Reportajes / ESPECIAL 45 AÑOS DEL 23-F
Javier Cercas: "El 23-F es el mito fundacional de la democracia, nuestro asesinato de Kennedy; es una paranoia colectiva""Con Juan Carlos hemos pasado del peloteo al linchamiento" // "Suárez y Carrillo fueron héroes de la traición; PP y PSOE deberían dejar su antagonismo irresponsable y ponerse de acuerdo aunque nadie los premie" // "Un presidente no puede tener imputados a su mujer, a su hermano y a sus manos derechas; en otro país habría caído".
Más información: Mauricio Wiesenthal: "La ONU es el mayor fracaso de la historia; hoy Hitler estaría tranquilo mientras los buenistas le piden paz".
Javier Cercas, autor de 'Anatomía de un instante' y uno de los mayores expertos en el 23-F, recibe a EL ESPAÑOL en su domicilio en Barcelona. Pau de la Calle E. E.
David G. Maciejewski Barcelona Publicada 23 febrero 2026 02:25h"Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un sólo momento: el momento en el que un hombre sabe para siempre quién es". Le gusta a Javier Cercas (Ibahernando, Extremadura, 1962) citar a Borges y condimenta Anatomía de un instante con algunas de sus citas.
Quizás él no lo sabía cuando Tejero y la recua de uniformados golpistas irrumpió a punta de pistola en el Congreso aquel infame 23 de febrero de 1981, pero ese instante, aquella asonada que estuvo a punto de hacer saltar las costuras de la democracia, marcaría para siempre el destino del futuro escritor.
"Dediqué cuatro años de mi vida a tiempo completo a estudiar los documentos sobre el 23-F. Ocho, diez, doce horas al día. No sé si alguien le ha dedicado tanto tiempo en España. El juez, quizás, ¿no?". La pregunta no admite respuesta, tampoco duda.
Javier Cercas durante la entrevista con EL ESPAÑOL. Paul de la Calle E. E.
Procede Cercas a realizar un ejercicio de introspección al recordar –"los recuerdos son el asidero de la identidad"– lo que hizo aquel 23-F, hace justo 45 años. Era universitario y salió de casa hecho una furia dispuesto a reunirse con los manifestantes rebeldes que iban a jugarse la vida para salvar los logros de la Transición.
Sin embargo, cuando piensa de verdad en por qué se lanzó a la calle, asegura que el arrojo vino motivado por un "propósito libidinoso": el de buscar a una compañera de la que estaba enamorado.
Le hubiese gustado galvanizar su arrojo ante el peligro que afrontaba España, pero al llegar con los suyos vio a apenas un puñado de chavales tan mansos y desorientados como el resto de españoles aquella jornada.
Eran el fiel de reflejo de aquella "hilera de caparazones de crustáceos" que, casi de forma simultánea, formaron los diputados en el Parlamento cuando el teniente coronel de la Guardia Civil gritó su celebérrimo "¡Quieto todo el mundo!", comenzó a pegar tiros contra el techo y amenazó con desatar una orgía de sangre.
Ferrán Adrià: "Vivo de las rentas porque no me he comprado ni un barco ni un Ferrari; vengo de una familia trabajadora""Lo más duro que dice mi libro es algo que a nadie, nadie, nadie le gusta mencionar, y es que la reacción popular al golpe fue nula", relata Javier Cercas mientras se acerca a su librería y saca con el dedo índice un ejemplar de Hamlet que le regalaron en Oxford, de donde es profesor honorario.
"En 1976 había un gran entusiasmo por la democracia. La aprobación era del 90%. Todos pensamos que votar nos iba a hacer altos, guapos, ricos y felices. En 1980 y 1981 ese dato cayó en picado y se situó en un 50%. Había desencanto. Estaba la crisis económica. El terrorismo era horrible. El desgobierno, absoluto. Entonces llegó el golpe".
Es mencionar la insurrección militar y parece que el tiempo se detuviera. Hojea Cercas el ejemplar de Shakespeare, que ahora tiene entre manos, y confiesa, con un salto temático tan típico de su conversación, que él no es ningún bibliófilo.
