta: "A la mesa con Cataluña yo llevaría la reforma constitucional para una España federal"

Socialista "pro-155"

Quizá ningún episodio resumió mejor la extraña mezcla de centralidad e impotencia que define su trayectoria que el veto del independentismo a su designación como senador en 2019.

Pedro Sánchez quería convertirlo en presidente del Senado. Parecía una consagración tardía, el premio al aliado fiel, al hombre que había sostenido al PSC y resistido en Cataluña durante los años más tóxicos.

Pero el Parlament tumbó su nombramiento. Fue una bofetada política de gran simbolismo. Iceta, que había dedicado años a ejercer de puente imposible, descubría de pronto que ya no era aceptable ni siquiera como representante formal de Cataluña en la Cámara alta. El puente se había quedado sin orillas.

Miquel Iceta atiende a los medios en Sant Boi de Llobregat durante la campaña de las elecciones catalanas de 2017, acompañado por la dirigente socialista Lluïsa Moret. Aquel otoño marcó uno de los momentos más tensos de la política catalana tras el referéndum del 1-O y la aplicación del artículo 155. E. E.

Aquella escena tenía algo cruel. El político del diálogo, del matiz, del federalismo laborioso, era rechazado precisamente por quienes llevaban años denunciando la cerrazón del Estado.

Se le vetaba por haber apoyado el 155 y por encarnar, para el independentismo, una forma de socialismo catalán ya indistinguible del engranaje español. Fue una derrota con valor biográfico.

Explicó mejor que muchas entrevistas qué lugar ocupaba ya Iceta: el del hombre que había intentado administrar todas las contradicciones catalanas y había terminado convertido, para unos y para otros, en síntoma de un fracaso. Y sin embargo sobrevivió. Siempre sobrevivía.

La irrupción kitsch

Sobrevivió también a su caricatura. El baile de 2015 al ritmo de Don’t Stop Me Now, convertido en fenómeno viral, parecía al principio una extravagancia de campaña. Luego fue algo más útil: una forma de romper su imagen de apparatchik, de volverse reconocible en una época en que la política empezaba a necesitar cuerpos, gestos, memes, instantáneas.

Él mismo admitió después que "aquello me salvó". Es una confesión extraordinaria. No porque describa un momento simpático, sino porque revela hasta qué punto un hombre con cuatro décadas de vida orgánica necesitó una irrupción kitsch para ser visto como alguien más que una pieza de aparato.

Miquel Iceta baila durante un acto de campaña del PSC en 2015. Aquella escena se volvió viral y terminó convirtiéndose en uno de los gestos más reconocibles de su trayectoria política. Alberto Estévez / Efe.

Lo interesante es que Iceta comprendió muy bien qué había ocurrido. El baile, dijo, no era sólo el baile, sino la percepción de que "este tipo es más normal de lo que pensaba". Ahí asoma otra de sus inteligencias. Supo convertir la rareza en cercanía, la comicidad en humanidad, la singularidad en activo político.

Supo ser personaje sin dejar de ser cuadro. Y, aun así, el baile también dejó una pregunta de fondo: ¿por qué uno de los dirigentes más longevos del socialismo catalán necesitó una coreografía para parecer verdadero?

Un hijo, un hermano

Fuera del foco estrictamente político, Iceta construyó además una figura pública peculiar, casi entrañable por momentos. El hombre que adora a su madre y se turna con su hermana para cuidarla. El que colecciona haikus y los publica por la mañana.

El fan de Star Trek, de Elton John, de Diana Ross, de los Carpenters y de Rocío Jurado. El adicto a la Coca-Cola Zero. El amante de los gatos. El calvo que ironiza con su estatura y su sobrepeso.

Todo eso compone una identidad reconocible, incluso cálida. Y sin embargo, también ahí se percibe una forma muy precisa de control. Iceta ha sabido dosificar muy bien lo íntimo: exponer lo suficiente para humanizarse, no tanto como para quedar desarmado.

