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Janne Teller, escritora: "Durante décadas, Dinamarca ha sido muy fiel a EEUU. Por eso choca tanto la amenaza de Trump"

Janne Teller, escritora: "Durante décadas, Dinamarca ha sido muy fiel a EEUU. Por eso choca tanto la amenaza de Trump"
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Copenhaguesa, exdiplomática y autora reconocida, presenta una novela que mezcla la política más candente con un conflicto "muy humano" por resolver. Más información: Aliyeh Ataei, autora iraní: "No se encontrará paz en la literatura que escriben las mujeres de Oriente Medio"

Retrato de la autora. Cedida Les Kaner

Protagonistas Janne Teller, escritora: "Durante décadas, Dinamarca ha sido muy fiel a EEUU. Por eso choca tanto la amenaza de Trump"

Copenhaguesa, exdiplomática y autora reconocida, presenta una novela que mezcla la política más candente con un conflicto "muy humano" por resolver.

Más información: Aliyeh Ataei, autora iraní: "No se encontrará paz en la literatura que escriben las mujeres de Oriente Medio"

Publicada 12 febrero 2026 06:42h

¿Qué queda de la justicia cuando el sistema fracasa y los muertos no pueden hablar? Janne Teller (Copenhague, 1964) lleva 20 años dando vueltas a esa pregunta y hace cuatro meses la convirtió en una novela. Precisamente recibe el nombre de Justicia (Seix Barral, 2025) y se publica mientras el mundo asiste en directo a un gran reajuste del orden internacional.

La ofensiva en Gaza y Ucrania, el potencial colapso financiero de Naciones Unidas y el afán de Donald Trump por comprar Groenlandia como si fuese una casilla de Monopoly. La danesa habla de esos temas tal y como cabía esperarse que lo hiciera: sin filtros, pues es escritora; con dureza, la propia de una activista; y apelando a la paz, como diplomática que un día fue.

Antes de convertirse en una voz singular en el paisaje de las letras europeas—su obra Nada (2011) goza de vasto reconocimiento y sus libros filosóficos han provocado encendidos debates que se extienden fuera de su tierra—, trabajó para la ONU hasta 1995, participando en la resolución de conflictos humanitarios en lugares como Tanzania, Mozambique y Bangladés.

Patricia Simón, reportera: "Las protestas contra el genocidio en Gaza han devuelto la conciencia de que sí sirve manifestarse"

De esa experiencia nace su convicción de que, a veces, "el precio de la paz, a corto plazo, es la justicia", y también la trama de su última obra. Es la historia de Teodor Merlin, un alto diplomático que, incapaz de aceptar la versión oficial sobre la muerte de su hija en una misión de paz en Oriente Medio, se lanza a una búsqueda desesperada de verdad y reparación.

Es un relato desgarrador. Una operación de introspección sin anestesia. Un libro en el que la autora coloca al protagonista —y con él, a todos los lectores que le acompañan en su descubrimiento— frente al dilema más extremo: matar o no al hombre al que considera responsable del fallecimiento de su ser querido.

La entrevista tiene lugar por videollamada. La tarde era lluviosa en Madrid pero, por suerte, las gotas no traspasan la pantalla en Copenhague. De vez en cuando el agua da tregua a los escandinavos, quienes, pese al clima, siempre parecen tener ánimo de sonreír y ser amables. Teller no pone límite de tiempo y asegura que recibirá encantada todas las preguntas. Así sea.

En Justicia, usted toma un conflicto muy vigente de fondo y lo concentra en la relación entre un padre y una hija, en una familia concreta. ¿Cómo definiría el corazón de esta historia y qué quería poner en juego con ella?

Este relato plantea qué ocurre cuando nos enfrentamos a una injusticia. Es una pregunta humana que nos afecta a todos. Es la historia de un padre, un extrabajador de Naciones Unidas que ha perdido a su hija unos años antes en lo que él cree que fue un accidente, cuando ella participaba en una protesta contra el muro que construye Israel hacia Palestina.

Emprende una búsqueda hasta lo que él considera la verdad y, a partir de ahí, la gran pregunta pasa a ser si debería acabar o no con la vida del presunto culpable. Esa es de nuevo la cuestión: qué podemos hacer cuando no obtenemos justicia en el sistema legal, qué hace uno como persona. Esa es la fuerza que mueve el libro.​

El padre cree en la negociación lenta, en los pasillos de la ONU; la hija, en cambio, en la urgencia del activismo, en ponerse delante del muro. ¿Qué le interesaba de ese choque entre dos maneras de intentar cambiar el mundo y con cuál se reconoce más?