Lo cierra, lo devuelve a su estantería, atestada de premios, y cierra los ojos tras sus gafas de pasta negras para revivir el torrente de imágenes y sonidos que aquel día vio por la televisión y escuchó por la radio y se le incrustaron para siempre en la memoria.
Javier Cercas durante la entrevista con EL ESPAÑOL. Paul de la Calle E. E.
"Hubo tres hombres que permanecieron en su sitio pese a todo. Aquel hemiciclo vacío en torno a Adolfo Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo se convirtió en el símbolo del país. Me hacen gracia quienes se meten con Juan Carlos por tardar en parar el golpe pero no con el buen pueblo español. ¿Dónde estaba la gente? ¿Acaso salió a la calle? ¡No!".
El escritor golpea, con vehemencia pero sin violencia, la mesa de madera, indignado, y se sienta frente a un enorme cuadro firmado por su buen amigo de la infancia David San Miguel.
"En un país donde hay un golpe de Estado tan visible y donde hay pasión por la democracia, el pueblo rodea el Congreso. Nadie lo hizo. No existía tensión democrática. Los militares lo olieron. Por eso estuvieron a punto de triunfar. Leopoldo Calvo Sotelo, poco sospechoso de ser un subversivo radical, dijo: 'Si el golpe triunfa al día siguiente, la manifestación no hubiese sido en favor de la democracia, sino en favor deArmada'".
Armada fue uno de los principales urdidores de aquel conciliábulo destinado a echar a Suárez del poder por la fuerza y montar un gobierno de coalición o de concentración o de unidad que lo encumbrase como presidente del Gobierno y, a la postre, salvador de la patria. Siempre con el beneplácito de los militares.
Mauricio Wiesenthal: "La ONU es el mayor fracaso de la historia; hoy Hitler estaría tranquilo mientras los buenistas le piden paz""Lo sabían Tejero y cuatro más. No podían hablar demasiado porque les pillarían. Estaba el precedente de la Operación Galaxia. ¿En qué confiaban los golpistas? En que bastaba con que Milans del Bosch se levantase en Valencia, que la Acorazada Brunete hiciese lo mismo en Madrid y que algún otro algún otro capitán general los siguiese. Consideraban, y con razón, que España estaba madura para el golpe. Por eso estuvo a punto de triunfar".
PREGUNTA.– El plan era "salvar la democracia".
RESPUESTA.– Exacto. El golpe perfecto es aquel que no parece un golpe. Es lo que intentó Armada, inspirándose en lo que había hecho De Gaulle en 1958. El antiguo secretario del Rey fue al Parlamento por la noche con la idea de consumar el golpe pretendiendo que lo desmontaba, es decir, con la idea de terminar con el secuestro de los diputados mediante un gobierno de coalición presidido por él, que se presentaría como el salvador de la democracia.
Armada le decía al Rey: "Yo voy a controlar al Ejército porque esto se está poniendo mal". Al mismo tiempo, a los militares les soltaba: "El Rey está muy enfadado y nos apoya". "Es el doble juego típico de un cortesano", añade Cercas.
"Armada era eso: un hombre lleno de dobleces, capaz de decir una cosa y la otra al mismo tiempo. ¿Sabemos qué palabras usó? No, pero sabemos perfectamente qué hizo, y que Juan Carlos se fiaba de él. ¿Cómo no iba a hacerlo si había sido su secretario?"
P.– El Rey, sin embargo, también jugó con la idea de un gobierno de coalición o de concentración o de unidad. ¿Dónde sitúa su responsabilidad?
R.– Por supuesto que jugó con ella; como jugaron todos, incluido el Partido Comunista. El mismo Ramón Tamames. Todos estaban desesperados por echar a Adolfo Suárez. Él había sido un presidente excepcional hasta el momento de la Constitución. Pero luego fue un hombre desbordado por las circunstancias, por la mala situación económica, por el terrorismo brutal y por su propio partido, al que no controlaba en absoluto y que constituía su primer enemigo.
P.– Jugaron con fuego.
