'Kima. Pintar la seda' repasa 50 años de una trayectoria en la que dialogan la pintura, la poesía y el tejido
Regala esta noticia Añádenos en Google Kima Guitart. (Lola Jane) 06/09/2026 a las 00:05h.En la fotografía que acompaña esta entrevista, Kima Guitart aparece sonriente, abrazándose a sí misma y, de algún modo, también a su historia. Una trayectoria ... que el Museo Textil de Terrassa recoge en el libro 'Kima. Pintar la seda', donde repasa cincuenta años de carrera y desmonta la etiqueta de «la de los pañuelos», como la propia artista apunta con ironía, para reivindicarla como una de las grandes figuras del arte textil. Formada en París y Nueva York en las técnicas tradicionales orientales de pintura sobre seda, Guitart acabó dejando que los pinceles y los colores fluyeran libremente sobre el tejido para convertirlo en un territorio de experimentación en el que la seda no es un mero soporte, sino parte esencial de la obra. Creadora de instalaciones y esculturas, como su interpretación de los mitos de Casandra y Medea, ha desarrollado tanto proyectos personales como trabajos para empresas e instituciones, ha desfilado en Cibeles y Gaudí y sus piezas de vestir han trascendido el paso del tiempo: «Yo hago indumentaria, no moda, porque estoy fuera de las tendencias».
–En azules, con alguna pincelada de amarillos. El azul aporta sensación de tranquilidad, y el brillo del amarillo representa al sol.
–Su madre era modista, su padre estaba relacionado con el teatro y su hermano era fotógrafo. En su casa había un caldo de cultivo importante para el arte.
–Sí, absolutamente. Además, mi padre me abrió el mundo de la literatura, del cine y del teatro. Lo que más ilusión me ha hecho en mi vida fue aprender a leer, y lo hice mucho antes que las niñas de mi edad porque había una biblioteca en casa y yo quería saber qué maravilla había dentro de cada libro.
–Su familia también le inculcó el amor por las cosas bien hechas. No sé si somos capaces de apreciar eso en una época en la que casi todo es de usar y tirar.
–No lo sé, pero deberíamos. Este consumo tan loco nos lleva a no saber ver, a no saber disfrutar, porque todo es para tirarlo enseguida. Y no: las cosas tienen que durar para poder establecer un vínculo con ellas.
–¿Por qué comenzó a pintar sobre tela?
–Yo empecé haciendo esmaltes, haciendo joyas sobre cobre. Tuve una beca para perfeccionar esto en el mundo de la joyería y allí, en la escuela, me reencontré con lo textil y me fui a aprenderlo a una escuela en París.
–¿Y por qué eligió la seda?
–Porque es la reina de los tejidos y porque cada una de las sedas (la organza, el crepé, el chifón de seda…) te da un resultado distinto: el color corre de una manera diferente y tiene una luminosidad distinta porque una es opaca, la otra es brillante; una es transparente, la otra no; una tiene peso, la otra es rígida. Todo eso multiplica las posibilidades.
–Anni Albers, pionera del arte textil, dijo: «Da la impresión de que si la obra está hecha con hilos, se considera artesanía; si es en papel, se considera arte».
–Es así. Fíjate que, todavía hoy y después de todo lo que he hecho, hay gente que se refiere a mí como «Kima, la de los pañuelos».
–No sé si en eso también habrá un componente machista, ya que, tradicionalmente, lo relacionado con el tejido se ha visto como «cosa de mujeres».
–Sí. Si los hombres se hubieran dedicado a esto, la consideración sería muy distinta. Mira, en 2019 se hizo una bienal internacional en Madrid sobre arte textil en la que participaron artistas de todo el mundo, y el 80% eran mujeres. Era todo muy complejo, muy rico, de muchísima calidad, y si hubiera pasado en un mundo de hombres, habría aparecido en las portadas de los periódicos y en todas las coberturas de televisión. Pero salimos nada y menos. ¿Por qué? Porque éramos mujeres.
–En sus desfiles, sus creaciones han sido mostradas por mujeres de diversas edades y cuerpos. En eso fue una adelantada.
–Porque, tras tres pasarelas oficiales con 'top models', decidí que ese no era mi mundo para nada. Por eso, el resto de desfiles los he hecho con mujeres a las que jamás se les habría pasado por la cabeza hacerlos. Juegan a hacer de modelos, y en este juego hay una parte de timidez, hay una parte de ilusión, hay una sororidad que crece entre ellas aunque no se conozcan, porque están ante una situación tan insólita que ocurre un pequeño milagro y explota una especie de alegría.
–Hay piezas de hace varias décadas que se pueden llevar hoy perfectamente.
–Siempre tuve la voluntad de que mis piezas de indumentaria perduraran en el tiempo, pero era una utopía porque yo no sabía si lo iba a conseguir o no. Pero ahora es una realidad, porque continúan siendo de hoy. Solo hay que cambiar los complementos para actualizarlas.
–Vestir algo suyo es vestir una obra de arte.
–Eso me dicen, y me emociona mucho. En una de las presentaciones del libro, una señora se levantó y dijo: «Quiero darte las gracias porque cuando me pongo esto me siento libre, me siento mejor, me siento guapa. Me siento, en definitiva, feliz». Y recibo cartas de gente que me dice que se han vuelto a poner un vestido que tenían hace cuarenta años para ir a una boda o a cenar y todo el mundo les ha dicho que era fantástico. Una pieza que te sienta bien y te da seguridad te cambia la forma de moverte, de andar, incluso de expresarte, porque tú te ves bien y te sientes bien.
–En 'Kima. Pintar la seda' ha hecho un recorrido por toda su obra. ¿Qué ha experimentado al repasarla?
–Pues ha sido un viaje. Muchas cosas ni las recordaba, y me he relacionado con ellas con nostalgia a veces, con sorpresa, con estupefacción. Pero casi siempre con mucho amor, alegría y agradecimiento.
- Temas
- Arte