El expresidente de la Generalitat Jordi Pujol a su llegada al funeral del empresario Carles Vilarrubí, en la parroquia Sant Gervasi, a 30 de diciembre de 2025, en Barcelona. Alberto Paredes / EP.
Reportajes Jordi Pujol, el impune: de Banca Catalana como "vacuna" contra la Justicia al 'indulto biológico' por la fortuna oculta de AndorraSu salida del juicio por deterioro cognitivo deja sin respuesta el origen de la fortuna en Andorra y cierra en falso la caída del hombre que construyó una hegemonía política y moral durante dos décadas.
Más información: El 'indulto biológico' a Pujol no salva al clan: Jordi Jr. y sus hermanos se enfrentan a un total de 83 años de cárcel.
Julio César Ruiz Aguilar Barcelona Publicada 3 mayo 2026 01:43hJordi Pujol ya no tendrá que escuchar desde el banquillo el relato completo de su derrumbe. La Audiencia Nacional lo dejó este lunes fuera del juicio por la fortuna familiar oculta en Andorra después de constatar, tras un nuevo examen forense y una breve entrevista con el tribunal, que su deterioro cognitivo le impide defenderse.
Tiene 95 años. La Fiscalía Anticorrupción pedía para él nueve años de cárcel. El procedimiento seguirá contra sus hijos y otros acusados, peroel patriarca —el hombre que gobernó Cataluña durante 23 años, que hizo presidentes en Madrid, que convirtió el nacionalismo catalán en una maquinaria institucional y que durante décadas se presentó como la encarnación moral de un país— sale de la causa sin condena y sin absolución.
La imagen llega, además, en una fecha casi literaria: en la semana del 30 aniversario del Pacto del Majestic, aquella cena del 28 de abril de 1996 en la que Pujol convirtió sus diputados en la llave de La Moncloa y José María Aznar aceptó que, para gobernar España, debía pactar con el catalanismo que había combatido en campaña.
Jordi Pujol, el 'expresident' de Cataluña que llevó a Aznar a la Moncloa y se zafó de la Justicia
La biografía de Pujol siempre ha tenido algo de construcción deliberada. Nació en Barcelona en 1930, en una familia de burguesía catalana, católica y catalanista. Aplicado desde párvulo en el Colegio Alemán, aprendió catalán cuando la lengua había sido expulsada de la vida oficial.
Luego estudió Medicina, militó en ambientes católicos, se formó en una idea casi espiritual de Cataluña y encontró pronto una causa que lo sobreviviría: la de un país pequeño, herido por la historia, que debía protegerse de la desaparición.
Raimon Obiols, antiguo líder del PSC, lo explica de manera seca: "Pujol exprimió desde el principio el fantasma de la extinción". Esa fue una de sus grandes intuiciones políticas. No bastaba con decir que Cataluña existía. Había que advertir, una y otra vez, de que podía dejar de existir.
El expresidente de la Generalitat, Jordi Pujol, a su llegada a la izada de la senyera, a 10 de septiembre de 2025, en Barcelona. Alberto Paredes / EP.
Símbolo antifranquista
Su mito nació en 1960, en el Palau de la Música. Durante una visita de Franco a Barcelona, un grupo de asistentes entonó el Cant de la Senyera, prohibido por el régimen. Pujol fue detenido, acusado de instigar la protesta y condenado por un consejo de guerra.
Cumplió parte de la pena y salió de prisión convertido en algo más que un activista: en un hombre con credenciales de sacrificio. La cárcel le dio una legitimidad que después administraría con precisión. En la Cataluña de la Transición, Pujol podía decir que no había llegado a la política desde la comodidad, sino desde la represión.
Esa biografía —el joven médico, el católico social, el preso antifranquista, el catalanista resistente— fue la primera piedra de su autoridad. Pero Pujol no fue nunca sólo un resistente. Fue también un hombre de dinero, de empresa, de banca y de redes. Antes de ser president fue vicepresidente ejecutivo de Banca Catalana.
Recorte de prensa francesa de 1960 que informa de la condena a siete años de prisión de Jordi Pujol tras el episodio del Palau de la Música, uno de los hitos que cimentaron su relato como opositor al franquismo y su posterior legitimidad política en Cataluña. E. E.