R.– Todos lo hicieron. Incluido el Rey. ¿Organizó Juan Carlos el golpe? No. ¿Estaba el Rey en la idea de echar a Suárez con un gobierno de coalición o concentración o lo que sea? Sí. Pero son dos cosas completamente distintas. Una cosa es un golpe militar y otra una operación dudosamente constitucional, como la que intentaba montar Armada. El problema es que, cuando no salió lo segundo, Armada intentó forzarlo mediante lo primero. Y en lo primero ni el Rey ni ningún partido político tuvo nada que ver.
Javier Cercas durante la entrevista con EL ESPAÑOL. Paul de la Calle E. E.
P.– Juan Carlos escribió en sus memorias que dio libertad a los españoles y que la democracia es, en esencia, su herencia. ¿Está de acuerdo o hay algo de autoabsolución en su premisa?
R.– Juan Carlos fue determinante para que en España hubiese una democracia. Eso es indudable. Él llegó con todos los poderes que le dio Franco y entendió que aquello había que cambiarlo. ¿Buscaba preservar la Monarquía? Claro, porque quería seguir siendo Rey, pero entendió que no podía ser un monarca absoluto en una Europa moderna, y lo que hizo buscar la mejor manera de conseguirlo. No le debemos la democracia a él, por supuesto, pero fue importante para que la tuviésemos.
P.– ¿Cuáles fueron, a su juicio, los grandes errores de Juan Carlos en relación con el 23-F y la Transición?
R.– Hay uno que él niega y puedo entender por qué: en un determinado momento quiso echar a Suárez. ¿Tenía razones? Muchas. Suárez no era un buen presidente a la altura de diciembre de 1980. No controlaba la situación. Pero el Rey no era nadie para echar al presidente del Gobierno. ¿Alguien se imagina a Felipe VI intentando echar a Pedro Sánchez? El Rey jamás debió hacer comentarios contra Suárez en privado, ni en público, ni mover un dedo contra él. No es la tarea de un monarca constitucional.
Tampoco hacer según qué comentarios delante de unos militares que estaban furiosos, entre otras razones porque ETA los estaba matando. Fue su gran error: entreabrir las puertas a unos militares que, como Milans del Bosch, tenían muchas ganas de dar un golpe. Cualquier insinuación actuaba como un detonante. ¿Significa eso que el Rey organizara el golpe? No. De nuevo: es un bulo. Un bulo que primero difundió la extrema derecha y ahora difunde la extrema izquierda. Concretamente, los secesionistas.
Jacobo Siruela, el editor de sangre azul y místico de la Casa de Alba: "La IA nos conduce a desórdenes sociales y psicológicos, al caos"P.– ¿Qué opina de que gran parte de los españoles le haya dado la espalda a Juan Carlos y, como temen sus amigos, pueda morir en el exilio?
R.– Es un tema complejo. Que Juan Carlos ha cometido errores está clarísimo. Su comportamiento ha sido irresponsable, por decirlo con suavidad. Pero recordemos que en la carta que él escribe a su hijo dice que se va porque quiere. Él no está allí exiliado. Un exilio lo es porque te obligan. Él puede volver a España cuando quiera.
Me atengo a su carta: este asunto es cosa suya. Si viene tendría que ser uno más y obrar como uno más. ¿Quiere no ser uno más? Debería explicarlo. De todos modos, es evidente que con Juan Carlos hemos pasado del peloteo al linchamiento: hace unos años era responsable de todos los bienes; ahora, de todos los males.
P.– ¿Sigue pensando que un español es alguien que tiene una teoría sobre el golpe de Estado del 23-F?
R.– Lo mantengo. Estoy de acuerdo conmigo mismo (risas).
P.– ¿Por qué defiende que todo lo que pasó aquel día es una gran ficción colectiva?
R.– Porque es el mito fundacional de la democracia española, y los mitos se construyen a base de mentiras y de verdades. Y la mezcla de una mentira y una verdad no deja de ser una mentira, es decir, una ficción. Cuando comprendí eso, después de varios años trabajando sobre el 23-F, escribí una novela en la que no hay nada de ficción y todo se ciñe a la realidad.
