Joe Kent, en una foto de archivo con su mujer y sus dos hijos.
Reportajes Joe Kent, el jefe antiterrorista y boina verde que deja a Trump por Irán: "Mi mujer murió en una guerra fabricada por Israel"El exdirector niega una amenaza inminente y señala presiones externas que empujan a Estados Unidos hacia un conflicto que contradice la promesa central del trumpismo: evitar nuevas guerras en Oriente Medio.
Más información:Renuncia el jefe de la lucha contraterrorista de EEUU nombrado por Trump por su oposición a la guerra de Irán.
Itziar Nodal Denver (EEUU) Publicada 18 marzo 2026 02:45hJoe Kent era, hasta hace unas horas, uno de esos nombres que no necesitan exposición pública para ejercer poder.
No era un tertuliano ni un ideólogo de plató, sino algo más difícil de encontrar en Washington: un operador.
Desde la dirección del Centro Nacional de Contraterrorismo, su trabajo consistía precisamente en lo contrario a protagonizar titulares —anticiparlos, neutralizarlos, evitarlos—.
President Trump on resignation of Joe Kent, Director of National Counterterrorism Center:" I always thought he was weak on security." pic.twitter.com/6zZB6fnflT
— CSPAN (@cspan) March 17, 2026
Su dimisión lo ha colocado, de golpe, en el centro de uno. Porque si algo define a Joe Kent es la paradoja: ser, al mismo tiempo, producto del trumpismo y una de sus grietas más visibles.
No es una contradicción superficial, sino estructural.
Al Fayed, el 'suegro' de Lady Di salpicado por el 'caso Epstein' con más de 400 denuncias por agresión sexual: "Él me violó"Kent pertenece a esa generación de figuras que el presidente elevó: perfiles con credenciales militares, desconfianza hacia las élites tradicionales y una visión del mundo moldeada por dos décadas de guerras en Oriente Medio.
Pero también es alguien que encarna sus límites.
Su ruptura no nace de la oposición ideológica clásica, ni del desgaste institucional, ni de un cálculo electoral.
After much reflection, I have decided to resign from my position as Director of the National Counterterrorism Center, effective today.
— Joe Kent (@joekent16jan19) March 17, 2026
I cannot in good conscience support the ongoing war in Iran. Iran posed no imminent threat to our nation, and it is clear that we started this… pic.twitter.com/prtu86DpEr
Nace de algo más incómodo: la disonancia interna. La sensación de que el proyecto al que ha sido leal ha dejado de parecerse a sí mismo.
En su carta de dimisión, Kent no discute los detalles de la guerra con Irán.
Discute su fundamento: niega una amenaza inminente y apunta a presiones externas que empujan a Estados Unidos hacia un conflicto que contradice la promesa central del trumpismo, evitar nuevas guerras en Oriente Medio.
No es solo una crítica. Es una deslegitimación.
Y lo relevante no es únicamente lo que dice, sino desde dónde lo dice.
Kent no habla como analista ni como opositor, sino desde dentro del sistema de seguridad nacional, con acceso a información sensible y con una biografía que lo blinda frente a la acusación habitual: no entender el coste real de la guerra.
Lo ha vivido. Lo ha pagado.
Esa combinación —experiencia, lealtad previa y ruptura pública— convierte su dimisión en algo más que un gesto individual. La sitúa como síntoma de una fractura.
Porque si alguien como Joe Kent se va, la pregunta deja de ser quién se opone a la guerra. La pregunta pasa a ser quién más podría hacerlo.
Una autoridad
Antes de convertirse en una figura política reconocible, Joe Kent ya había recorrido prácticamente todas las estructuras desde las que Estados Unidos libra sus guerras.
Su paso por las fuerzas especiales del Ejército —los Green Berets— durante dos décadas lo sitúa dentro del núcleo operativo de la política exterior estadounidense tras el 11-S.
Fue formado en la Universidad de Norwich en análisis estratégico de defensa y con experiencia también en unidades como el 75º Regimiento Ranger.
Participó en 11 despliegues en el extranjero y recibió varias condecoraciones, entre ellas seis estrellas de bronce, una de las condecoraciones más altas de las Fuerzas Armadas.
