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Una imagen de 'Él y Ella'. 'Él y Ella' en Netflix: más tramposa, imposibleUn thriller psicológico con amoríos clandestinos arrasa en el menú de Netflix. Una sucesión de crímenes por resolver señalan a los protagonistas del propio entuerto
Jueves, 15 de enero 2026, 17:42 | Actualizado 18:09h.
... A veces miento'). No está mal cómo empieza esta serie de seis capítulos cuyo desarrollo desespera, cayendo en picado por obra y gracia de un deseo de sorprender que mata el relato. El desenlace es una auténtica tomadura de pelo, pero hay que reconocer que la jugada engancha y entretiene a base de giros que salen de la nada. Nada encaja, en realidad. A nada que nos pongamos puristas como espectador, con un mínimo de exigencias, el castillo de naipes se derrumba. No hay ningún personaje que transmita simpatía, todos son seres aviesos y miserables, aunque, por el tono, no parece algo intencionado. A pesar de estos baches en el camino, más que evidentes, el resultado figura en el top de lo más visto, dejando atrás a 'Stranger Things'.El enredo está servido con abundantes trucos narrativos, algunos escandalosamente tramposos para guiarnos por dónde no es… La ficción nos lleva de la mano, apretada con ahínco, hasta una conclusión irrisoria que podría entenderse mejor si el show tuviera algo de sentido del humor, como el despendolado tercer acto de la maravillosa 'La asistenta', otra adaptación de un tipo de literatura de consumo que arrasa: el thriller con toques románticos (léase culebrón). En esta ocasión no se explota el absurdo con una comicidad inquietante, las situaciones se enrevesan porque sí: hay que aceptar lo que hay y dejarse manipular como audiencia potencial sin remedio.
Trucos del almendruco
'Él y Ella' es un viaje en una montaña rusa, hasta el mareo total, sin la necesidad de emplear la bolsa para vomitar. No faltan los cliffhangers al final de cada entrega, pero el argumento se va desdibujando a medida que nos acercamos al clímax. Hay que reconocer sus virtudes, parte de una premisa arrebatadora –difícil que la resolución esté a la altura-, pero atiende a un esquema tan manido como efectivo, y efectista, que ha popularizado Netflix con abundantes versiones de la obra fotocopiada de escritores como Harlan Coben, que también cuenta con una adaptación de su cosecha estos días en el top de la popular plataforma: 'En fuga'. La sensación como público crítico es que los guiones de la serie no están a la altura de los roles que se perfilan en el inicio de la historia. Se desaprovechan las posibilidades de los personajes, algo retorcidos, dejando el peso de la acción a las argucias argumentales. Artimañas que quizás funcionen mejor sobre papel pero ensombrecen un posible resultado más coherente y asfixiante. Hay que reconocer que el producto no oculta sus intenciones ni ardides, pero las maniobras de prestidigitador no son suficientes para convencer al personal cuando se pide un mínimo de lógica. La coherencia desaparece en pos del ritmo y la adicción.
Detrás de 'El y Ella' está, curiosamente, el cineasta británico William Oldroyd, responsable de un filme notable, 'Lady Macbeth'. Se ocupa de la dirección y escritura de los primeros capítulos, los mejores del lote, con algunos momentos cinematográficos de interés. La descripción de los maquiavélicos personajes principales promete, pero la impresión inicial se va diluyendo, al contrario que en apuestas contemporáneas como 'Pluribus', a la que es difícil no citar últimamente a la hora de establecer comparaciones. Una obra original, a pesar de su cúmulo de referencias, que atrae igualmente, no elude cierta comercialidad y ofrece algo más que la pura evasión, tal y como comento AQUÍ. Parafraseando: «(…) No tengo pretexto alguno para no aceptar que, a veces, nos dejamos llevar por la ignominia frente a la pantalla. El problema es que aquello que elegimos sin pensar, como ruido de fondo, haciéndole el caso justo, puntúa en el barómetro del entretenimiento bajo demanda y por ello, en parte, triunfa y perdura la mediocridad». Consumimos series sin ton ni son. Podemos engañarnos pensando que así rompemos el algoritmo, pero alimentamos unas estadísticas, sin una justificación coherente, que perpetúan fórmulas cansinas y repetitivas como la que nos ocupa.
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