Mi batalla como novelista, paradójicamente, fue contra las mentiras del golpe de Estado. El 23 de febrero es una ficción por muchos motivos: entre ellos, que un montón de gente se ha empeñado en contar mentiras acerca de él, o confunde las opiniones con los hechos. Es como el asesinato de Kennedy. ¿Qué es un norteamericano? Un tipo que tiene una teoría sobre la muerte de JFK. El 23-F es nuestro asesinato de Kennedy. Una ficción, en cierto sentido una paranoia colectiva.
P.– Después de todo lo investigado y de todo lo escrito, ¿tiene la sensación de que las mentiras siguen vivas?
R.– Sí. Siguen los inventos voluntarios e involuntarios. Los líderes de varios partidos avalaron desde el Parlamento la teoría de la conspiración del golpe de Estado, y eso ha calado. Les convenía. Uno de los rasgos característicos del golpe de estado es que no tiene prácticamente papeles, es decir, es un golpe sin documentos.
Entrevista con Javier Cercas.
P.– Usted pidió al Presidente la desclasificación de los documentos relativos al 23-F. ¿Qué ocultan?
R.– Se lo pedí en público en el Congreso, no porque yo crea que en ellos se oculta la verdad, sino porque no hay papeles sobre el 23-F. Sí habrá, naturalmente, informes de inteligencia, de la CIA, de las embajadas; pero no documentos de los golpistas y sus alrededores, no papeles que digan algo así como 'vamos a montar un golpe el 23 de febrero'. Y, como el golpe es un golpe sin papeles, puedes inventarte lo que te dé la gana y no hay manera de refutarlo. Por eso se lo pedí al presidente: para acabar con las teorías de la conspiración, con las fantasías, aunque sé muy bien que, cuando este Gobierno diga 'no hay nada', nadie lo creerá.
P.– ¿Por qué?
R.– Porque el 23-F es un negocio. Un negocio político, mediático y de todo tipo. Verás como en este aniversario se seguirá hablando y escribiendo sobre 'el enigma del 23-F'. No hay ningún enigma, por supuesto, sabemos lo esencial, pero da lo mismo: el negocio seguirá.
P.– ¿Qué mentira, de todas las vertidas durante estos años, lo irrita más?
R.– El golpe es a la izquierda lo que los atentados de Atocha a la derecha. En el caso del golpe de Estado está la idea de fue el Rey el que ordenó a los militares que dieran el golpe y luego se arrepintió. Ambas cosas tienen un nombre: bulo. De ningún hecho de la historia se conoce absolutamente todo.
Del 23-F conocemos lo esencial. Cuando en 2009 publiqué el libro, fue leído como un ataque a la monarquía y al llamado Régimen del 78; una de las razones fue que yo mencionaba que Juan Carlos había cometido errores que propiciaron el golpe. Fue un escándalo. En cambio, hoy ese libro es leído como una defensa del llamado Régimen del 78, de la Monarquía y del Rey Juan Carlos.
P.– ¿Qué ha cambiado?
R.– Del libro, nada de nada: ni una coma; y la verdad sigue siendo la misma. Lo que ha cambiado es el país. Quienes vierten teorías de la conspiración saben que para acabar con el llamado 'Régimen del 78' hay que derribar a la monarquía. Y tienen razón: sin la Corona, hay que cambiar la Constitución. Es lo que lo sostiene todo. Es la clave de vuelta del sistema democrático actual. Por eso quieren acabar con ella.
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R.– Lo que queda es accesorio, aunque hay que estudiarlo. Nadie lo hace. Por ejemplo, lo que ocurrió en las diversas capitanías generales. El problema es que del golpe casi solo se han ocupado periodistas con muchas prisas y pocos escrúpulos. ¿Qué más hay? Las célebres cintas. Pero la realidad es que sabemos lo que contiene la mayoría. Las que no tenemos las tuvo el juez García-Escudero. Son aquellas relativas al diálogo entre Armada y Milans del Bosch en el Congreso.
P.– ¿Pueden arrojar esas cintas nueva información?
R.– No conocemos las palabras exactas que intercambiaron, pero sabemos lo que se dijeron. Sabemos que ahí Armada jugó a un doble juego. Él, que detestaba a Suárez, quería ser presidente del gobierno de coalición o de concentración y fomentó esa idea; una idea que, por otra parte, estaba en todos lados, empezando por la prensa. Y hubo gente que la escuchó con complacencia.