Desde allí, y desde otros espacios económicos y culturales, empezó a levantar un ecosistema de poder que sus partidarios llamaron fer pais[hacer país, en castellano] y sus adversarios describieron como una forma temprana de clientelismo nacionalista.
Pepe Oneto, periodista fallecido en el 2019, lo resumió con una frase cruel y exacta: "Pujol era el producto típico de una burguesía catalana" y "el ejemplo más significativo de la doble personalidad tanto en la política como en el mundo de los negocios".
Esa doble condición —moralista público y operador económico, padre de la nación y gestor de intereses, predicador de austeridad y patriarca de una familia con fortuna oculta— acabaría siendo el centro de su tragedia.
Jordi Pujol, fotografiado en su domicilio de Barcelona en 1964. Archivo familiar.
Primer tropiezo
El caso Banca Catalana fue el primer gran ensayo general. En 1984, la Fiscalía presentó una querella contra los antiguos gestores de la entidad, entre ellos Pujol, ya presidente de la Generalitat.
El golpe que podía haberlo destruido lo reforzó. Ante miles de personas concentradas frente al Palau de la Generalitat, pronunció una de las frases fundacionales del pujolismo defensivo: "El Gobierno central ha hecho una jugada indigna; a partir de ahora, de ética y moral hablaremos nosotros, no ellos".
La causa acabó archivada. Pujol salió inmunizado. El periodista Jordi Évole dijo años después que aquel archivo le dio "una gran vacuna", una fuerza popular que lo blindó frente a sospechas futuras. Desde entonces, cualquier ataque contra él podía ser traducido como un ataque contra Cataluña.
Durante los siguientes 23 años, Pujol convirtió esa identificación en método de gobierno. Ganó seis elecciones autonómicas, obtuvo tres mayorías absolutas, fundó y consolidó Convergència Democràtica de Catalunya, sostuvo la federación con Unió y levantó una hegemonía que fue electoral, institucional, cultural, lingüística, mediática y sentimental.
Gobernó como si Cataluña fuera una obra en construcción permanente y él, su arquitecto indispensable. "En España —fuera de Cataluña— se le veía como un gran estadista, un político de altura", dice la politóloga Astrid Barrio.
"Pujol no gobernó un Estado, lo construyó", dijo Josep Miró i Ardèvol, expolítico y uno de los miembros fundadores de Convèrgencia. La frase es elogiosa, pero también puede leerse, precisamente, como advertencia.
Jordi Pujol con el presidente de la República Francesa, Jacques Chirac, en el Palacio del Elíseo de París, en 1997. E. E.
Una estrategia invisible
El pujolismo no se conformó con administrar competencias. Aspiró a moldear una sociedad. El llamado Programa 2000 fue la expresión más clara de esa ambición. Revelado en 1990, trazaba una estrategia para extender el catalanismo a la escuela, la universidad, los medios, la empresa, la administración y las entidades culturales.
Para sus partidarios, era una política de reconstrucción nacional después del franquismo. Para sus críticos, una hoja de ruta de adoctrinamiento. En ambos casos, mostraba la misma lógica: Pujol pensaba en décadas. No era un político de golpe de efecto, sino de sedimentación.
Enric Ucelay-Da Cal, catedrático emérito de la Universidad Pompeu Fabra, lo define como una paradoja carismática: menudo, calvo, mal orador, alejado del canon del líder poderoso, pero dotado de astucia, memoria prodigiosa y una capacidad extraordinaria para recordar nombres, territorios, agravios y lealtades.
"Es más, puede que sus deficiencias como figura de físico atractiva y su mala oratoria, con el síndrome de Tourette, le hicieran más atractivo como jefe, más cercano, más 'uno de nosotros'", explica el doctor en historia por la Universidad de Columbia en una conversación con EL ESPAÑOL.
Pregunta.— Usted escribió La Cataluña populista, que Pujol llegó a considerar una "obra maldita". Si tuviera que situarle dentro de ese esquema de populismo interclasista , ¿qué rasgos concretos de su liderazgo encajan mejor en esa tradición y cuáles se le salen del molde?