Miquel Iceta junto a su madre y su hermana en una fotografía familiar tomada en 2016, una faceta más íntima del dirigente socialista que durante décadas construyó su vida pública dentro del aparato del partido. E. E.

En eso también fue un maestro del aparato. Porque el aparato no consiste sólo en mandar o maniobrar. Consiste en saber qué parte de uno mismo se convierte en relato y cuál permanece fuera de plano.

Su relación con Pedro Sánchez es otro buen ejemplo de esa inteligencia adaptativa. Iceta estuvo con él en uno de sus momentos más duros, el Comité Federal de octubre de 2016 que acabó con la primera caída del líder socialista. Describió aquel día como "muy triste", con "gritos, llanto, emociones desbordadas".

Fue uno de los pocos dirigentes que se mantuvieron a su lado cuando media organización lo daba por liquidado. Esa lealtad, en política, acaba pagándose. En 2021 Sánchez lo nombró ministro de Política Territorial y poco después ministro de Cultura y Deporte.

No eran carteras naturales para él. De hecho, el propio Iceta había admitido años antes que no se veía ni en Sanidad ni en Educación ni en Agricultura ni en Cultura o Industria. Se veía, más bien, coordinando, en portavocía, en el engranaje. Otra vez el fontanero.

Tal vez por eso su paso por el Gobierno tuvo algo de anomalía elegante. Iceta no era un tecnócrata de área ni un gran reformador sectorial. Era un político puro colocado al frente de ministerios que exigían otra clase de capital.

Aun así, hizo lo que saben hacer los veteranos: administrar, negociar, sonreír, bailar y durar. Cuando salió de Cultura, llegó a definir aquellos años como "los dos mejores" de su vida. La frase, leída hoy, tiene algo más que una nostalgia amable.

Miquel Iceta observa las piezas de la exposición dedicada a los 50 años del golpe militar en Chile durante su etapa como ministro de Cultura, en un acto celebrado en el Museo Nacional de Antropología de Madrid en junio de 2023. Carlos Luján / EP.

El más rico

En ese silencio y perfil bajo de Miquel Iceta se esconde algo importante: ha sido el ministro con mayor patrimonio de los gobiernos de Pedro Sánchez. Una riqueza que procede, completamente, de sus sueldos públicos. El primer cargo para el que fue designado fue el de concejal en el ayuntamiento de Cornellà de Llobregat en 1987.

Desde entonces no ha abandonado la política institucional: asesor en Moncloa durante el felipismo, diputado en el Congreso, diputado en el Parlament de Catalunya durante más de veinte años, líder del PSC, ministro en dos carteras y, desde diciembre de 2023, embajador delegado permanente de España ante la UNESCO en París.

Casi cuatro décadas de cargos públicos remunerados sin haber ejercido actividad profesional fuera de la política o del partido. Las declaraciones de bienes que ha presentado ante el Congreso, el Portal de Transparencia y el Boletín Oficial del Estado permiten reconstruir su evolución patrimonial.

La última fotografía disponible, publicada en el BOE el 25 de marzo de 2024 al asumir su puesto diplomático, muestra un patrimonio neto declarado de 3,29 millones de euros, sin deudas.

Julio César R. A.

Iceta declaró, entonces, tres bienes inmuebles. Dos viviendas en Barcelona adquiridas mediante compraventa en 1999 y 2005, y un terreno en Menorca comprado en 1988, cuando tenía 27 años, que aparece mencionado en varias entrevistas como su refugio vacacional habitual.

El valor conjunto declarado de esos inmuebles ha aumentado de forma notable en los últimos años: 218.148 euros en 2021, cuando fue nombrado ministro; 656.871 euros en 2022; y 1.000.000 de euros en su última declaración como embajador.

Además de su salario público, Iceta declara 30.000 euros anuales por arrendamiento de viviendas, según su declaración de bienes presentada ante el Congreso de los Diputados. El documento no detalla qué propiedades están alquiladas, pero sí habla expresamente de arrendamientos en plural.