P.– A 45 años de aquel 23 de febrero, ¿qué representa para usted Adolfo Suárez? Es una imagen, un mito, un actor…
R.– No lo conocí personalmente, pero para mí es un personaje íntimo. Pasé cuatro años pensando en este hombre e hice un ejercicio de imaginación para intentar comprenderlo. Lo tengo incrustado dentro. Sea como sea, no se puede entender a Adolfo Suárez sin su versión política. Él vivía por y para la política. Otra clave de su personalidad era su catolicismo. Es un personaje complejo, con muchas contradicciones. No hay que santificarlo ni demonizarlo.
P.– ¿Qué representa su imagen serena, de pie, frente a los golpistas, aquel 23-F?
R.– Su imagen en el Parlamento es la cristalización de ese rasgo de su carácter: el coraje. Había cosas en las que creía profundamente. La prueba de ello es que se jugó la vida por ellas. Y eso es lo que simboliza su gesto. Del 76 al 78 hace una labor increíble y asombrosa: en menos de un año desmontó una dictadura, convocó las primeras elecciones libres en cuarenta años y montó los fundamentos de una democracia. Y lo hizo a costa de traicionar a los suyos, a los franquistas, que lo odiaron a muerte. Hay que tenerlos muy bien puestos.
Javier Cercas durante la entrevista con EL ESPAÑOL en su domicilio de Barcelona. Paul de la Calle E. E.
P.– A Adolfo Suárez, a Santiago Carrillo y a Manuel Gutiérrez Mellado los llamó 'héroes de la traición'. ¿Qué papel juegan estos 'héroes de la traición' en el buen porvenir de la Transición?
R.– Es un oxímoron, una contradicción en términos, como "matrimonio feliz" (risas). Estamos acostumbrados a pensar que la lealtad es una virtud, y lo es; pero hay momentos en la vida de las personas -y de las colectividades- en que es más noble, más valiente y más virtuosa la traición que la lealtad. La Transición fue uno de ellos, y esos tres personajes fueron tres héroes de la traición en un sentido preciso.
P.– Pero traicionaron a los suyos.
R.– Sí. Gutiérrez Mellado, a los militares franquistas; Carrillo, a los comunistas; Suárez, a sus correligionarios franquistas. Pero traicionaron a los suyos para ser fieles a todos, traicionaron un error para construir un acierto, traicionaron su pasado para ser fieles al futuro. Esa gente es indispensable. No siempre fueron 'héroes de la traición', pero sí lo fueron en aquel momento. Para eso hacen falta convicción y coraje. Y su gesto del 23 de febrero en el parlamento, cuando las balas de los golpistas zumbaban a su alrededor y ellos permanecieron en su sitio, es la encarnación de ese coraje.
P.– ¿Se les valoró por ello?
R.– No. Me da risa cuando la gente dice: 'Oh, cómo apreció todo el mundo el comportamiento de Suárez y de Carrillo el 23 de febrero'. ¿Ah, sí? ¿Cuántos diputados tuvo Suárez en las siguientes elecciones? Dos. ¿Cuántos tuvo Carrillo? Cuatro. Nadie los premió. No hay recompensa para el héroe de la traición.
Cuando murió Suárez, los mismos que lo habían triturado parecían querer presentarlo como una mezcla entre la Madre Teresa de Calcuta y de Pericles. Aristóteles decía que el bien colectivo es superior al bien individual, pero ¿quién es capaz de poner el bien colectivo por encima del individual? Muy pocos, pero, al menos en aquel momento, aquellos tres hombres lo hicieron.
P.– ¿Qué pensó o sintió cuando leyó las acusaciones de abuso sexual que vertieron contra Suárez?
R.– Nada.
El retiro de Chris Stewart, de fundador y batería de Génesis a esquilador de ovejas en La AlpujarraP.– ¿Pero encaja con su idea del personaje?
R.– No.
P.– ¿Por qué?