Son, por supuesto, dos lados de mí misma. Admiro mucho a Joanna: su valentía, su radicalidad al luchar por lo que cree y arriesgar su vida por ello. Pero al mismo tiempo creo que, para transformar algo de forma duradera, necesitamos la diplomacia y a los políticos. Lo que los activistas pueden hacer es poner un tema en la agenda, incluso en lo más alto de la misma.

Mencionemos a Greta Thunberg y a todos los jóvenes que luchan por el clima. Cuando empezaron a protestar, no es que los Gobiernos fueran ajenos al problema; simplemente no era una prioridad. Gracias a que salieron a la calle, muchas leyes han cambiado y se están implementando. Seguimos lejos del objetivo adecuado, pero sin ellos lo estaríamos más aún.

Sin embargo, estos chicos no pueden hacer las leyes; ahí es donde necesitamos a las administraciones. Por eso me siento cercana a los dos personajes. El padre, que comienza como un diplomático muy encerrado en sí mismo, con su traje, distanciado de sus emociones porque nunca afrontó su duelo, se vuelve más humano conforme se acerca a sus sentimientos.

Pero también se vuelve más falible, porque el proyecto que emprende es horrible. No tiene sed de venganza, sino de vindicación: considera que a su hija se la trató con una injusticia enorme y que nadie lo ha reconocido. Creo que es muy humano; la mayoría sentiría algo parecido. Eso no hace que sus actos sean correctos, pero sí los hace muy comprensibles.

La autora, fotografiada en un acto en Ramala, Cisjordania, en 2014. Cedida

Después de escribir Justicia, ¿qué representa para usted esa palabra?

Hay que mirarla de dos maneras. Está su dimensión legal, determinada por las leyes de cada país en cada momento, pero nunca es suficiente, ya sea porque a menudo depende del dinero o porque el sistema no funciona. Luego está la dimensión humana, que pasa por las relaciones entre las personas. Tenemos un sentido de lo que es justo, y eso me interesa más.

Hay diferentes formas de lograr esa equidad y no siempre son legales. Ahora lo vemos con los archivos de Epstein: ya hay líderes a los que se ha relacionado con él que han dimitido. El diplomático y exministro británico Peter Mandelson ha sido apartado de su puesto de embajador en EEUU y está perdiendo apoyos.

No sé si le acusarán penalmente, pero su reputación ya está completamente arruinada. Y claro que eso nunca será suficiente para las víctimas ni compensará todo lo que han sufrido, pero la sociedad puede responsabilizar a alguien y hacerle asumir las consecuencias de sus actos, aunque no sea por la vía formal.

Escribir el libro me llevó a creer menos en la justicia legal y más en la humana. Creo que a veces basta con confrontar a alguien con lo que ha hecho. Si es una persona normal, no un psicópata, sentirá vergüenza. Y, por último, está la verdad, que es crucial: cuando esta se establece, a veces da una base desde la que seguir adelante.

La semana pasada estuve en Colombia y allí es evidente: para avanzar en el proceso de paz después de guerras horribles, mucha gente ha tenido que vivir con la injusticia de lo que les hicieron a ellos o a sus familiares: asesinatos, mutilaciones... Para resolver los conflictos se han dado amnistías a milicias, porque de otra forma no habría futuro para nadie.

Antes de dedicarse por completo a su carrera literaria trabajó para Naciones Unidas. Estuvo en Mozambique durante el proceso de paz, pero también fue testigo de fracasos en la antigua Yugoslavia. ¿Cómo han marcado estas experiencias su manera de pensar y escribir sobre conflicto y responsabilidad?

Vengo de una familia marcada por la contienda. Mi madre fue niña en Austria durante la Segunda Guerra Mundial y la enviaron con la Cruz Roja aquí, con 12 años y un cartel colgado al cuello para conseguir comida. Mi abuelo paterno, alemán, fue soldado en la Primera Guerra Mundial. Después ya no quiso seguir en el país y se fue andando a Dinamarca con 20 marcos.

Esa mezcla me enseñó que la conflagración cambia la vida de la gente corriente de una forma tremenda, a menudo en situaciones que no pueden controlar, ni siquiera cuando pertenecen al país agresor. Al entrar en la ONU ya me interesaba entender cómo evitar que los conflictos estallen y cómo resolverlos.