El cambio patrimonial más significativo aparece al comparar sus dos últimas declaraciones como alto cargo. En 2022, siendo ministro de Cultura, Iceta declaraba activos por valor de 895.803 euros.

En diciembre de 2023, al asumir su puesto diplomático en París, esos activos ascendían a 3.290.526 euros. La diferencia supera los 2,39 millones de euros. En paralelo desaparece una hipoteca de 170.769 euros que figuraba en su declaración anterior, quedando su patrimonio libre de deudas.

El salto se explica principalmente por la aparición de una cartera financiera de 1,53 millones de euros en acciones, deuda pública y bonos, una categoría que no figuraba en su declaración como ministro.

Al mismo tiempo, los depósitos en cuentas corrientes pasan de 61.443 euros a 682.916 euros. También desaparecen participaciones en una sociedad de promoción de locales industriales valoradas en 111.527 euros, sustituidas por inversiones financieras de mayor volumen.

Entre los bienes declarados figura además un cuadro de escuela flamenca valorado en 10.000 euros, incluido dentro del apartado de "otros bienes y derechos de contenido económico".

Retribuciones totales

No existe un registro público completo que permita calcular con exactitud todos los salarios percibidos por Iceta desde los años ochenta. Sin embargo, a partir de datos del Parlament de Catalunya, el Congreso de los Diputados, el Portal de Transparencia y el BOE se puede hacer una estimación aproximada.

Durante su etapa como diputado autonómico en el Parlament —donde permaneció entre 1999 y 2021— llegó a percibir en torno a 7.300 euros brutos mensuales, con un salario anual cercano a 94.600 euros cuando ejercía como portavoz del grupo socialista. Como ministro de Política Territorial y posteriormente de Cultura, entre 2021 y 2023, percibió aproximadamente 226.000 euros brutos.

En la actualidad, como embajador ante la UNESCO en París, su retribución anual estimada se sitúa entre 140.000 y 160.000 euros brutos, según cálculos basados en los coeficientes salariales aplicados a los destinos diplomáticos, además de residencia oficial, coche con conductor, personal de apoyo y gastos de representación cubiertos por el Estado.

Sumando las etapas documentadas —concejal, alto cargo en Moncloa, diputado en el Congreso, diputado autonómico, ministro y embajador— el total percibido del erario público a lo largo de su carrera se sitúa aproximadamente entre 2,4 y 2,9 millones de euros brutos, una cifra que no incluye los ingresos por alquiler ni las plusvalías inmobiliarias o financieras.

La última declaración patrimonial disponible sitúa así a Iceta, casi medio siglo después de afiliarse al socialismo con 17 años, con más de tres millones de euros de patrimonio acumulado durante una vida entera dentro de la política.

Miquel Iceta, como embajador delegado permanente de España ante la UNESCO, durante una reunión del organismo en París. El exministro ocupa desde 2023 uno de los destinos diplomáticos más codiciados del servicio exterior español. E. E.

El "Erasmus" parisino

En el ecosistema diplomático español, además, la delegación ante la UNESCO que lidera Iceta tiene una reputación peculiar. Una fuente que trabaja en la representación española lo resume con una expresión muy extendida en el cuerpo diplomático: "Es un Erasmus".

El término, explica, no tiene nada que ver con el programa universitario europeo, con el que los estudiantes pueden hacer programas de intercambio en otras ciudades de la Unión, más allá de la metáfora.

En la jerga interna se utiliza para referirse a puestos especialmente cómodos dentro del servicio exterior, destinos donde la carga de trabajo es limitada, la agenda institucional relativamente ligera y el ritmo diario permite disponer de mucho tiempo libre en comparación con otras embajadas o misiones permanentes.

"No es un puesto de crisis ni de negociación permanente", señala esta fuente, que describe la plaza como "uno de esos destinos agradables que los diplomáticos de carrera valoran mucho cuando los consiguen tras años de servicio".