R.– Suárez no era un mujeriego. Que yo sepa, este hombre no tuvo ninguna relación sentimental fuera de su matrimonio, tampoco con Carmen Díaz de Rivera, como algunos insinuaron. No estoy negando que ocurriera lo que dice esa señora. No tengo elementos de juicio. Simplemente digo que no me cuadra con el personaje. No sé si hace falta que añada que creo en la presunción de inocencia; sin ella, se acabó la civilización.
P.– ¿Cómo ve al español del 23F y cómo ve al español del 2026? ¿Son muy diferentes?
R.– No lo creo: en lo esencial, los seres humanos no cambiamos mucho. Lo que sí ha cambiado es nuestra relación con la política y la democracia.
P.– Se lo pregunto por si cree que hoy estaríamos a la altura de una amenaza como la de hace 45 años.
R.– Montaigne decía que la vida es ondulante: a veces sube y a veces baja. Hoy Occidente está, políticamente, en una bajada generalizada, una depresión democrática; pero yo creo que algo así no podría ocurrir hoy en España, entre otras razones porque estamos en Europa.
Además, es impensable que hoy el ejército dé un golpe de Estado. Tenemos una moneda común, una justicia común, un Parlamento común y pronto, ojalá, un Ejército común. La democracia está más arraigada. Un golpe como el de 1981 sería inviable. Pese a todo, insisto: hay una depresión democrática que recuerda a la de los años 30. Lo que pasa es que ahora es mucho más perversa.
P.– ¿Por qué es más perversa?
R.– Porque lo que vemos no es fascismo, contra lo que dice Robert Paxton. Donald Trump no es fascista. En cierto sentido es peor. En los años 30, Hitler, Mussolini o Franco atacaban la democracia porque la consideraban perversa. Estaban contra ella de forma abierta, como Tejero. Recuerdo que cuando se produjo el asalto al Capitolio me llamaron de The Guardian para que escribiera una comparación con lo que pasó en el Congreso. No acepté la propuesta. 'No lo veo', les dije. 'Esto es muy distinto'.
Mi intuición era correcta: Tejero quería acabar abiertamente con la democracia; el fascismo consideraba que la democracia no servía y, por tanto, debía terminar con ella. Pero el asalto al Capitolio se hizo en nombre de la democracia. 'Nos han robado las elecciones, nosotros somos la democracia', decían los asaltantes.
Javier Cercas, en su piso en Barcelona, frente a una de sus librerías. Paul de la Calle E. E.
P.– Los líderes independentistas hicieron algo parecido.
R.– Así funciona el nacionalpopulismo: ataca la democracia en nombre de la democracia. ¿Qué hicieron los líderes del procés? Decir que eran demócratas. Se estaban cargando la democracia, pero lo hacían todo en nombre de la democracia. Es perverso. La historia nunca se repite exactamente, pero siempre se repite con máscaras distintas: el nacionalpopulismo de hoy es una máscara posmoderna del totalitarismo.
P.– Está claro que no debemos dar la democracia por sentada. ¿Acaso cree que peligra?
R.– La democracia siempre está en riesgo. Cuando la das por sentada, ya la estás poniendo en peligro. "Quien no está ocupado en nacer está ocupado en morir", dice un verso de Bob Dylan. La democracia es igual: o mejora o empeora cada día; es algo dinámico, no estático: es frágil y hay que pelearla a diario.
En cualquier caso, hay un malentendido tremendo, y es pensar que la política es cosa de los políticos. Falso. Es cosa de todos. Política viene de polis, que en griego significaba más o menos ciudad; y la ciudad es de todos. Democracia significa poder del pueblo; y el pueblo somos todos. La política es una cosa demasiado seria para dejarla en manos de los políticos.
P.– ¿Insinúa que nuestros políticos de hoy actúan en nuestra contra?
R.– Insinúo que el problema que tiene nuestra democracia es que es poco democrática. Tenemos un control muy escaso de nuestros políticos. La culpa, sin embargo, es nuestra por no exigir lo contrario y permitir que nuestros partidos sean clubes sectarios, cesaristas y antidemocráticos. Y la culpa, insisto, es nuestra, que no exigimos con la suficiente contundencia que se abran a la gente, que no abran cauces de participación democrática. Y, si lo exigimos y no nos escuchan, hay que castigarlos. Y no lo hacemos.
