En 1964, Estados Unidos canceló el Project Pluto después de demostrar que funcionaba por una razón muy simple: el misil dejaba un rastro radiactivo a su paso y no había un lugar “seguro” donde probarlo. Medio siglo después, Rusia ha decidido volver justo a esa idea que incluso Washington consideró demasiado extrema.
El apodo toma forma. Lo contamos hace unos meses. Durante años el Burevestnik fue casi una leyenda tecnológica, uno de esos “supermisiles” que Putin presentó en 2018 envuelto en misterio y propaganda. Se intuía que era peligroso por una razón simple: un reactor nuclear metido dentro de un misil nunca podía ser limpio ni fácil de controlar. Pero ahora el nuevo análisis de científicos del MIT pone números y lógica a ese temor, y la conclusión es más inquietante de lo esperado.
No estamos hablando solo de un misil nuclear en el sentido clásico (uno que transporta una ojiva), sino de un misil que convierte todo su propio vuelo en una forma de contaminación radiactiva. Si la idea popular era la de un “Chernóbil volador” (el apodo es usado por expertos de control de armas recordando el coste físico del concepto), el problema real es que podría ser algo peor: un reactor en movimiento liberando residuos durante toda su trayectoria.
La obsesión de la Guerra Fría. El concepto no es nuevo. En los años cincuenta, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética jugaron con reactores embarcados en aviones estratégicos como el Convair B-36 Peacemaker y el Tupolev Tu-95, aunque nunca llegaron a impulsar realmente sus motores. El gran salto fue el Project Pluto, un programa estadounidense para crear un misil supersónico de alcance casi ilimitado que volaría a baja altura sembrando destrucción nuclear.
El proyecto fue técnicamente viable, pero tan brutal y contaminante que terminó abandonado. Esa es la clave histórica: Occidente dejó atrás esta idea no porque fuera imposible, sino porque entendió demasiado bien sus implicaciones.
Cómo funciona realmente el monstruo. El gran avance del estudio del MIT es explicar cómo se mueve de verdad el Burevestnik. No usa el viejo concepto de ramjet de Pluto, sino algo aún más compacto: un turbojet de ciclo directo. El sistema es casi salvaje en su simplicidad. El aire entra desde la atmósfera, atraviesa directamente el núcleo del reactor, se calienta con la fisión y sale expulsado para generar empuje.
Eso permite reducir peso y tamaño, haciendo posible meter todo el reactor dentro de un misil de apenas 9,5 metros. Pero esa eficiencia tiene una contrapartida terrible: el aire que entra limpio sale contaminado. Cada segundo de vuelo convierte al misil en una chimenea nuclear que va esparciendo isótopos radiactivos sobre el terreno y la atmósfera.
El rastro tóxico que lo cambia todo. Aquí está el gran giro. Un misil nuclear convencional es letal cuando impacta. El Burevestnik empieza a ser peligroso mucho antes de llegar a su objetivo. Según los investigadores, su escape estaría cargado con argón, criptón y carbono radiactivo, además de partículas generadas por la erosión progresiva del reactor bajo calor extremo y presión constante.
Cuanto más tiempo permanece en el aire, más material libera. Es una inversión completa del concepto clásico de arma estratégica: ya no es solo la explosión final, sino todo el trayecto. En la práctica, cada misión podría dejar un corredor de contaminación detrás de sí, convirtiendo el simple tránsito del misil en un evento radiológico.
Accidentes que ya apuntaban a esto. Las señales estaban ahí desde hace años. Recordaban los analistas de TWZ que después de la revelación pública del programa, la organización ambiental Bellona Foundation detectó picos de radiación en el Ártico vinculados a posibles pruebas. Después llegó la pérdida de un prototipo en el mar y, en 2019, la explosión en el Mar Blanco que mató a cinco científicos de Rosatom.