Ucelay-Da Cal.— En muchos sentidos, los años setenta fueran la culminación de los treinta (en plan La guerre est finie, film d’Alain Resnais de 1966, sobre los comunistas españoles o catalanes). Pujol -con Josep Benet (rival suyo) y Raimon Galí (consejero aulico) – encarnaron la idea de que los catalanistas católicos podían cumplir el papel histórico que en 1936-1937 fue imposible llevar a cabo en la Cataluña republicana.
Ser como el PNV, pero en Cataluña, realizar el rol demostrativo que no pudo cumplir Manuel Carrasco i Formiguera, fusilado en Burgos en 1938. En 1975-1976, Pujol quiso jugar la carta CNT frente al PSUC, pero el caso Scala en 1978 le cortó definitivamente el camino.
Sin embargo, el PSUC, en elecciones no obtuvo el éxito esperado, así que el PSC (fusión especial de socialistas y comunistas anti-PSUC) se convirtió en el enemigo necesario, aunque siempre fracasado, para el crecimiento del pujolismo. Hasta que, ya caído Pujol en 2003, tumbado muy a su disgusto por su propio medio, Pasqual Maragall en 2006 pudo sacar adelante una coalición de gobierno.
Enric Ucelay-Da Cal, en una imagen de archivo durante una entrevista con EL ESPAÑOL. Alberto Gamazo El Español Barcelona
Pactos y 'familia'
Su poder tenía mucho de paternal. Cataluña no era para él sólo una comunidad autónoma. Era una familia ampliada, una nación en vigilancia, una comunidad moral. Él hablaba como quien educa, corrige y advierte. Quería a la lengua catalana en el centro. También la escuela.
Flotando quedaba la idea de integración, aunque su pensamiento sobre la inmigración estuvo atravesado por formulaciones que hoy resultan ásperas y que sus adversarios han utilizado para denunciar una concepción esencialista del país.
Pujol podía hablar de cohesión cívica y, al mismo tiempo, de miedo a la desaparición. Podía defender que Cataluña integraba a los recién llegados y, a la vez, advertir de que la catalanidad quedaba amenazada por la demografía, la baja natalidad o la presión cultural española. Esa tensión recorrió toda su vida política.
El Majestic fue la cima exterior de ese poder. Tras las elecciones generales de 1996, Aznar necesitaba apoyos para llegar a La Moncloa. Pujol negoció. La cena del 28 de abril en el hotel Majestic de Barcelona selló el acuerdo. CiU apoyaría la investidura del líder del PP; a cambio, Cataluña obtenía avances en financiación autonómica, traspasos como el de tráfico y un reconocimiento práctico de su capacidad de condicionar la gobernabilidad española.
Foto de julio de 1996, en la que José María Aznar recibía a Jordi Pujol en el Palacio de la Moncloa. E. E.
Aquel pacto fue la demostración más acabada del pujolismo: no romper con España, sino hacerla depender de Cataluña; no proclamar la independencia, sino convertir la autonomía en una palanca; no abandonar el Estado, sino obligarlo a negociar. "Sin Pujol, ni Felipe González habría resistido, ni José María Aznar habría sido investido", sentencia Josep Miró i Ardèvol.
Aquel acuerdo tuvo también una consecuencia simbólica: Alejo Vidal-Quadras, el dirigente del PP catalán más combativo contra el nacionalismo, fue apartado de la primera línea. Pujol no sólo obtenía competencias. También modificaba el tablero de sus adversarios. Esa fue una de sus habilidades más inquietantes: sabía pactar con Madrid para gobernar Cataluña y pactar en Cataluña para influir en Madrid.
Durante años, el nacionalismo catalán moderado fue eso. Una fuerza que ladraba lo suficiente para obtener concesiones, pero no mordía hasta romper la baraja. El escritor Suso de Toro afirmó que Pujol fue para España "la garantía de que el catalanismo ladraba pero no mordía". La frase explica por qué lo necesitaron tantos gobiernos y por qué tantos adversarios lo soportaron.
Josep Tarradellas, el viejo president en el exilio, nunca aceptó del todo esa forma de poder. Llegó a hablar de "dictadura blanca" para describir el pujolismo. La expresión era feroz porque no denunciaba una dictadura en sentido formal, sino una hegemonía envolvente: instituciones, partido, medios, subvenciones, entidades, cargos, lealtades.