La diferencia —añade— está en quién lo ocupa. "Cuando lo gana un diplomático que ha pasado media vida en destinos difíciles se entiende como una recompensa profesional. Cuando llega un político reciclado, muchos lo ven más bien como un retiro cómodo".

El presidente de la Asociación de Diplomáticos Españoles lo explica con más crudeza. En conversación con este periódico sostiene que el puesto que hoy ocupa Iceta responde a una práctica cada vez más habitual en la política exterior española: colocar a dirigentes políticos al final de su carrera en destinos diplomáticos de alto perfil.

"Se trata de una colocación tras el final de una etapa en la política nacional. Tras ser ministro, se le ha enviado a la UNESCO", afirma. No es un caso aislado, añade: "Uribes también fue enviado allí después de ser ministro, Ximo Puig está ante la OCDE, Carmen Montón en la OEA o Héctor Gómez en la misión ante la ONU".

Para la carrera diplomática, sostiene, el problema no es sólo simbólico. "El Estado tiene funcionarios seleccionados por oposición para estas tareas. Cuando esos puestos se convierten en destinos políticos, la acción exterior de España se resiente".

Miquel Iceta, ya como embajador delegado permanente de España ante la UNESCO, posa ante la sede del organismo en la Place de Fontenoy de París, en diciembre de 2023, tras cerrar su etapa como ministro en el Gobierno de Pedro Sánchez. E. E.

Salpicado por Koldo

Más allá de París, Iceta no tardaría en ser salpicado por otro episodio, esta vez fuera del balance contable y dentro de las redes de poder que han acompañado su carrera durante décadas. Porque la última estación de su biografía pública ya no la define sólo el cargo diplomático, sino el estallido del caso Koldo en su perímetro más íntimo.

Los mensajes conocidos en marzo de 2026, publicados por EL ESPAÑOL, revelan que Koldo García facilitó la contratación de su pareja, el piloto Ángel García Rosique, en Iberojet, dentro de una cadena de gestiones atravesada por la proximidad al poder y por el contexto especialmente delicado del rescate público al grupo turístico.

El mensaje atribuido a Iceta a Koldo —"Muchísimas gracias! Hoy empieza el resto de mi vida. Sin ti no hubiera sido posible"— no es sólo comprometedor por su tono de gratitud. Lo es porque rompe la distancia pulcra que Iceta había administrado durante años entre lo personal, lo político y lo orgánico.

No es un detalle menor. Iceta había dicho en una entrevista que una de las cosas que más le inquietaban era "la excesiva distancia entre lo que se dice en público y lo que se dice en privado".

La frase, leída a la luz de ese episodio, adquiere una resonancia amarga. No porque anule toda una trayectoria, pero sí porque la ilumina desde un ángulo más severo: el del político que pasó media vida moviéndose en la zona donde lo público y lo privado se rozan, donde la amistad, la lealtad, el favor y el poder comparten idioma.

Miquel Iceta, Ángel García Rosique y Koldo García, junto a varios whatsapps del KoldoGate Diseño: Arte EE

Ahí aparece la parte menos simpática del personaje. No el hombre que baila, ni el que cita haikus, ni el que se emociona hablando de su madre. Es, más bien, el político moldeado en una cultura donde las relaciones importan tanto como las normas.

Donde la confianza vale tanto como un currículo y donde el aparato no es una abstracción, sino una red concreta de nombres, accesos y teléfonos. Iceta no inventó esa política. La representa.

Porque lo que su recorrido deja al descubierto no es sólo la resistencia de un hombre, sino también una forma de hacer política. La del profesional total. La del cuadro que nunca termina de irse. La del dirigente que convierte la ambigüedad en instrumento, el pacto en coartada, la moderación en estética y la supervivencia en programa.

Del ‘café para todos’ a la ‘nación para todos’: Iceta admite que podría haber hasta diecisiete

Quien nunca se fue

Iceta ha sido muchas cosas: militante precoz, diputado, asesor de Moncloa, portavoz, líder del PSC, ministro, embajador. Pero por debajo de todos esos cargos hay una identidad más profunda y más constante: la del hombre que siempre supo cómo seguir.