P.– Eso suena a secuestro institucional.
R.– Los partidos son a la vez la solución y el problema. Ellos tienen que cambiar y no les interesa. Es una cosa sistémica: cuando gobierna el PP, el PP se corrompe; y, cuando gobierna el PSOE, el PSOE se corrompe. ¿Qué falla? El sistema que lo permite. He oído a gente decir eso de 'bueno, somos latinos y la corrupción es inevitable'. Y un jamón. Spain is NOT different. En los años 70 se decía que España no estaba preparada para la democracia; pero creamos una democracia. Y, encima, según todos los estudios de calidad democrática, una de las mejores. Hay países donde la corrupción está en mínimos. Pienso en los escandinavos.
David Uclés, entre "el pantalón atado por una cuerda" y la "superioridad moral": "Antes de la fama ya discutía en el pueblo"P.– En la sociedad española se vive una gran polarización. ¿Cree que la desafección hacia la política y el malestar social que había en los años del 23-F que se asemeja de alguna forma al de ahora?
R.– Niego la mayor: no creo que vivamos hoy una polarización tremenda ¿Qué es una sociedad polarizada? Es lo que se vivió en Cataluña durante el procés, en Gran Bretaña durante el brexit o lo que vive hoy Estados Unidos con Trump. No digamos lo que vivía España en 1936. Familias y amigos que se pelean; aquí, durante el procès, la gente no quedaba para evitar pelearse, o te insultaban por la calle. Eso es polarización.
En la España de hoy, eso no existe. Lo que hay es una polarización entre unos políticos, alimentada por algunos medios de comunicación, que, irresponsablemente, quieren que eso cale en la sociedad porque la necesitan dividida para ganar votos. Nos necesitan divididos, pero no podemos permitir que nos dividan. No debemos permitirlo.
P.– Pero sí se percibe una tendencia hacia los extremos, hacia lo antisistema, entre los jóvenes. ¿Son conscientes de lo que nos jugábamos en la Transición o han comprado un relato banalizado del franquismo y de la democracia?
R.– Hay mucho cliché con eso. No creo que nosotros supiéramos más historia que ellos; lo que hay ahora es un ansia de provocación. Antes se provocaba desde la izquierda; ahora, desde la derecha. La izquierda tendría que preguntarse qué está haciendo mal en lugar de culpar a los jóvenes. ¿El populismo cala entre los jóvenes? No estoy tan seguro. Otra cosa es que voten a Vox como protesta. Eso es distinto y no implica necesariamente que estén contra la democracia; implica que están cabreados.
Hace diez años el voto de protesta era Podemos; ahora el cabreo ha cambiado de bando. Pero esos jóvenes tienen razones para protestar. La macroeconomía está por las nubes, pero la microeconomía va en la dirección opuesta. La vivienda no funciona. La pobreza infantil aumenta. Y hay un partido, en sintonía con una corriente general, europea y occidental, que capitaliza ese descontento.
P.– Gran parte de la responsabilidad del auge de Vox la tiene el propio gobierno de Pedro Sánchez. La estrategia de alimentar a Abascal para dañar al PP está funcionando.
R.– Yo creo que los dos grandes partidos tienen responsabilidad en el auge de Vox. ¿Ha favorecido el gobierno su crecimiento? Hombre, quien crea lo contrario se chupa el dedo. Qui prodest? ¿A quién le beneficia el crecimiento de Vox? Es evidente: si crece Vox, le quita votos al Partido Popular, como al PSOE se los quitaba hace un tiempo Podemos.
Por otro lado, hay una derecha muy torpe, increíblemente torpe, en la que cuesta confiar precisamente por su torpeza. Es asombroso. No voy a dar nombres, pero si tú hablas con mandatarios europeos de primera línea... están perplejos, porque un gobierno con estos problemas parlamentarios, sumados a los judiciales, en cualquier otro país habría caído hace mucho tiempo.
Javier Cercas durante la entrevista con EL ESPAÑOL. Paul de la Calle E. E.