Estar en Mozambique en 1993-94, formando parte del proceso de paz tras 17 años de guerra civil, fue extraordinario. Hubo muchas turbulencias, pero funcionó. Vi los acuerdos injustos que a veces hay que aceptar para crear una base de paz. Tuvimos que pagar a soldados desmovilizados de ambos bandos para que no se quedaran con las armas y no se dedicaran a robar.

Era extremadamente injusto: había millones de refugiados y desplazados que merecían ese dinero o tierras, y no se les podía dar. No era completamente correcto, pero sirvió para evitar el conflicto y a la larga benefició a todos. Aprendí que, a corto plazo, el precio de la paz puede ser la justicia, aunque pueda merecer la pena y haya que sopesarlo.

Portada del libro editado por Seix Barral (2025).

Ha visto la ONU desde dentro en uno de sus 'casos de éxito' y ahora observa cómo parte de la ciudadanía la percibe como un símbolo impotente. ¿Puede ser considerada la organización un instrumento eficaz hoy?

Creo que está en una gran crisis, básicamente por Trump y el movimiento Make America Great Again en Estados Unidos. EEUU se ha retirado de 66 organismos internacionales, tratados y convenciones, además de alejarse de la OMS. Eso significa que, si hubiera una nueva pandemia, el país no formaría parte de los acuerdos que se hicieran en el plano internacional.

Además, está dejando de pagar a Naciones Unidas como antes, de modo que el sistema se está desmoronando. Se ha llegado a decir que la ONU podría ir a la bancarrota en julio si este u otros países no pagan, porque la deuda estadounidense es enorme.

Políticamente, con el plan que tiene preparado para Gaza —negociando al margen de esta, invitando a países que deben aportar millones para construir un moderno complejo turístico sobre los escombros, donde aún hay cadáveres— la situación es horrenda. Antes, diseñar e implementar la paz era tarea de la ONU. Era la única forma de tener una fuerza neutral.

El sistema internacional se ha roto, aunque tampoco era perfecto. Como dijo el primer ministro de Canadá en Davos, estaba diseñado para los países ricos. Los pobres nunca fueron realmente iguales dentro de Naciones Unidas. En la Asamblea General hay un país, un voto, pero en el Consejo de Seguridad vemos quién tiene derecho de veto.

A pesar de todo, Trump no estará para siempre y creo que hay conciencia por reconstruir algo nuevo y más justo. No podemos tener un mundo sin reglas básicas; la gente necesita un marco al que acudir cuando su propio gobierno vulnera, por ejemplo, los derechos humanos. Y Europa, que siempre se ha mostrado orgullosa de ese sistema, tendría que defenderlo.

De Gaza a Kiev, el mundo aún se negocia en masculino: las mujeres apenas representan un 9,6% en los procesos de paz

Trump escribió una carta a Jonas Gahr Støre en la que decía que, si no podía recibir el Nobel de María Corina Machado, no se sentiría obligado a centrarse sólo en la paz y pensaría en los intereses de su país. Como exdiplomática, ¿qué le suscita leer algo así del presidente de la principal potencia mundial?

Es disparatado. Ninguno de nosotros habría imaginado que un presidente pudiera decir algo así. Pero es coherente con su forma de hablar: se siente insultado muy rápidamente. Cree que el Nobel lo decide el Estado noruego, cuando en Europa intentamos mantener esos comités independientes de los gobiernos.

Él lo interpreta como una decisión del Gobierno y lo usa como argumento para decir que puede quedarse con Groenlandia: confunde Noruega y Dinamarca, y todo lo referente a la isla. Cuesta tomarlo en serio, y aun así, al ser líder de la potencia más fuerte del mundo, tenemos que hacerlo. Si yo hubiera escrito algo así en una novela, la gente habría dicho que exageraba.

Debemos aferrarnos a la idea de que él no será presidente para siempre. Hay un movimiento fuerte en EEUU que se le opone. Estamos viendo la cara violenta del país; la otra está luchando y creo que la sociedad logrará recuperarse de Trump y de la extrema derecha con bastante fuerza. Ojalá de ahí salga un Estado mejor. Pero en este momento la situación es terrible.