Pujol no necesitaba aplastar a sus rivales. Le bastaba con rodearlos. Su poder era más eficaz cuando parecía natural. Gobernaba la Generalitat, influía en los medios, dialogaba con empresarios, administraba la lengua, marcaba la agenda educativa, negociaba con Madrid y se presentaba siempre como el servidor de una causa superior.
'Els diners'
Por eso la confesión de 2014 fue tan devastadora. El 25 de julio de aquel año, Pujol admitió que su familia había mantenido durante décadas dinero oculto en el extranjero, supuestamente procedente de una herencia de su padre, Florenci Pujol. Dijo que nunca había encontrado el momento de regularizarlo. Pidió perdón.
Renunció después a sus honores, a la presidencia honorífica de CDC, al trato de Molt Honorable, a la oficina y al sueldo como expresidente. Pero el daño ya estaba hecho. Joan Subirats, ex ministro de Universidades, habló de "drama" y de "ruina moral". Militantes de Convergència se declararon de luto. Artur Mas, su heredero político, dijo que sentía "mucha pena, pero también compasión". La caída no era sólo penal ni fiscal. Era casi religiosa: el padre había fallado.
El expresidente de la Generalitat Jordi Pujol a su llegada al homenaje que la entidad Amics de Jordi Pujol le rindió en 2021 en Barcelona. Marta Pérez / EFE.
La comparecencia de Pujol en el Parlament fue el último gran acto del personaje antes de entrar definitivamente en la penumbra judicial. "Puedo decir rotundamente que yo no he sido un político corrupto", afirmó."No he recibido nunca dinero a cambio de una decisión política o administrativa".
También dijo: "Yo no decidí hacer política para ganar dinero, de dinero ya tenía". Y añadió una frase que parecía salida de una confesión íntima más que de una defensa parlamentaria: "A menudo se piensa que guardar dinero se hace por codicia, pero a veces se hace por miedo".
Pujol intentaba salvar la diferencia entre pecado y corrupción. Admitía la ocultación, pero negaba la podredumbre. Aceptaba la falta, pero rechazaba el retrato. Quería seguir siendo el hombre que había hecho país, no el patriarca que había escondido dinero.
El problema es que la justicia y la policía construyeron otro relato. La UDEF concluyó en 2017 que la familia Pujol-Ferrusola habría obtenido un beneficio económico no justificado de 69 millones de euros en cuentas de Andorra desde 1990. El juez José de la Mata dio por cerrada la instrucción en 2020 con indicios para juzgar a la familia por organización criminal o asociación ilícita, blanqueo de capitales, fraude fiscal y falsedad documental.
En su auto sostuvo que los Pujol habían aprovechado durante decenios su "posición privilegiada de ascendencia en la vida política, social y económica catalana" para acumular un "patrimonio desmedido" relacionado con actividades corruptas. La acusación dibujaba un sistema basado empresarios que pagaban, adjudicaciones que se facilitaban, sociedades que disimulaban, cuentas que ocultaban y una familia que funcionaba como centro de gravedad.
El primogénito, Jordi Pujol Ferrusola, quedó señalado como pieza clave. La investigación lo presentó como gestor de los fondos, intermediario, comisionista y administrador de una red patrimonial internacional. Él ha defendido que sus cobros respondían a trabajos de asesoramiento y no a mordidas ilegales.
Jordi Pujol Ferrusola a su llegada a la Audiencia Nacional, el 24 de noviembre de 2025.
Pero el daño narrativo ya era irreversible. El apellido Pujol dejó de evocar sólo Generalitat, catalanismo, Majestic o Banca Catalana. Empezó a evocar Andorra, paraísos fiscales, regularizaciones, pendrives, sociedades, comisiones y clan. El padre fundador había sido sustituido por el patriarca investigado.
Marta Ferrusola, fallecida en 2024, completaba ese retrato familiar. Durante años fue una figura inseparable del pujolismo doméstico: la esposa católica, severa, influyente, madre de siete hijos, guardiana del entorno familiar. También fue investigada.
La causa la alcanzó, aunque su deterioro por Alzheimer terminó apartándola del procedimiento antes de su muerte. En torno a ella quedó una de las imágenes más simbólicas del caso: la de una familia que había predicado valores, sacrificio y servicio público mientras acumulaba un patrimonio opaco que ni la confesión del padre ni las explicaciones de los hijos han logrado hacer comprensible del todo.