P.– Usted dijo que Suárez y Carrillo "no se parecían en nada, sus mundos eran completamente distintos, pero se ponen de acuerdo", y que, comparados con ellos, "Pedro Sánchez y Feijóo son dos gotas de agua". Si dos hombres que venían de la guerra y de la dictadura fueron capaces de pactar, ¿qué excusa tienen hoy dos políticos que comparten el mismo mundo europeo, democrático y constitucional pero no lo hacen?
R.– Ninguna. Si realmente pusieran el bien colectivo por encima del individual, se pondrían de acuerdo; como lo hacen ya en Europa, porque el 70-75% de las decisiones que afectan a nuestra vida cotidiana se toman en Bruselas. Allí se entienden y aquí se matan. Vivimos una escenificación irresponsable de un falso antagonismo que está provocando el crecimiento cada vez mayor de un partido antisistema.
Están engañando a la gente. Sólo los grandes partidos pueden solucionar los grandes problemas. No lo hacen por avaricia de poder. Si el PP y el PSOE se pusiesen de acuerdo y la gente viese que hay soluciones reales los premiarían electoralmente. Y, aunque no los premiasen, eso sería el heroísmo de la traición. 'Vamos a hacer esto porque es bueno para nuestro país'.
P.– ¿Se siente huérfano de partido?
R.– Yo soy un socialdemócrata. Me gusta el socialismo democrático por un hecho evidente, y es que ha creado en el norte de Europa las sociedades más prósperas, justas, libres e igualitarias del mundo. No puedo desencantarme porque nunca me encanté: de la política no espero el paraíso terrenal. Es una pésima idea. ¡La ilusión!, dicen. En política hay que desconfiar de la ilusión tanto como de los líderes carismáticos.
Ahora bien, es normal que haya gente que se pregunte para qué queremos un gobierno de izquierdas si el resultado es una política de derechas. Si resulta que la macroeconomía va muy bien, la bolsa está por las nubes, los grandes números son fantásticos y, sin embargo, hay más desigualdad, más pobreza infantil, más dificultades de acceso a la vivienda… Eso se parece mucho a una política de derechas, ¿no?
P.– Se lo pregunto porque en 2023 que no creía que Sánchez fuera "una amenaza para la democracia española" y aseguraba que el catastrofismo era "un disparate". Dos años después le pidió al presidente del Gobierno que dimitiera. ¿Ha cambiado Sánchez o ha cambiado usted?
R.– Sigo pensando que Sánchez no es una amenaza para la democracia; eso me parece catastrofismo, y ese catastrofismo es parte de la torpeza del PP. Dicho esto, añado que yo no cambié: cambió Sánchez. Antes de las elecciones anuncié que le iba a votar, pero al cabo de dos meses dije que creía que estaba cometiendo un error con la amnistía. Y lo sigo creyendo, como lo creía Sánchez durante los seis años en que dijo que la amnistía era inconstitucional, inmoral e inaceptable; hasta que vio que esa era la forma más rápida y fácil de ser presidente. Así empezó una legislatura muy distinta de la anterior. ¿Mayoría progresista? Yo no la veo. El PNV no es progresista; Junts tampoco: es de derecha y, en algunos o muchos aspectos, de ultraderecha.
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R.– Lo hablamos antes, ¿no? Lo que hay que atacar no es la corrupción del PP o del PSOE; hay que cambiar un sistema que la tolera o la fomenta. Dicho esto, yo no creo que una persona deba ser presidente del gobierno si tiene a su mujer imputada, a su hermano imputado, a su mano derecha imputada, a su antigua mano derecha imputada, a la mano derecha de su antigua mano derecha imputada y a su fiscal general condenado. António Costa dimitió como primer ministro de Portugal porque uno de sus colaboradores era sospechoso de corrupción. Dijo que la honorabilidad del cargo de primer ministro no era compatible con esa situación.
P.– ¿Qué le dicen los suyos por ser tan crítico?
R.– Soy un votante de izquierda, pero me han acusado de traidor por ser crítico con la izquierda; lo lamento, aunque pienso seguir siéndolo. Yo, si los míos hacen algo que me parece mal, lo digo. ¿No es lo que hacen los héroes de la traición? ¿No es lo que deberíamos hacer todos?
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