NEW: @potus letter to @jonasgahrstore links @NobelPrize to Greenland, reiterates threats, and is forwarded by the NSC staff to multiple European ambassadors in Washington. I obtained the text from multiple officials:

Dear Ambassador:

President Trump has asked that the…

— Nick Schifrin (@nickschifrin) January 19, 2026

Comentaba usted con la BBC hace poco que "los muros son la guerra" y que, cuando cayó el de Berlín, el mundo creyó que la democracia había ganado sobre todas las cosas. En 2026, las noticias de cada día parecen revelar algo distinto. ¿Le inquieta el momento en el que vive?

Sí, porque ahora mismo parece que no tenemos reglas que seguir. Las normas de la guerra se han roto por completo con la ofensiva de Israel en Gaza y la idea de que nadie haya intervenido realmente para detenerla, sumada al hecho de que Trump pueda decir seriamente que quiere Groenlandia... todo eso me parece alarmante.

Hubo un momento a principios de los 90 en que parecía que avanzábamos en buena dirección y la democracia había ganado; luego todo empezó a torcerse. Aquí tampoco podemos olvidar los archivos de Epstein: no se trata sólo del abuso sexual de chicas muy jóvenes, sino de un sistema en el que este mismo se utilizaba para chantajear a políticos de primer nivel.

Al mirar los documentos, ves que hay un grupo de personas muy ricas y con interés en generar conflictos. Las pruebas confirman una red de élite con una influencia nada democrática. Y es ingenuo pensar que sólo existía la de Epstein; habrá otras que no conocemos, pero quienes intentan destaparlas corren riesgos. No soy optimista al respecto, pero debemos seguir luchando.

En el otro lado de la sociedad, vemos a gente que se mueve. En Minesota, por ejemplo, hay vecinos que hacen la compra a migrantes para que no tengan que salir a la calle y arriesgarse a ser detenidos. Otros se manifiestan contra las acciones del ICE o en defensa de Gaza. Por no hablar de los estudiantes que han perdido su visado por protestar.

Lo que está claro es que hay ciudadanos dispuestos a ir lejos por otros y por causas en las que creen, incluso cuando les puede costar algo. Ahí es donde podemos agarrarnos: existen muchas personas que seguirán luchando por un mundo mejor y son ellas precisamente con quienes tenemos que aliarnos.

Usted ha dicho que la amenaza de Trump de “comprar” Groenlandia ha sido también una oportunidad para repensar la relación entre la isla y Dinamarca. ¿Qué ha cambiado realmente a raíz de ese episodio?

Groenlandia fue una colonia danesa. Incluso en épocas recientes ha habido tensiones porque quería más autonomía, algo que fue logrando desde los años 70. En 2009 se aprobó una ley que otorgó a su gente un gobierno propio real. Hay una parte de la población que quiere independencia completa, pero son 57.000 personas con un territorio enorme.

En el pasado colonial hubo abusos claros: esterilizaciones forzosas de ciudadanas o sistemas por los que se evaluaba si estas eran aptas para ser madres y conservar a sus hijos. Dinamarca ya estaba en la senda de pedir perdón y compensar a las víctimas, pero el impulso se aceleró cuando Trump empezó a hablar en serio de querer el territorio.

Hace poco, nuestra primera ministra expresó sus disculpas a un grupo de mujeres a las que se les había colocado un DIU sin su consentimiento. La amenaza estadounidense hizo que ambas naciones se sentaran juntas. De alguna manera, todo esto ha empoderado a los groenlandeses: si hubieran dicho "preferimos estar con EEUU”, podría haber ocurrido.

Pero han decidido, por mayoría amplia, seguir como hasta ahora, y eso ha acercado a ambos países. Aquí hemos tomado conciencia de que debemos respetar más a los groenlandeses y tratarles como iguales. Antes eran vistos como ciudadanos de segunda y muchos daneses iban allí como expertos, maestros, médicos... Hoy la isla tiene mucha gente bien formada.

Además, es rica en recursos naturales y sus habitantes saben que otros quieren lo que hay bajo su suelo, pero también que explotar petróleo y gas contaminaría un entorno del que dependen. Ya habían decidido que no querían desarrollar explotaciones aunque pudiera enriquecerlos. Quieren proteger su naturaleza y ven que Dinamarca y la UE comparten ese interés.

En mi país se ha producido otro efecto: llevábamos muchas décadas muy alineados con EEUU y siempre fuimos de los países europeos más fieles a ellos. Fuimos a Irak con el gobierno de Bush sin hacer preguntas. Siempre ha sido así y precisamente por eso está siendo tan chocante para la gente todo lo que ha pasado con Trump.