Un legado
El derrumbe de Pujol abrió una pregunta más amplia: cuánto de Cataluña había en Pujol y cuánto de Pujol había en Cataluña. Había logrado que durante décadas su figura se confundiera con la Generalitat, con el catalanismo moderado, con la normalización lingüística, con la burguesía catalana, con la estabilidad española, con la idea misma de país.
Por eso su caída tuvo una onda expansiva tan fuerte. No caía un expresidente. Caía un espejo. Y, sin embargo, reducir Pujol al caso Pujol sería tan falso como absolverlo por su obra política. Su legado existe. Cataluña no se entiende sin sus gobiernos.
Y con ellos, la consolidación de la Generalitat, la extensión de los Mossos d'Esquadra, la normalización lingüística, la creación de una administración propia, la construcción de una red institucional, la proyección exterior, la transformación de CiU en una fuerza central de la democracia española.
Josep Tarradellas inviste a Jordi Pujol como president de la Generalitat, en 1980. E. E.
Javier Tusell llegó a comparar su figura con la de Cambó y a calificar su etapa como una "bendición" para España y para Cataluña. Incluso muchos críticos admiten que fue uno de los políticos más importantes del último tercio del siglo XX. Esa es la incomodidad de Pujol. Que no fue un farsante sin obra. Fue un constructor con sombra.
Ahí está la materia trágica del personaje. Si sólo hubiera sido un corrupto, su biografía, y también ésta semblanza, sería más simple. Si sólo hubiera sido un padre de la autonomía, también. Pero fue ambas cosas a la vez, o al menos esa es la sospecha que deja su vida pública.
Raimon Obiols dijo que su problema no era haber sido un independentista implícito y maquiavélico, sino no haber tenido una idea precisa: cuando convenía ser independentista, lo era; cuando no convenía, no. Esa elasticidad fue una virtud política durante años y una fuente de ambigüedad histórica después.
Lo que queda
La Audiencia Nacional ha concluido que Pujol no puede defenderse por su estado cognitivo, y eso lo saca del juicio, pero no resuelve el dilema de su memoria. No será condenado. Tampoco será absuelto. Su figura queda suspendida en una zona intermedia, que quizá sea la más adecuada para alguien que vivió siempre en la ambigüedad.
El proceso continúa contra sus hijos. La causa familiar seguirá produciendo documentos, declaraciones y versiones. Pero el hombre que mejor podía explicar qué fue el pujolismo ya no está en condiciones de hacerlo. Treinta años después del Majestic, la escena española es casi irreconocible. Convergència desapareció. CiU se rompió. El procés desbordó el autonomismo calculado de Pujol.
El PP convirtió el combate contra el nacionalismo catalán en una de sus señas. El PSOE volvió a necesitar a fuerzas independentistas para gobernar. Cataluña sigue discutiendo sobre financiación, lengua, identidad, Estado y autogobierno con palabras que Pujol ayudó a fijar. Su mundo se hundió, pero su gramática permanece.
El expresidente de la Generalitat, Jordi Pujol, a su llegada a la izada de la senyera, a 10 de septiembre de 2025, en Barcelona. Alberto Paredes / EP.
Jordi Pujol fue el joven que aprendió catalán en la posguerra, el médico que no quiso ser médico, el católico que estuvo a punto de elegir la vida religiosa, el preso antifranquista que convirtió la cárcel en credencial, el banquero que aprendió pronto que el dinero también construye poder.
El fundador de Convergència, el president que gobernó 23 años, el negociador del Majestic, el padre político de varias generaciones nacionalistas, el hombre que decía que "de ética y moral" hablarían ellos y no Madrid, el patriarca que confesó dinero oculto y el anciano que abandona el juicio por demencia sobrevenida.
Durante años encarnó la idea de que un país podía levantarse a pulso: con método, con fe y con una identidad que lo ordenara todo. Hoy queda la otra cara: la de un proyecto que acabó replegándose sobre sí mismo, hasta borrar la línea entre lo público y lo propio, entre la causa y quien la administraba. Ahí queda: una Cataluña que ayudó a levantar y una pregunta intacta que ya nadie podrá responder.
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