La hipótesis del MIT es demoledora: ese reactor recuperado del fondo pudo reactivarse al ser izado, provocando la explosión. Lo que entonces parecía un accidente aislado hoy encaja dentro de una cadena lógica de problemas asociados a manipular un reactor nuclear miniaturizado y expuesto.
La ventaja estratégica y sus límites. La razón de ser del Burevestnik es clara: alcance casi ilimitado. Puede lanzarse desde el Ártico, permanecer horas o incluso días en vuelo y atacar desde vectores imposibles, esquivando radares y redes de alerta tradicionales. Esa imprevisibilidad obliga a repensar la defensa aérea, especialmente en capas espaciales capaces de seguir objetivos de baja cota.
Con todo, esa ventaja viene acompañada de debilidades evidentes. Es subsónico, poco sigiloso y, paradójicamente, fácil de rastrear por su propia firma o señal radiactiva. Plus: el reactor se degrada mientras funciona, lo que pone en duda la propia promesa de “alcance infinito”.
En Xataka
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Más laboratorio que arma por ahora. Todo esto lleva a una conclusión ciertamente incómoda: quizá el Burevestnik importa menos como arma que como experimento. Rusia puede estar usando este programa para validar tecnologías que luego aplicarían a drones de vigilancia nucleares o plataformas espaciales mucho más útiles militarmente. También cabe la posibilidad de que sea una obsesión personal de Putin, fascinado por la idea de una máquina que puede volar casi sin límite.
Sea cual sea el motivo, el resultado es el mismo: Rusia ha conseguido algo que nadie había logrado, el primer vuelo sostenido de un aparato realmente propulsado por energía nuclear. El problema es que el precio de ese logro puede ser haber resucitado una tecnología que la Guerra Fría enterró precisamente porque era demasiado peligrosa incluso para sus propios creadores.
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La noticia
Intuíamos que el “Chernóbil volador” de Rusia era un misil nuclear peligroso. El MIT acaba de confirmar que es mucho peor
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
.
Intuíamos que el “Chernóbil volador” de Rusia era un misil nuclear peligroso. El MIT acaba de confirmar que es mucho peor
De hecho, es posible que incluso sea el preámbulo de algo diferente y que el Burevestnik importe menos como arma que como experimento
En 1964, Estados Unidos canceló el Project Pluto después de demostrar que funcionaba por una razón muy simple: el misil dejaba un rastro radiactivo a su paso y no había un lugar “seguro” donde probarlo. Medio siglo después, Rusia ha decidido volver justo a esa idea que incluso Washington consideró demasiado extrema.
El apodo toma forma. Lo contamos hace unos meses. Durante años el Burevestnik fue casi una leyenda tecnológica, uno de esos “supermisiles” que Putin presentó en 2018 envuelto en misterio y propaganda. Se intuía que era peligroso por una razón simple: un reactor nuclear metido dentro de un misil nunca podía ser limpio ni fácil de controlar. Pero ahora el nuevo análisis de científicos del MIT pone números y lógica a ese temor, y la conclusión es más inquietante de lo esperado.
No estamos hablando solo de un misil nuclear en el sentido clásico (uno que transporta una ojiva), sino de un misil que convierte todo su propio vuelo en una forma de contaminación radiactiva. Si la idea popular era la de un “Chernóbil volador” (el apodo es usado por expertos de control de armas recordando el coste físico del concepto), el problema real es que podría ser algo peor: un reactor en movimiento liberando residuos durante toda su trayectoria.
La obsesión de la Guerra Fría. El concepto no es nuevo. En los años cincuenta, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética jugaron con reactores embarcados en aviones estratégicos como el Convair B-36 Peacemaker y el Tupolev Tu-95, aunque nunca llegaron a impulsar realmente sus motores. El gran salto fue el Project Pluto, un programa estadounidense para crear un misil supersónico de alcance casi ilimitado que volaría a baja altura sembrando destrucción nuclear.