Quizá por eso resulta tan revelador el contraste entre dos de sus frases. Una: "Soy buena gente, sensible, muy autosuficiente, e intento sacarle partido a la vida". La otra: "Más que mentir, no he dicho todo lo que pensaba".

Entre ambas cabe, probablemente, toda su biografía. La sensibilidad y la reserva. La humanidad y el cálculo. La exposición amable y el repliegue táctico.

Iceta como un hombre que parece contarse, pero nunca del todo; que parece definirse, pero siempre deja una salida abierta; que parece estar al borde de la caída y, sin embargo, encuentra la forma de quedarse.

EL ESPAÑOL se puso en contacto con Miquel Iceta para solicitar una entrevista con motivo de este perfil. El exministro respondió por correo electrónico agradeciendo el interés, pero declinó participar.

Alegó que desde que ejerce sus funciones como embajador delegado permanente de España ante la UNESCO no concede entrevistas personales y remitió a dos páginas web elaboradas por él mismo: una dedicada a su biografía política y otra a su trayectoria en el Gobierno.

Miquel Iceta, entonces ministro de Cultura y responsable de Memoria Democrática, durante la presentación del documental del PSOE "Tras los pasos de la memoria", en Madrid, el 13 de diciembre de 2022. A esas alturas, tras más de cuatro décadas en el aparato socialista, Iceta era ya una de las figuras más reconocibles —y también más discutidas— del viejo engranaje del partido. Ricardo Rubio / EP.

En esa mezcla de sinceridad parcial y opacidad funcional hay algo muy español, muy de partido viejo, muy de generación forjada entre congresos, despachos y crisis sucesivas. Iceta pertenece a una estirpe política que tal vez se extingue: la de quienes hicieron del partido una casa total y de la negociación un modo de existencia.

Pero también pertenece a otra tradición menos noble. La de los dirigentes que, a fuerza de adaptarse a cada coyuntura, terminan convertidos en la suma de sus acomodos.

No será recordado como un gran constructor de época. Tampoco como un orador arrebatador ni como un reformador de trazo grueso. Ni siquiera como un líder electoral capaz de arrastrar a las masas.

Será recordado, probablemente, por algo distinto: haber atravesado todos los ciclos sin quedar nunca del todo fuera de la fotografía. Por haber encontrado siempre un lugar desde el que seguir dentro.

"Era gay y bailó", quiso escribir en su propia lápida imaginaria. Puede que sea una buena ocurrencia. También una coartada simpática. Porque la biografía política de Miquel Iceta no es sólo la de un hombre que bailó en campaña o citó haikus en entrevistas.

Es también la de un dirigente que fue ajustando su posición a cada cambio de viento: del felipismo al sanchismo, del federalismo retórico al apoyo del 155, del Parlament al ministerio y del ministerio a un destino diplomático en París.

No transformó el país. Tampoco perdió nunca del todo el sitio. Iceta hizo otra cosa. Aprendió a acomodarse en cada nueva estación del poder. Y en la política española de las últimas décadas, ese talento —el de no caer nunca demasiado lejos del cargo— ha sido una forma muy eficaz de éxito.

  1. PSOE (Partido Socialista Obrero Español)
  2. Miquel Iceta
  3. PSC
  4. Pedro Sánchez
  5. Felipe González
  6. París
  7. UNESCO
  8. Porfolio
  9. Koldo García Izaguirre
  10. reportajes-newsletter

NEWSLETTER - REPORTAJES

Una selección de los reportajes más leídos todos los domingos en tu correo Apuntarme De conformidad con el RGPD y la LOPDGDD, EL LEÓN DE EL ESPAÑOL PUBLICACIONES, S.A. tratará los datos facilitados con la finalidad de remitirle noticias de actualidad.
    Fuente original: Leer en El Español
    Compartir