Las historias de cuestiones fundamentales contadas de manera agradable y desacomplejada tienen un efecto social terapéutico. Lo serio, contado con humor, tiene que ver con una economía moral del ser humano común y corriente. Tal y como nos enseñó Chesterton, ese que ... está ocupado en sobrevivir. John Elledge, miembro destacado de esta escuela de divulgación fundamentada y jocosa, muy británica, propone en este volumen una exploración de un tema caliente por definición, las fronteras. El título no engaña, tampoco el subtítulo: 'Historias sorprendentes detrás de las líneas de los mapas'.
Como apunta en el prólogo, específico para la edición española, hay dos perspectivas fundamentales que quiere probar en una sucesión de estudios de caso que tienen todo el sentido, aunque por supuesto, esto forma parte del juego con el lector, podrían ser otros.
En primer término, pretende estudiar «si son las fronteras las que moldean las identidades, o son las identidades las que moldean las fronteras». También explora una constatación histórica. Que las fronteras sean «extrañamente rectas», insensatas o caóticas no puede implicar «que los Estados resultantes sean ilegítimos». Desde hace cinco milenios, hubo «islas de soberanía en un gran océano de tierra», insertas en periferias difusas.
'Caza al convoy', el rugido del león hispano
La primera parte, 'Historias', repasa algunas de las fronteras fundamentales desde la antigüedad hasta el siglo XX. No extraña que en una estrechez del valle del Nilo surgiera la primera frontera conocida del Antiguo Egipto, en el cual las áreas inundables marcaban divisiones, nunca mejor dicho, entre la vida y la muerte. Otros ejemplos fascinantes se tratan en capítulos sucesivos. Como el consagrado a Roma, que tuvo su 'Limes Germanicus' de quinientos kilómetros, sesenta fuertes y 900 torres de vigilancia; la Gran Muralla china, «que se extiende como una telaraña de 2.500 kilómetros», o la división en el Tratado de Tordesillas de 1494 del orbe conocido entre las coronas de España y Portugal.
Más reciente, la cuestión de la frontera danesa-alemana en la península de Jutlandia se inicia con la atribución al primer ministro británico Lord Palmerston de la siguiente frase: «Solo tres personas han comprendido el asunto: el príncipe consorte, que está muerto; un profesor alemán, que se ha vuelto loco, y yo, que lo he olvidado por completo». En el capítulo sobre el Telón de Acero y la división de Berlín en 1961 se detiene a explicar la gestión del metro entre el este y el oeste, con la conversión de estaciones «sin parada» en testigos mudos y tapiados del bloqueo impuesto.
La segunda parte, 'Legados', estudia enclaves aislados en medio de territorios ajenos, de las fronteras de Detroit a Königsberg/Kaliningrado, la ciudad de Kant, territorio ruso limítrofe con Lituania y Polonia, o casos suscitados por invasiones accidentales. Finalmente, 'Externalidades', se ocupa de la fijación del meridiano cero, la Antártida, el espacio o los países sin salida al mar. Lo que no excluye, como Bolivia, que también posean su marina de guerra.
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John Elledge, donde terminas tú empiezo yo
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