El proyecto fue técnicamente viable, pero tan brutal y contaminante que terminó abandonado. Esa es la clave histórica: Occidente dejó atrás esta idea no porque fuera imposible, sino porque entendió demasiado bien sus implicaciones.
Cómo funciona realmente el monstruo. El gran avance del estudio del MIT es explicar cómo se mueve de verdad el Burevestnik. No usa el viejo concepto de ramjet de Pluto, sino algo aún más compacto: un turbojet de ciclo directo. El sistema es casi salvaje en su simplicidad. El aire entra desde la atmósfera, atraviesa directamente el núcleo del reactor, se calienta con la fisión y sale expulsado para generar empuje.
Eso permite reducir peso y tamaño, haciendo posible meter todo el reactor dentro de un misil de apenas 9,5 metros. Pero esa eficiencia tiene una contrapartida terrible: el aire que entra limpio sale contaminado. Cada segundo de vuelo convierte al misil en una chimenea nuclear que va esparciendo isótopos radiactivos sobre el terreno y la atmósfera.
El rastro tóxico que lo cambia todo. Aquí está el gran giro. Un misil nuclear convencional es letal cuando impacta. El Burevestnik empieza a ser peligroso mucho antes de llegar a su objetivo. Según los investigadores, su escape estaría cargado con argón, criptón y carbono radiactivo, además de partículas generadas por la erosión progresiva del reactor bajo calor extremo y presión constante.
Cuanto más tiempo permanece en el aire, más material libera. Es una inversión completa del concepto clásico de arma estratégica: ya no es solo la explosión final, sino todo el trayecto. En la práctica, cada misión podría dejar un corredor de contaminación detrás de sí, convirtiendo el simple tránsito del misil en un evento radiológico.
Accidentes que ya apuntaban a esto. Las señales estaban ahí desde hace años. Recordaban los analistas de TWZ que después de la revelación pública del programa, la organización ambiental Bellona Foundation detectó picos de radiación en el Ártico vinculados a posibles pruebas. Después llegó la pérdida de un prototipo en el mar y, en 2019, la explosión en el Mar Blanco que mató a cinco científicos de Rosatom.
La hipótesis del MIT es demoledora: ese reactor recuperado del fondo pudo reactivarse al ser izado, provocando la explosión. Lo que entonces parecía un accidente aislado hoy encaja dentro de una cadena lógica de problemas asociados a manipular un reactor nuclear miniaturizado y expuesto.
La ventaja estratégica y sus límites. La razón de ser del Burevestnik es clara: alcance casi ilimitado. Puede lanzarse desde el Ártico, permanecer horas o incluso días en vuelo y atacar desde vectores imposibles, esquivando radares y redes de alerta tradicionales. Esa imprevisibilidad obliga a repensar la defensa aérea, especialmente en capas espaciales capaces de seguir objetivos de baja cota.
Con todo, esa ventaja viene acompañada de debilidades evidentes. Es subsónico, poco sigiloso y, paradójicamente, fácil de rastrear por su propia firma o señal radiactiva. Plus: el reactor se degrada mientras funciona, lo que pone en duda la propia promesa de “alcance infinito”.
Más laboratorio que arma por ahora. Todo esto lleva a una conclusión ciertamente incómoda: quizá el Burevestnik importa menos como arma que como experimento. Rusia puede estar usando este programa para validar tecnologías que luego aplicarían a drones de vigilancia nucleares o plataformas espaciales mucho más útiles militarmente. También cabe la posibilidad de que sea una obsesión personal de Putin, fascinado por la idea de una máquina que puede volar casi sin límite.
Sea cual sea el motivo, el resultado es el mismo: Rusia ha conseguido algo que nadie había logrado, el primer vuelo sostenido de un aparato realmente propulsado por energía nuclear. El problema es que el precio de ese logro puede ser haber resucitado una tecnología que la Guerra Fría enterró precisamente porque era demasiado peligrosa incluso para sus propios creadores.