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Internacional

Kant y la sociedad española

Kant y la sociedad española
Artículo Completo 871 palabras
La Tribuna Kant y la sociedad española

Diego Núñez

Catedrático jubilado de Filosofía

Lunes, 6 de abril 2026, 02:00

... el mundo académico-filosófico por su traducción al castellano de la 'Crítica de la Razón Pura' de Kant. Anteriormente, había habido dos traducciones de esta obra, la de Perojo y la de García Morente, pero a diferencia de la de Ribas, no eran completas. El hispano-cubano José del Perojo, en el marco de su loable proyecto de modernización de la cultura española, publicó la suya en 1883; abarcaba algo más de la tercera parte del texto de Kant. Más tarde, Manuel García Morente, que era un buen conocedor de Kant, sacó en 1928, en la Editorial Victoriano Suárez de Madrid, una traducción de la 'Crítica', que era igualmente incompleta. Hubo una edición posterior con diversos añadidos, que pretendían completarla, pero sin que el propósito se cumpliera en su totalidad. No se entiende por qué los editores no optaron en esta ocasión por ofrecer el texto completo, en lugar de una edición mutilada, con un Glosario que remite a la paginación de ediciones alemanas, y no al texto traducido. Finalmente, la traducción completa llegó con la publicación del profesor Ribas en 1978 en la editorial Alfaguara.

Desgraciadamente, la influencia de la filosofía kantiana en España, sobre todo en su dimensión práctica, fue escasísima, por no decir nula, a lo largo del siglo XIX. Ya en los siglos XX y XXI su introducción discurrió por cauces académicos y eruditos, pero sin una proyección social operativa. El pensamiento de Kant era un pensamiento crítico como lo era todo el pensamiento ilustrado. Se trataba ante todo de socavar las instituciones del Viejo Régimen. Era, pues, una filosofía que venía como anillo al dedo a la situación española. El filósofo francés Augusto Comte destacó tres etapas en la evolución de la Humanidad (occidental se entiende): la teológica, la metafísica y la positiva. Esta última era la expresión de una sociedad industrial y resultado en el ámbito político de la Revolución francesa. En España andábamos a caballo entre la etapa teológica y la metafísica; ni habíamos tenido una revolución burguesa ni teníamos una sociedad industrial. En nuestro país el pensamiento dogmático reinaba a sus anchas. El kantismo, de haber sido operativo, hubiese supuesto una notable inyección de salud gnoseológica en nuestro panorama cultural. Pero, al igual que fracasó el empeño ilustrado, también fracasó el intento de introducir la filosofía kantiana en su época. Escolásticos, tradicionalistas, krausistas, todos se confabularon contra ella. El racionalismo es la filosofía que más resistencia ha encontrado en la escolástica y en el tradicionalismo. Por su parte, los liberales se encontraban más cómodos debatiendo en el mismo terreno ontológico de sus adversarios que ante un enemigo que pretendía desmantelar todo el andamiaje teológico-metafísico existente.

El kantismo hubiera sido en suma un freno eficaz para evitar el clima de corrupción que nos invade por doquier

Y por lo que respecta a la moral social, de haber tenido el kantismo más presencia entre nosotros, otro gallo nos hubiera cantado. En España, la moral ha estado casi siempre fundamentada en la religión, en concreto la católica. Mas este esquema tiene un riesgo considerable: a medida que la población se desvincula de la creencia religiosa y entra en un proceso de secularización, aumenta el vacío moral. Nunca he sido amigo del Opus Dei, pero tengo que reconocer que este grupo se planteó, paralelamente al desarrollo económico de los años 60 del pasado siglo, renovar la moral católica y adaptarla a los nuevos tiempos, mas su propósito naufragó por muy diversas razones. El kantismo hubiera sido en suma un freno eficaz para evitar el clima de corrupción que nos invade por doquier. A veces se dice: es que hay corrupción en todas partes, pero una cosa es la corrupción como fenómeno esporádico, y otra muy distinta, la corrupción como fenómeno sistémico, como actitud instalada en el mismo sistema político y social, hecho que propicia inevitablemente la deslegitimación del sistema entre la ciudadanía. Desde una óptica kantiana, lo que desde luego sería impensable es que un ministro, como la señora Carmen Calvo, diga impunemente que «el dinero público no es de nadie».

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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