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Irresistible encanto

Irresistible encanto
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Pequeñas infamias

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Carmen Posadas

22/05/2026 a las 11:47h.

La inteligencia artificial ha descubierto lo que realmente buscamos en una pareja. Y no, no es un ser fascinante y misterioso al estilo de los ... personajes que retrataron los novelistas del siglo XIX, como Catherine o Heathcliff, de Cumbres borrascosas. Tampoco un aventurero duro pero tierno a lo Pérez-Reverte ni una diosa inasible como Elena de Troya. Los escritores de todos los tiempos no tenían ni idea. Lo que realmente buscamos todos es a alguien que nos haga la pelota sin fin, que cada mañana, espejito, espejito lindo, nos diga que somos la más guapa/el más sexy/la más inteligente/el más irresistible.

La IA ofrece consuelo, comprensión y amor, aunque sean sintéticos. Hay que aprender de los que saben

Y no se acaba aquí la lista de deseos ni la barra libre porque también se pueden programar su personalidad, sus aficiones y sus gustos. Que sea deportista, por ejemplo, o intelectual, coleccionista de arte, experto en viajes, en gastronomía, en sexo tántrico, en papiroflexia… El cielo es el límite y la variedad, infinita. Aunque eso sí, por muy variados que sean todos estos hombres y mujeres pluscuamperfectos que anidan en nuestras pantallas, todos tienen un rasgo en común. Están programados para hacernos la ola, masajearnos el ego y lisonjearnos hasta la náusea.

Además, a diferencia de los amantes de carne y hueso, los virtuales están disponibles 24/7, jamás protestan o se enfadan y –muy importante– no juzgan. Por eso, podemos contarles nuestros más oscuros e inconfesables deseos, hasta los más atroces, porque ellos comprenden sin fin, aman sin fin, perdonan sin fin y, pase lo que pase, son fieles hasta que la muerte (o el apocalipsis digital) nos separe.

Vistas tan imbatibles virtudes no sorprende saber que un tercio de los encuestados en un rango de 13 a 18 años en los Estados Unidos diga que interactuar con amigos virtuales es más satisfactorio que hacerlo con otros de carne y hueso. Incluso muchos de ellos acaban creyendo que sus bots de alguna manera piensan y los comprenden. En este artículo no voy a hablar de los peligros de la lA en lo que se refiere a las relaciones personales. Todos los conocemos: desconexión de la realidad, ensimismamiento, solipsismo, problemas para socializar. Incluso –y como lamentablemente ocurre cada vez más a menudo– una dependencia tal de estos amigos o amantes inexistentes han llevado a personas vulnerables a la depresión e incluso al suicidio. Es muy lamentable y alarmante, pero estos peligros ya los he comentado con ustedes en un artículo reciente.

En lo que hoy me quería detener es en lo que podemos aprender de la IA con respecto a las relaciones humanas. Saber, por ejemplo, que actitudes y comportamientos que nuestra especie considera fundamentales en los ritos de apareamiento como desplegar encantos, sacar pecho o pavonearse (algo que, por cierto, hacen también los animales) no son tan eficaces como mostrarse servicial, adulador y sicofante, que dicho con un anglicismo suena más cool. Como las palabras nunca son inocentes, este término, que en español significa 'impostor' y 'calumniador', ahora está adoptando el significado inglés, que es el de 'adulador sin tasa'.

Para alguien como yo, a quien siempre le ha dado una vergüenza mortal recurrir al peloteo, el éxito del sicofantismo (valga el palabro) me ha dado que pensar. Sobre todo, porque la IA está demostrando que comprende la psique humana mejor que Shakespeare, Cervantes y Freud juntos (nada más natural, ellos no tenían acceso al big data) descubriendo el irresistible encanto del peloteo. ¿Y cómo no lo va a tener? El mundo está cada vez más complicado, la gente menos de fiar, las normas y leyes que regían la convivencia y los cánones de conducta han saltado por los aires. La IA, en cambio, ofrece consuelo, comprensión y amor, aunque sean sintéticos. Hay que aprender de los que saben. No digo yo que vaya a volverme igual de sicofanta que esos William Levy y Sharon Stone virtuales que tanto enamoran. Pero sí pienso prestar bastante más atención al noble arte de dorar la píldora.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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