Conozco a muchas personas muy proestadounidenses que de repente se han vuelto más proeuropeas: se dan cuenta de que somos un país de 5 millones que no puede protegerse solo. Todo esto va a cambiar el euroescepticismo tradicional danés: de pronto, Dinamarca está dispuesta a decir que necesita el apoyo de Europa y formar parte de una estructura de protección.

La autora, en una imagen de archivo. Getty Images

La crisis de Groenlandia ha colocado a Mette Frederiksen en el escaparate europeo. Socialdemócrata y a favor de fortalecer el gasto en defensa y el control migratorio, tiene un perfil más discreto que otros primeros ministros como Meloni o Tusk. ¿Qué opinión le merecen sus políticas?

Somos un país pequeño, así que es normal que no haya sido muy conocida fuera hasta ahora. Mi opinión personal sobre Mette Frederiksen es que es muy competente: no da la impresión de perder el hilo o dejar asuntos sin atender. Lleva en política desde muy joven, es inteligente, está formada, entiende los temas y es muy decidida.

No se deja manejar fácilmente y, por lo que he escuchado de miembros de su equipo, es bastante firme, lo cual probablemente es necesario al máximo nivel. Me parece que ha gestionado bien el tema de Groenlandia: era un asunto muy complicado y fue acertado enviar primero al ministro de Exteriores para tener respaldo.

Ha sido clara al decir que el territorio no está en venta, ha mantenido una postura conjunta con el gobierno groenlandés y ha insistido en que son los propios ciudadanos de la isla quienes deben decidir su futuro, lo que muestra respeto. También ha estado muy bien en Ucrania: ha garantizado que Dinamarca envíe mucho dinero y hemos acogido a muchos refugiados.

En esto estoy de acuerdo con ella. Donde no lo estoy es en la política migratoria, que ha sido extremadamente dura, más propia de la derecha radical, pero asumida por Frederiksen. Algunos dirán que es lo que quiere el electorado; yo creo que creemos lo que los políticos nos repiten. Llevamos 25 años con una fuerte retórica que se ha hecho hegemónica.

Si la gente escucha cada día que hay problemas con los musulmanes, acabará convenciéndose de que lo hay, aunque sólo el 3% de la población siga el islam y la mayoría sea muy secular. Sí, hay unos pocos más fundamentalistas o conflictivos, pero son minoría, y muchos problemas podían haberse abordado con política social.

Se ha vuelto muy popular expulsar gente y limitar la inmigración. Me parece extremadamente desafortunado. No estoy segura de cuál es la posición íntima de la primera ministra, porque realizó un máster de estudios africanos y no creo que sea simplemente prodanesa, pero probablemente considera que, para mantenerse en el poder, debe seguir esta línea.

Esto no significa que debamos repetir el modelo sueco, donde quizá se acogió a mucha gente sin una política clara de integración y hoy hay problemas graves con bandas. Creo que hay que poner límites, sobre todo si eres un país pequeño, pero también pienso que si tratas a las personas con respeto y exiges el cumplimiento de las reglas, es posible convivir.

Sigo lo que pasa en España y creo que vuestro presidente aplica una política con la que coincido más: se reconoce que muchos inmigrantes sostienen la economía y contribuyen, así que se les regulariza. En Dinamarca, muchos refugiados siguen atrapados en centros porque no consiguen los papeles, y lo único que desean es poder trabajar y contribuir.

Considero a Frederiksen una dirigente capaz y bien preparada. Solamente espero que cambie algunas de sus políticas, porque cabría esperarse que los socialdemócratas dieran más importancia a la atención médica y a la protección social, pero en este último aspecto se han llevado a cabo recortes que no han gustado a algunos votantes tradicionales.

Mette Frederiksen, la primera ministra danesa que soporta la presión mundial en el pulso con Trump por Groenlandia

Después de una novela tan intensa y trabajada durante tantos años, ¿tiene ya la cabeza en un nuevo libro? ¿Qué pueden esperar sus lectores?

Sí, estoy trabajando en una nueva novela. Esta vez será más corta, probablemente algo más parecida a Nada. Será más breve, en parte porque Justicia me ha llevado 20 años —aunque escribí otras cosas entre medias— y ahora quiero trabajar en algo más manejable. Espero terminarla dentro de un año.

¿Volverá pronto a España?

Estuve en octubre, pero me encantaría volver para algún festival o para presentar de nuevo la novela. Ojalá nos veamos allí.

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    Fuente original: Leer en El Español
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