Ese recorrido no termina en el ámbito militar.
Tras su retirada del campo de batalla, Kent se incorpora a la CIA como oficial paramilitar, un perfil que combina acción directa con acceso a inteligencia sensible.
Es una posición especialmente relevante porque permite observar la guerra desde dos planos a la vez: como operación y como construcción del relato que la sostiene.
Donald Trump, a bordo del Air Force One durante un vuelo de regreso a Washington. Kevin Lamarque Reuters
Ahí es donde su discurso actual adquiere densidad.
En su carta de dimisión, Kent no se limita a cuestionar la decisión concreta.
Describe el proceso que, a su juicio, conduce a ella.
Sostiene que durante años la política exterior que él apoyaba se construyó sobre una idea clara: evitar conflictos prolongados en Oriente Medio que consumen vidas y recursos sin un resultado definido.
Y sitúa el punto de inflexión en un cambio de percepción dentro de la propia administración.
Ese cambio, afirma, no fue espontáneo.
Habla de una "campaña de desinformación" impulsada por altos cargos israelíes y amplificada por sectores del sistema mediático estadounidense.
Describe un entorno que habría contribuido a fijar la idea de una amenaza inminente y de una guerra rápida, en lo que identifica como un patrón ya conocido.
"Esto fue una mentira", escribe. Y añade una referencia explícita: el mismo tipo de narrativa que, en su opinión, condujo a la guerra de Irak.
No es una objeción técnica. Es una impugnación del origen.
A esa lectura se suma un elemento que reconfigura su posición.
La guerra de Irán provoca las primeras deserciones en el entorno de Trump: renuncia el jefe de lucha contraterroristaEn 2019, su esposa y madre de sus dos hijos, Shannon Kent, criptóloga de la Marina de Estados Unidos, murió en un atentado suicida en Manbij, en el norte de Siria, mientras estaba desplegada en una misión de apoyo a operaciones militares.
En su escrito, ese episodio deja de ser contexto y pasa a ser argumento.
Kent no lo menciona como un dato biográfico, sino como un límite: la línea a partir de la cual considera que una nueva guerra deja de ser justificable.
Habla de su mujer como alguien que murió "en una guerra fabricada por Israel" y rechaza enviar a una nueva generación a un conflicto que, en su opinión, no responde al interés de Estados Unidos.
Márgenes del Partido Republicano
El aterrizaje de Joe Kent en la política no responde a una trayectoria orgánica dentro del Partido Republicano, sino a un proceso más reciente: la apertura de espacio para perfiles que hasta hace pocos años habrían quedado fuera del circuito institucional.
Su candidatura al Congreso por el estado de Washington se inscribe en ese cambio.
No llega como cuadro del partido ni como gestor, sino como un perfil que se legitima desde fuera, apoyado en su experiencia y en una narrativa de confrontación con las élites políticas tradicionales.
Ese posicionamiento le permitió construir visibilidad sin necesidad de victoria electoral.
Perdió en 2022 y volvió a hacerlo en 2024, pero ambas campañas lo situaron dentro de un ecosistema político donde la influencia no depende exclusivamente del escaño.
En ese entorno, Kent se consolida como una figura reconocible de la derecha más dura, con conexiones con actores mediáticos y activistas que operan en los márgenes del partido.
Ese recorrido, sin embargo, vino acompañado de controversia desde el inicio.
Trump presiona a Zelenski diciendo que puede acabar la guerra "casi de inmediato" si renuncia a Crimea y a la OTANDurante su primera campaña trascendió que había pagado por servicios de consultoría a Graham Jorgensen, vinculado a Proud Boys, una organización de extrema derecha con presencia en protestas violentas y señalada por su papel en el asalto al Capitolio del 6 de enero.
También mantenía relación con Joey Gibson, fundador de Patriot Prayer, un grupo ultraconservador surgido en la costa oeste de Estados Unidos y conocido por organizar movilizaciones callejeras de corte nacionalista.
Esos vínculos, junto a su resistencia a desmarcarse de narrativas sobre el asalto al Capitolio o de las dudas sobre el resultado electoral de 2020, marcaron su perfil público y condicionaron su posterior llegada al Gobierno.
