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Juan F. Fuentes: "Si se compara a Sánchez con Suárez es para blanquearlo; hay una frontera entre decencia e indecencia"

Juan F. Fuentes: "Si se compara a Sánchez con Suárez es para blanquearlo; hay una frontera entre decencia e indecencia"
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El Premio Nacional de Historia de España 2025 ahonda sobre la figura de Adolfo Suárez en el 50 aniversario de su designación como presidente del Gobierno. "Suárez no es un personaje opaco, pero sí enigmático; ese rasgo de su personalidad forma parte, efectivamente, de su leyenda". Más información: Javier Cercas: "El 23-F es el mito fundacional de la democracia, nuestro asesinato de Kennedy; es una paranoia colectiva".

El catedrático y escritor Juan Francisco Fuentes fue Premio Nacional de Historia de España 2025. Sara Fernández

España Juan F. Fuentes: "Si se compara a Sánchez con Suárez es para blanquearlo; hay una frontera entre decencia e indecencia"

El Premio Nacional de Historia de España 2025 ahonda sobre la figura de Adolfo Suárez en el 50 aniversario de su designación como presidente del Gobierno.

"Suárez no es un personaje opaco, pero sí enigmático; ese rasgo de su personalidad forma parte, efectivamente, de su leyenda".

Más información: Javier Cercas: "El 23-F es el mito fundacional de la democracia, nuestro asesinato de Kennedy; es una paranoia colectiva".

Publicada 3 julio 2026 02:44h Las claves

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El 3 de julio de 1976, 50 años atrás y por designación del rey Juan Carlos I, Adolfo Suárez llegó al poder por la puerta estrecha de la historia. Una vía improbable, lateral, de difícil acceso y tan inesperada como con poco margen de maniobra para llevar a cabo los cambios que necesitaba España.

Suárez no venía de la oposición democrática ni de los grandes apellidos del franquismo, sino del Movimiento, de ocupar los despachos intermedios del régimen y de dirigir RTVE.

Contra todo pronóstico, aquel desconocido "hombre de provincias", como se refería a él Javier Cercas, se convirtió en el rostro más reconocible de la Transición; una figura que procedía de la dictadura y acabó propiciando su propio desmembramiento.

El expresidente del Gobierno, Adolfo Suárez, en una imagen de archivo. Ministerio de Presidencia

Suárez fue el hombre que legalizó el Partido Comunista. El que sacó adelante la Ley para la Reforma Política que desmanteló pacíficamente el régimen. El que impulsó las primeras elecciones democráticas en 1977 . El que dio pie a la aprobación de la Constitución Española en 1978.

Fue Suárez un hombre áspero con el Parlamento, magnético ante la televisión, malquerido por parte de las élites económicas, acosado por el ruido militar y finalmente abandonado por casi todos, incluido el rey Juan Carlos.

Una de sus últimas imágenes como presidente, sentado en su escaño mientras los disparos del 23-F silbaban en el Congreso, terminó de fijar una leyenda que todavía incomoda: la del hombre que quizá no sabía hasta dónde iba a llegar, pero que llegó más lejos de lo que todo el mundo, incluso él mismo, preveía.

Cinco décadas después, Juan Francisco Fuentes, catedrático de Historia Contemporánea y Premio Nacional de Historia de España2025, vuelve sobre aquel personaje en su libro Adolfo Suárez. La opción más difícil, una reedición de su biografía política ampliada y actualizada con nueva documentación.

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"He modificado algunas cosas porque han pasado quince años, y en ese tiempo ha cambiado la forma en que miramos aquella época y las preguntas que nos hacemos sobre ella", relata Fuentes en conversación con EL ESPAÑOL.

El escritor e historiador reflexiona sobre el Suárez real y el Suárez mítico, sobre sus aciertos y sus errores, sobre Juan Carlos I, las conspiraciones, el deterioro de la Transición y la imposibilidad actual de reproducir aquel espíritu de pacto.

PREGUNTA.– ¿Sigue viendo a Adolfo Suárez como un personaje opaco? ¿Su misterio forma parte de su leyenda política?

RESPUESTA.– Yo no diría opaco, pero sí enigmático, y ese rasgo de su personalidad forma parte, efectivamente, de su leyenda.

P.– Suárez fue un político de ascenso rápido: gobernador civil, director general de RTVE, ministro secretario general del Movimiento, presidente del Gobierno. ¿Qué explica esa trayectoria: su talento, su capacidad de obedecer, su olfato para colocarse en el lugar exacto o una ambición que los demás no supieron medir?

R.– Todo eso a la vez y una intuición especial para adelantarse a las exigencias de cada momento en una época en que la historia avanzaba muy deprisa. Un ministro suyo, que acabó siendo muy crítico con él, me contó que un día Suárez le dijo: "Vosotros [se refería a los dirigentes de UCD] sabéis más que yo, pero yo veo más lejos que vosotros". Y me reconoció que tenía razón.

