- GILLIAN TETT
Aunque copiar las inversiones de Trump y otras élites políticas es una posible táctica, conlleva riesgos.
¿Importan mil millones de dólares? Para un seguidor de Trump, la respuesta es: "En realidad, no".
Cuando esta semana se supo que el presidente Donald Trump ganó más de 1.000 millones de dólares en 2025 gracias a inversiones en criptomonedas, sector inmobiliario y acciones, la Casa Blanca insistió en que todo era legal.
Posiblemente. Pero esto resulta (en el mejor de los casos) inapropiado, dado que Trump también supervisa políticas en esas áreas. También se conoció hace poco que la familia Trump está invirtiendo en minería kazaja en otro acuerdo que parece mezclar negocios públicos y personales.
Esto provocó indignación en la izquierda, y también en algunos sectores de la derecha. "El descaro lleva esto a otro nivel", lamenta Heather Boushey, asesora de la Casa Blanca durante la anterior administración demócrata. O como afirma el Instituto Cato, de tendencia libertaria, "ningún presidente en la historia de la república ha emitido tantas órdenes ejecutivas manifiestamente inconstitucionales ni ha desafiado con tanta desfachatez a los tribunales federales, incluida la Corte Suprema". ¡Vaya!
Los politólogos hablarán de todo esto durante años. Pero, ¿deberían preocuparse también los inversores?
A primera vista, podría parecer que no. Al fin y al cabo, la bolsa en EEUU se ha disparado durante la presidencia de Trump. Y pocos financieros mencionan públicamente esa palabra tan desagradable: corrupción; o, sospecho, en los comités de inversión privados.
Pero Matt King, ex analista sénior de Citi, cree que esto es un grave error. Ahora dirige la consultora Satori y argumentó en un informe reciente que los inversores deben reflexionar sobre todo esto. "Estamos atrapados en esta aparente deriva estructural hacia la ilegalidad. No se trata solo de una observación de la ciencia política. También es una observación de inversión", afirma.
La razón es que King ve a Trump como el síntoma de una larga y silenciosa erosión de las normas jurídicas de Estados Unidos desde 2014. Y esto afecta a algo más que solo Estados Unidos.
El orden internacional basado en normas se ha desmoronado en todo el mundo, al igual que organismos como la ONU y la Organización Mundial del Comercio. Mientras tanto, la democracia está en retroceso. El Índice de Transformación de Bertelsmann señala que "dos tercios de los países encuestados desde 2006 son menos democráticos hoy en día" y que "el Estado de derecho, las libertades políticas y la competencia justa se siguen debilitando".
Algunos atribuyen esto a la pérdida de confianza: una encuesta de Pew muestra que solo el 17% de los estadounidenses confía en el Gobierno ahora frente al 77% de hace seis décadas. Pero para King, la causa fundamental es la falta de un gobierno eficaz en muchas democracias. Esto anima a los votantes a apoyar a un líder autoritario que afirma que necesita ignorar las leyes, el Congreso o los parlamentos para obtener resultados.
O, por mencionar a Sir Tony Blair, ex primer ministro del Reino Unido, "El desafío de la democracia no reside en la transparencia, la honestidad ni las teorías conspirativas sobre el poder oculto de las élites. Reside en... la capacidad de lograr grandes cosas".
Así las cosas, ¿Qué deberían hacer entonces los inversores? Una respuesta sensata a nivel macro sería (re)leer el trabajo de los economistas Daron Acemoglu, James Robinson y Simon Johnson; analizaron datos históricos y demostraron que las instituciones basadas en normas generaban un mayor crecimiento económico que aquellas regidas por el capricho autocrático. Incluso si la anarquía produce un boom económico repentino, existe un costo a largo plazo.
Pero otra táctica a nivel micro está siendo empleada por algunos hedge funds que, discretamente, copian las inversiones de las élites políticas. "Si la familia Trump está ahí, todo irá sobre ruedas", me comentó hace poco un gestor de hedge funds. Podríamos llamarlo inversión tribal, en contraposición a una estrategia basada en fundamentos o en el impulso.
Sin embargo, el tribalismo no está exento de riesgos. "Con la conexión política adecuada, nuestras acciones se multiplican por diez", afirma King. "Pero si nosotros o el líder que hayamos elegido caen en desgracia, se desploman". El destino de 4iG en Hungría o Alibaba en China ilustra este punto.
Así pues, King concluye que los inversores deberían desconfiar de los bonos en un mundo sin ley, ya que su "límite mínimo" —o tasas de recuperación— puede desaparecer con cualquier cambio político. Incluso los instrumentos de renta fija a largo plazo, supuestamente "seguros", son peligrosos, puesto que si el estado de derecho se debilita, los prestatarios podrían sentir menos presión para pagar sus deudas.
Sin embargo, "las acciones pueden tener una buena evolución en un mundo sin ley, sobre todo si cuentan con activos reales, poder de fijación de precios o las conexiones adecuadas", añade. En ese sentido, también parece inteligente comprar opciones que generen ganancias si una acción se dispara inesperadamente al ser respaldada por la élite política.
Otros analistas podrían discrepar o preferir basar su estrategia de inversión en temas como la seguridad nacional. Muchos financieros también creen —o esperan— que esta anarquía sea un bache temporal que pronto se revertirá; después de todo, los republicanos estadounidenses solían definir su partido por el estado de derecho y la Corte Suprema ha cuestionado hace poco algunos de los planes de Trump.
Espero que tengan razón. Detesto esta anarquía y esta arbitrariedad política, pero, nos desagrade o no, no podemos hacer que desaparezca por arte de magia. Así que, en el 250 aniversario de esta gran república, lamentemos el retroceso de los ideales estadounidenses y reconozcamos que esto no es solo una historia política, sino también una saga de los mercados de capitales. No se puede pasar por alto.
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