Cuando fue nominado para dirigir el Centro Nacional de Contraterrorismo, esas cuestiones no desaparecieron.
Se trasladaron al proceso de confirmación, donde demócratas y parte del establishment de seguridad cuestionaron no tanto su experiencia operativa como su criterio político y su proximidad a posiciones conspirativas.
La aprobación, por un margen estrecho, reflejó esa tensión: Kent accedía a una de las estructuras más sensibles del sistema con un historial que generaba dudas dentro y fuera de su propio partido.
Su paso por el cargo tampoco estuvo exento de fricción.
Informaciones posteriores revelaron presiones sobre analistas de inteligencia para revisar evaluaciones sensibles, en particular sobre la relación entre el Gobierno venezolano y la organización criminal Tren de Aragua.
Esos episodios, que generaron preocupación dentro de la comunidad de inteligencia, alimentaron la percepción de que Kent estaba dispuesto a alinear el análisis con la narrativa política del momento.
En paralelo, su identidad pública ha seguido construyéndose, en otros términos.
En sus perfiles personales insiste en presentarse antes como padre de dos hijos, marido y veterano que como alto cargo.
Incluso el nombre de su cuenta en X remite a una fecha concreta —el 16 de enero de 2019— que coincide con el día en que murió su esposa en Siria.
No es un detalle menor: forma parte de una narrativa personal que atraviesa su trayectoria política y que condiciona la forma en la que se sitúa en el debate público.
Esa combinación —proyección política, controversia persistente, tensiones con el propio aparato de inteligencia y construcción personal del relato— es la que define su posición antes de la dimisión.
Crítica y tono de ruptura
Esta renuncia coincide con un cambio en el tipo de críticas que empiezan a articularse en torno a la guerra de Irán.
No solo aumentan en número. Se vuelven más concretas, más estructuradas y, en algunos casos, más radicales.
En el plano académico, John Mearsheimer, profesor en la Universidad de Chicago y uno de los principales teóricos del realismo, ha formulado una de las objeciones más completas.
Su diagnóstico no es coyuntural: sostiene que Estados Unidos se ha adentrado en un conflicto sin una salida clara y con un alto riesgo de escalada, cuestionando la idea de que Washington pueda controlar el desarrollo de la guerra una vez iniciada.
En el terreno político, las críticas adoptan otra forma.
Rand Paul, senador republicano por Kentucky y referente del ala libertaria, ha planteado una respuesta institucional: limitar la capacidad del Ejecutivo para sostener operaciones militares sin autorización del Congreso.
Trump pide ayuda a las otras democracias y a China para que su guerra en Irán no colapse el comercio en OrmuzSu posición parte de una premisa clara: que los motivos esgrimidos para la intervención no justifican el recurso a la guerra y que esta debe ser el último recurso, no el primero.
En paralelo, desde el propio entorno ideológico del trumpismo, Steve Bannon ha advertido de las consecuencias políticas de ese movimiento.
No tanto en términos estratégicos como electorales: esta guerra con Irán, ha señalado, puede fracturar la coalición que sostuvo a Trump, especialmente entre quienes apoyaban una política exterior más contenida.
Y junto a estas posiciones aparece un registro completamente distinto. Más emocional, más abrupto, pero también más revelador.
La exaliada Carrie Prejean —vinculada durante años al entorno de Trump— ha expresado su rechazo en términos que no remiten a una discrepancia puntual, sino a una ruptura abierta.
"El movimiento MAGA está muerto. Muerto del todo. Ya no reconocemos a este Donald Trump".
Y añade una acusación de mayor calado: "Creo que somos un país ocupado… Este presidente está siendo influido por un gobierno extranjero".
Ese lenguaje no pertenece al debate político convencional. Es otra cosa.
No configura una oposición coherente ni articulada. Pero sí dibuja un cambio en la naturaleza de la crítica: del desacuerdo sobre decisiones concretas a la duda sobre el marco que las sostiene.
En ese contexto, la dimisión de Kent adquiere un significado distinto.
No como origen, sino como punto de conexión entre registros que hasta ahora circulaban separados: el análisis estratégico, la objeción institucional, la advertencia política y la ruptura emocional.