Juan Francisco Fuentes durante una entrevista con EL ESPAÑOL. Sara Fernández

P.– En el libro aparece un Suárez que viene del Movimiento, de la Secretaría General, de TVE, de los engranajes del franquismo. ¿Cuándo deja de ser un hombre del régimen y empieza a ser 'otra cosa'? ¿O ya arrastraba esa idea de 'transformar' el país de antes?

R.– Que tanto él como el Rey querían algún tipo de cambio después de la muerte de Franco me parece indudable, entre otras cosas por una especie de imperativo generacional. La dirección y la velocidad de ese cambio las vio Suárez sobre la marcha, porque una de sus virtudes fue adaptarse en cada momento a lo que la situación requería. Políticamente evolucionó a gran velocidad, en una transición personal en paralelo a la que seguía el país. En la vida de Suárez hay un antes y un después de su nombramiento como presidente del Gobierno el 3 de julio de 1976. En ese momento, deja de ser un político de perfil bajo, más bien gris, y se convierte en un auténtico líder, capaz de tomar decisiones arriesgadas e imaginativas.

P.– ¿Suárez tenía un proyecto democrático claro cuando llegó a la Presidencia o fue descubriendo el alcance de su propia operación a medida que avanzaba?

R.– Mi impresión es que cuando es nombrado presidente tiene una idea bastante clara de lo que quiere y una vaga idea de cómo conseguirlo, que en líneas generales es el 'de la ley a la ley' de Torcuato Fernández-Miranda, con un elemento de audacia muy personal y una capacidad de seducción que fue tal vez su mayor cualidad política.

P.– ¿Cuál fue la ‘opción más difícil’ de Suárez? ¿Aceptar el encargo del Rey, enfrentarse al Ejército, legalizar el PCE, pactar con la izquierda, desmantelar su propio mundo político o asumir que tenía que irse?

R.– Desde luego, aceptar el encargo del Rey, en absoluto, porque llevaba toda la vida esperando ese momento. Según su propio testimonio, cuando Juan Carlos I le nombró presidente él contestó: '¡Ya era hora!'. Las otras decisiones fueron difíciles, pero entran dentro de su filosofía del más difícil todavía. La decisión de dimitir fue muy dura, por las razones que le llevaron a tomarla y porque le obligaba a reinventarse políticamente, o bien como un líder de UCD en la sombra o bien como un futuro líder opositor, que era algo para lo que Suárez no tenía condiciones. Él estaba hecho para gobernar, y para gobernar en un escenario determinado.

P.– Suárez es hoy una figura casi intocable en la memoria democrática española. ¿Qué Suárez ha terminado ganando: el político real, con sus maniobras, sus ambiciones y sus errores, o el Suárez mítico, el del 23-F, el de la soledad, el del héroe trágico? ¿Cuánto hay de justicia histórica y cuánto de construcción sentimental posterior?

R.– Creo que las dos cosas son verdad: se ha hecho justicia con su legado, que naturalmente tiene luces y sombras, y por otro lado se recuerda lo mejor de su figura y de su trayectoria: el presidente que dio la cara en el 23-F, el que supo ponerse de acuerdo con sus adversarios, el que dejó el poder en un momento muy difícil, anteponiendo el interés colectivo a su ambición política, su dignidad en la tragedia…

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P.– ¿Dónde cree que falló más: en la gestión de UCD, en la economía, en su relación con las Cortes, en el modelo territorial o en su forma personalista de ejercer el poder?

R.– Él reconoció que no supo dirigir a su partido, que no tenía condiciones para eso, y es verdad. Tenía una concepción de la democracia más presidencialista que partidaria. En economía se rodeó de un buen equipo, que hizo lo que pudo en circunstancias muy adversas. En cuanto a los posibles errores en el modelo territorial, creo que las responsabilidades están muy repartidas.

P.– Suárez tuvo una relación compleja con el Rey: complicidad, dependencia, distancia y finalmente deterioro. ¿Cuándo empieza a romperse de verdad esa alianza y cómo le afecta personalmente?

R.– Empiezan a deteriorarse en los primeros meses de 1980 y se rompen en torno al verano de ese año. La ruptura le afecta mucho política y personalmente, en primer lugar, porque mantenían una estrecha relación de amistad desde 1969 y en segundo lugar porque Suárez llegó a ser presidente del gobierno gracias al rey, que en los momentos más difíciles de la transición, por ejemplo, la legalización del PCE, le prestó un apoyo sin el cual Suárez no hubiera podido proseguir su política.

P.– Juan Carlos sostiene en sus memorias que, al final, la salida de Suárez era "inevitable". ¿Esa frase describe una evidencia política o encubre una responsabilidad? ¿Hasta qué punto el Rey contribuyó a hacer inevitable aquello que después presentó como inevitable?

