Se trata, quizás, de una de las obras más inquietantes del siglo XX, con proyección extraordinaria en nuestro siglo XXI, donde acaso cobra un sentido todavía más pleno y absoluto. Cuando se publicó por primera vez, ni en su país, que hoy llamamos República Checa ... pero entonces era el Imperio Austrohúngaro, ni en ninguna otra parte tuvo apenas repercusión. Incluso fue recibida por algunos críticos como una novela oscura, abstracta, incomprensible e ilegible.
Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, especialmente a partir de las lecturas que hicieron de ella Jean-Paul Sartre o Albert Camus, 'El proceso' se terminó convirtiendo en un icono. Un signo literario, en el centro del pensamiento moderno, que denuncia la terrible opresión de los totalitarismos.
Albert Camus, alienación en tiempos de crisis
La primera edición de 'El proceso' tuvo lugar en Berlín, en 1925, bajo el sello de la editorial alemana Verlag Die Schmiede. Y supuso (por fortuna para sus lectores) una verdadera traición a los deseos de su autor, Franz Kafka, que dejó la novela inacabada y le pidió a Max Brod que a su muerte destruyera todos sus manuscritos. No lo hizo así su amigo, sino que, por el contrario, un año después de la desaparcición de Kafka dio a la imprenta el libro, organizando él mismo la sucesión de los capítulos. Ese carácter fragmentario que sin duda ha contribuido a destacar aún más su modernidad. Y a que el término «kafkiano» se acabara instalando en el lenguaje popular como sinónimo de lo absurdo, lo angustioso o lo ilógico.
Tanto o más que como obra literaria, más allá de cualquier concepto de novela, 'El proceso' de Kafka se toma hoy como herramienta filosófica para reflexionar sobre la verdadera esencia de las relaciones entre el individuo y el Estado. Sobre el sufrimiento personal de aquel Josef K., el protagonista y alter ego del autor, que intenta defenderse de un sistema judicial opaco, absurdo y omnipresente.
Leer esta obra con los ojos de nuestro tiempo nos hace pensar en algunas inquietudes que sentimos de plena actualidad. Empezando por el absolutismo de la burocracia digital, las decisiones automáticas (créditos, empleos, bloqueos de cuentas, cancelaciones…) o los algoritmos, que nos hacen pensar en el poder desmesurado de la inteligencia artificial. Continuando por la vigilancia constante del sistema sobre el individuo, que nos lleva a pensar en el control de nuestros datos, así como en la sensación (cierta) de estar permanentemente observados por los otros.
Quizás una identificación del tribunal de Kafka con el algoritmo; de sus jueces con los sistemas automatizados de las grandes compañías, y del proceso con trámites burocráticos digitales
Y terminando por la angustia y la ansiedad, el sentimiento de esa «culpa difusa» que Kafka plantea como producto del juicio sin causa aparente, o por la presión social, que nos insinúa que nunca hacemos lo suficiente para estar a la altura, o que todo lo hacemos mal, con la necesidad de ser redimidos permanentemente por la validación social de los «me gusta». En fin, la deshumanización.
Así, al lado de unas cuantas películas que beben directa ('El proceso', de Orson Welles) o indirectamente ('Brazil', de Terry Gilliam) sobre la gran obra de Kafka, junto a 'La metamorfosis' y 'El castillo', no es difícil comprobar de qué modo lo kafkiano se ha introducido en las propuestas artísticas de nuestro tiempo. Baste pensar, por ejemplo, en series de televisión tan populares como 'Black Mirror', especialmente en capítulos como 'Caída en picado' u 'Odio nacional'; como 'Separación' ('Severance'), en episodios como 'Buenas noticias sobre el infierno' o 'El nosotros que somos', o como 'Mr. Robot', donde el mundo se presenta (como es) dominado por una serie de corporaciones y sistemas invisibles que controlan y manipulan hasta el límite al individuo.
Quizás una identificación del tribunal de Kafka con el algoritmo; de sus jueces con los sistemas automatizados de las grandes compañías, y del propio proceso con los infinitos trámites burocráticos digitales a los que nos somete el sistema. ¿Qué reglas aceptamos cada día sin capacidad de recurrirlas y, sobre todo, sin llegar jamás a entenderlas? Una lectura plenamente contemporánea.
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