La escritora malagueña publica 'El mal de la risa', una novela atravesada por los cuidados, la vejez y su capacidad de encontrar alegría en medio de la adversidad
Regala esta noticia Añádenos en Google Bono, en la redacción de SUR. (Ñito Salas) 13/06/2026 a las 00:08h.La anécdota del jurado de un concurso de microrrelatos la retrata bastante bien. Mientras los demás autores preguntaban por honorarios o carga de trabajo, Isabel ... Bono (Málaga, 1964) sólo quiso asegurarse de una cosa: que no hubiera «trampa ni cartón». Buena parte de esa franqueza y de esa alergia a la impostura atraviesa también su literatura. Ganadora del premio Café de Gijón por 'Una casa en Bleturge', Bono ha construido una obra singular, a medio camino entre la poesía y la narrativa, siempre atenta a los gestos y detalles que suelen pasar desapercibidos. Ahora regresa a la novela con 'El mal de la risa', la historia de una mujer que llega a la vejez sin pareja ni hijos pero a quien aún le espera una última responsabilidad: cuidar de quienes la rodean. Un asunto, los cuidados, que ella conoce de primera mano desde hace años.
–Practica lo que yo llamo la filosofía del bah. La vida no es para tanto. La muerte tampoco es para tanto. Creo que siempre he intentado relativizar las pequeñas cosas que nos pasan y que nos molestan muchísimo. Hay que aprender a convertir lo triste cotidiano en algo mínimamente divertido.
–Este libro nace en parte de su experiencia cuidando de sus padres.
–Sí. Llevo cuatro años cuidándolos. Empecé a escribir el libro en junio de 2021 y, menos de un año después, tuve que empezar a cuidar de ellos. Fue una suerte para la novela. Yo ya tenía una voz en la cabeza, una mujer mayor que me iba dictando cosas. La llamo 'la vieja'. No sabía quién era ni qué vida tenía; simplemente la escuchaba. Y de pronto me encontré viviendo situaciones que alimentaban todo aquello.
–¿Qué ha aprendido durante estos años?
–Pues he aprendido cosas prácticas, sobre todo: mover a una persona de una cama a una silla, cambiar una cama con alguien dentro, cambiar pañales, lavar a una persona en la cama... Pero eso no es lo importante. Lo importante es la paciencia. Y la compasión.
–Una palabra que hoy parece haberse vuelto sospechosa.
–Porque se confunde con la condescendencia. Pero no tiene nada que ver. La compasión es empatía. Es mirar a una persona de 99 años cuando estás a punto de perder la paciencia y recordarte quién tienes delante. Mi padre, por ejemplo, puede preguntarme veinte veces lo mismo. «¿Vienes mañana?». «No». «¿Entonces mañana no vienes?». «No». «¿Y qué día es hoy?». «Martes». «Entonces vienes el miércoles». Y así una y otra vez. Hay personas que a la segunda pregunta ya se enfadan. Yo intento aguantar cien.
–¿Qué es lo más difícil?
–Cuidar no. Lo duro es ver el deterioro... (Se rompe). Ver sufrir a las personas que quieres.
–Y, sin embargo, en el libro hay mucho humor.
–Porque o te subes por las paredes o te mueres de risa. No hay más remedio que intentar convertir ciertas situaciones cotidianas en algo soportable. Mi madre también ayuda mucho. Es una gamberra. Cuando llega la hora de acostarse y le digo que hay que ir a la cama, me amenaza con cantarme el 'Cara al sol'. Y me la llevo por el pasillo mientras ella va cantando con el brazo en alto para fastidiarme.
«Nunca he esperado nada. Y como no esperaba nada, todo lo que me encuentro lo celebro. Por eso digo que soy la pesimista más feliz del mundo»
–En la novela también hay una reflexión sobre las expectativas.
–Porque gran parte de la infelicidad viene de ahí. Mi padre dice a menudo que la vida es una estafa. Y yo le pregunto quién lo ha estafado. Lo que pasa es que él esperaba mucho de la vida. Es un romántico de verdad. Eligió un camino seguro y ahora mira atrás con cierta frustración. Yo soy justo al revés. No esperaba nada. Y como no esperaba nada, todo lo que me encuentro lo celebro. Por eso digo que soy la pesimista más feliz del mundo, pero no lo pongas de titular porque ya lo han publicado. Lo malo que llega tenía que llegar. Y lo bueno lo celebro muchísimo.
–¿La escritura sirve para soportar mejor todo eso?
–Cualquier cosa que haya escrito me ha salvado de volverme loca. El mundo es para volverse loco. Cuando cuentas algo, cuando le das unas cuantas vueltas de tuerca, lo transformas. Lo alejas de ti. Lo ves en el papel y ya no te está pasando exactamente a ti. Además, observar es una de las cosas que más me gustan. En una parada de autobús puedes escuchar conversaciones maravillosas. Vas recogiendo cosas y luego las transformas. Ahí empieza la literatura.
–¿Quién cuida de los cuidadores?
–Los amigos. Y mi marido, sobre todo. Lleva cuatro años sin vacaciones y sin quejarse de nada. (Se emociona). También me cuidan los amigos que me cuentan historias, que me acompañan, que aparecen incluso en mis libros. Al final te salva cualquier cosa: salir a la calle y que huela bien, una conversación escuchada al azar, una tontería cualquiera…
«La muerte forma parte de la vida, es natural. Lo terrible es el deterioro»
–En cualquier conversación con usted aparece varias veces Antonio Muñoz Quintana.
–Porque sigue aquí. Todo el tiempo. Yo escribo como si lo tuviera detrás de mí. Leo todo en voz alta. Y si algo me suena demasiado sentimental o demasiado fácil, enseguida escucho su voz: «Bono, por ahí no». Lo sigo utilizando para todo. Es mi editor fantasma. Lo único que me da pena es que se esté perdiendo cosas. Cuando publico un libro nuevo o pasa algo bonito, pienso que él debería estar aquí para verlo. Era una persona con la que celebraba cualquier pequeña alegría.
–La muerte aparece en el libro pero nunca desde un lugar solemne.
–Porque en mi casa los muertos siguen formando parte de la vida. Mi madre habla de los suyos constantemente. Nosotros también. Es una forma de que continúen con nosotros. Y, además, la muerte me parece algo natural. Lo terrible es el sufrimiento. Lo terrible es el deterioro. Pero la muerte forma parte de la vida.
–¿De dónde surge el título, 'El mal de la risa'?
–Al principio la novela iba a llamarse 'Bah'. Me parecía un título perfecto. Pero me dijeron que ningún librero iba a saber defender un libro con ese título. Entonces apareció una fotografía. Una imagen maravillosa de una mujer riéndose. La vi y pensé que alguien debería escribir un libro solo para poder usar esa portada. A partir de ahí llegó también el título. Tiene algo de homenaje a Marguerite Duras y a 'El mal de la muerte'. Y me ayudó a entender una escena fundamental de la novela.
–¿Hay algún día que pase sin reírse?
–Creo que no. Tengo una costumbre muy ridícula. Todas las noches, antes de dormir, intento encontrar algo que me permita pensar: «Qué suerte tengo». Da igual lo pequeño que sea. Una conversación escuchada en la calle. Una hormiga cargando algo enorme. Cualquier detalle. No sabemos la suerte que tenemos de ser testigos de las cosas que pasan a nuestro alrededor. Y a mí me gusta recordarlo antes de cerrar los ojos.
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