R.– A lo largo de 1980, el rey pensó lo mismo que muchos españoles de toda condición: que el momento de Suárez había pasado y que los nuevos retos le estaban superando –segunda crisis del petróleo, ofensiva terrorista, agravamiento del problema militar–. Suárez percibió una creciente frialdad en el rey y el rey notó la desconfianza de Suárez. Uno sospechaba, el otro desconfiaba. Es un círculo vicioso de desencuentros y agravios mutuos. Juan Carlos I no le obligó a dimitir, pero en momentos muy difíciles, a finales de 1980, Suárez sintió que ya no tenía el respaldo incondicional del rey.

P.– Hay un Suárez público y un Suárez privado. ¿Eran distintos? ¿Cómo era Adolfo Suárez en la intimidad, una vez se alejó de la política? ¿Le cambió perder su poder?

R.– Es difícil saberlo, porque poco después de dejar la política empezó su tragedia familiar, como el cáncer de su mujer y su hija o su propia enfermedad. La evolución de su personalidad a partir de entonces se debió más a estas circunstancias que al efecto que pudiera tener en él el fin de su carrera política.

Juan Francisco Fuentes durante una entrevista con EL ESPAÑOL. Sara Fernández

P.– En los últimos meses se han desclasificado documentos sobre el 23-F. ¿Le han hecho cambiar algo sustancial de su interpretación sobre Suárez, el Rey y aquellas horas, o más bien confirman que todavía conocemos sólo una parte del subsuelo de la Transición?

R.– No me han hecho cambiar de opinión en absoluto. Me remito a lo que digo en el prólogo del libro: que el anuncio de la desclasificación de documentos secretos siempre genera, primero, grandes expectativas y luego grandes decepciones, que en los más imaginativos derivan en una curiosa teoría conspirativa: que se desclasifican aquellos documentos que coinciden con la versión oficial y permanecen secretos los que la desmienten. Mi prólogo está fechado en octubre pasado, antes de la desclasificación de documentos del 23-F, y hoy no cambiaría ni una coma.

En la historia no hay casos cerrados y, por tanto, pensar que algún día lo sabremos todo sobre un determinado episodio histórico es, en el mejor de los casos, una ingenuidad. A menudo, los que se preguntan cuándo lo sabremos todo de algo –la pregunta más absurda que se le puede hacer a un historiador– no pretenden que sepamos más, sino que sepamos menos. La verdad siempre genera relatos imperfectos, con cabos sueltos; sólo la mentira, la ficción y las teorías conspirativas son capaces de explicarlo todo. Tienen una inconveniente, claro: que son mentira.

P.– Ha hablado de la necesidad de un PSOE que no levante muros. Suárez hizo política buscando incorporar al adversario al sistema. ¿Pedro Sánchez representa una lógica inversa: convertir el muro político en herramienta de poder?

R.– Sí.

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P.– Hay quien compara a Suárez y a Sánchez por su instinto táctico, su resistencia, su relación directa con el poder y su capacidad para pactar con actores muy distintos. ¿Usted ve alguna similitud entre ambos personajes?

R.– No, no veo ninguna similitud. Creo que la única razón de quienes plantean ese paralelismo es blanquear políticamente a Sánchez.

P.– Suárez creyó al final que una "gran cloaca madrileña" quería destruirlo. En la España de Sánchez, el lenguaje de las cloacas ha vuelto: se habla de fango, de lawfare, mientras la oposición le acusa de usar recursos del poder contra sus enemigos. ¿Estamos ante una continuidad histórica de las sombras del Estado o ante algo muy distinto?

R.– Creo que es otra cosa.

Juan Francisco Fuentes durante una entrevista con EL ESPAÑOL. Sara Fernández

P.– Suárez pactó con comunistas, socialistas, nacionalistas y antiguos franquistas para fundar un régimen constitucional. Sánchez pacta con independentistas y fuerzas muy diversas para sostener una mayoría parlamentaria. ¿Dónde está la frontera entre el pacto como fundación de un sistema y el pacto como conservación del poder?

R.– La frontera está en la línea que separa la decencia de la indecencia.

P.– Cincuenta años después, ¿qué lección de Suárez cree que la política española ha aprendido y cuál ha olvidado por completo?

R.– Creo que la sociedad en general no ha olvidado las grandes lecciones de la Transición, como la reconciliación y la concordia, una de las palabras fetiche de Suárez, hasta el punto de que figura en su epitafio. Son lecciones aprendidas de las generaciones que vivieron la Guerra Civil y dijeron 'nunca más”' En estos casos, siempre recuerdo aquellas palabras de Azaña en un discurso pronunciado en plena guerra, cuando exhorta a los españoles del mañana, si algún día notan que les vuelve a hervir 'la sangre iracunda', a oír la lección de 'la musa del escarmiento'. Es la clase política actual, que en su mayor parte ni vivió la transición ni la conoce, la que ha olvidado esas lecciones. Una vez más, conviene distinguir entre opinión pública y opinión publicada: lo que piensan los españoles sobre la transición y lo que dicen de ella algunos partidos políticos y medios de comunicación que se arrogan una representatividad social que en muchos casos no tienen.

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