The Modern Knight Project.
EEUU La América de los 'machos alfa': los campistas que pagan miles de dólares para aprender a ser hombre en la era TrumpEl presidente de EEUU explotó durante la campaña electoral el sentimiento de inseguridad de muchos hombres.
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Itziar Nodal Denver Publicada 28 junio 2026 01:22h Las clavesLas claves Generado con IA
La crisis del hombre moderno ya no vive solo en la ficción. Lo que en España puede sonar a una comedia sobre varones perdidos ante el feminismo, la edad y la evolución de la sociedad, en Estados Unidos se ha convertido en un negocio muy lucrativo.
Campamentos donde adultos pagan miles de dólares para arrastrarse por el barro, cargar troncos, meterse en agua helada y escuchar que la vida moderna los ha vuelto demasiado blandos.
La promesa es sencilla porque el negocio necesita serlo. Entrar confundido y salir convertido en hombre. O en líder. O en guerrero.
La 'resurrección' de Hunter, el hijo de Joe Biden: de las drogas y los escándalos a convertirse en el nuevo ídolo político en redesEl nombre cambia según el programa, pero la mercancía suele ser la misma: disciplina, dolor, comunidad y una respuesta rápida a una inseguridad que muchos hombres no saben dónde colocar.
El fenómeno no nace en el bosque. Llega de internet, de los podcasts, de los gurús de gimnasio, de los vídeos de autoayuda agresiva y de una política que ha convertido la dureza en identidad.
En la América de Trump 2.0, donde la fuerza se representa en combates de UFC, lenguaje militar y desprecio a la debilidad, estos retiros son algo más que una rareza: son la versión en barro de una ansiedad masculina que lleva tiempo circulando en la pantalla.
Recuperar la masculinidad tradicional
Modern Day Knight Project fue uno de los nombres que mejor resumió la primera fase del negocio. Un bootcamp caro, viral y extremo para hombres adultos que querían romper su versión anterior y salir de allí convertidos en 'machos' más duros, más útiles y más disciplinados.
Ya no funciona como antes, pero dejó un patrón reconocible: empresarios, padres, maridos o líderes pagando por una escenografía de cuartel donde la transformación personal se mide en agotamiento, obediencia y resistencia.
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Ese molde no ha desaparecido. Se ha repartido en otros programas con nombres que parecen escritos para ilustrar una camiseta de gimnasio o la portada de podcast: Warrior Week, Men of War Crucible, Activate Your Alpha.
Algunos prometen una inmersión de varios días para hombres casados de éxito que quieren ganar en los negocios, en el matrimonio y en la paternidad.
Otros hablan de recuperar el espíritu guerrero masculino, entrar en una hermandad de líderes o pasar por pruebas inspiradas en operaciones especiales. El vocabulario cambia poco: guerrero, hermano, propósito, legado, liderazgo, disciplina, incomodidad.
Lo importante no es solo que hagan cargar peso, pasar frío, dormir poco u obedecer órdenes. Lo importante es la idea que hay debajo. Estos campamentos parten de que el hombre moderno se ha desorientado porque ha perdido contacto con una masculinidad más primaria.
La solución que ofrecen no es pensar de otra manera, sino atravesar una prueba. Cansarse hasta obedecer. Sufrir hasta entender. Romperse un poco para volver a casa con la sensación de haber recuperado el mando.
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Al otro lado está el modelo que triunfa en California, casi el reverso perfecto. Allí la promesa no es convertir al hombre en un guerrero, sino evitar que se hunda en esa fantasía.
Yoga, sesiones individuales, ejercicios emocionales, conversaciones sobre duelo, paternidad, rabia o culpa. Una mujer y un equipo mayoritariamente femenino intentando enseñar a hombres adultos a hacer justo lo que la manosfera suele ridiculizar: hablar, llorar, pedir perdón, escuchar.
La comparación es útil porque evita una caricatura fácil. No todos los campamentos de masculinidad son iguales, pero todos compiten por el mismo cliente simbólico: un hombre que siente que el viejo guion ya no le sirve y que nadie le ha dado uno nuevo.
Unos venden dominio. Otros, vulnerabilidad. Unos le prometen que volverá a mandar. Otros, que dejará de esconderse. En ambos casos, la masculinidad aparece como una identidad dañada que necesita reparación urgente y previo pago.
Inculcar la masculinidad a los hijos
El salto más preocupante de estos campamentos llega cuando la industria deja de mirar solo al hombre adulto y empieza a mirar a sus hijos.
Squire Program, creado en el mismo ecosistema de Bedros Keuilian, uno de los líderes de la masculinidad, se presenta como una experiencia para padres e hijos adolescentes.
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Su premisa es directa: muchos chicos crecen, pero no sienten que se hayan convertido en hombres porque la cultura moderna ya no les ofrece un rito de paso claro.
El programa se dirige a jóvenes de entre 12 y 16 años y propone una jornada completa con sus padres o con una figura masculina de referencia.
Hay pruebas físicas, ejercicios de comunicación, planificación, trabajo en equipo, instructores, un cuaderno de batalla y una promesa emocional muy potente: dar al hijo una experiencia que recordará para siempre y al padre la posibilidad de guiarlo hacia la edad adulta.
La parte más reveladora no está solo en las actividades, sino en el relato. La web habla de escuderos y caballeros, de hombres capaces de liderar, amar, proteger, proveer y ser a la vez “salvajes” y servidores.
También insiste en que los padres tienen la responsabilidad de enseñar a sus hijos a ocupar su sitio entre otros hombres, como si la masculinidad fuera una silla que alguien debe entregar antes de que la cultura la retire.
Ese discurso se vuelve abiertamente político cuando identifica al enemigo. Hollywood, los colegios, las redes sociales y una cultura que, según el programa, celebra a hombres débiles, blandos, pasivos o feminizados.
El miedo ya no es solo que el padre se sienta perdido. Es que el hijo crezca sin dureza, sin propósito, sin liderazgo y sin una idea clara de lo que debe ser un hombre.
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El padre no paga solo por hacer una actividad con su hijo. Compra la promesa de no repetir los errores de su propio padre, de cortar una cadena familiar y de entregar al adolescente una identidad masculina antes de que lo hagan otros.
El macho alfa como proyecto político
La era Trump no ha creado la industria de la masculinidad, pero le ha dado un idioma, una estética y una salida política. Durante la campaña, el republicano entendió antes que sus rivales que muchos hombres jóvenes ya no estaban en los periódicos ni en los mítines tradicionales.
Estará en los podcasts, en TikTok, en los gimnasios, en los combates de UFC y en ese ecosistema digital donde la política se mezcla con dinero, cuerpo, resentimiento, humor agresivo y nostalgia de autoridad.
Trump entró en TikTok con un vídeo grabado en un evento de la UFC, se sentó durante horas con Joe Rogan, el podcaster más influyente de la cultura masculina estadounidense, llenó su campaña de apariciones ante públicos masculinos y convirtió su propia resistencia física, judicial y política en parte del mensaje.
El relato era siempre parecido: un hombre perseguido, insultado, acusado y aun así en pie. La víctima que no se arrodilla. El jefe que vuelve. El fuerte que aguanta lo que otros no podrían soportar.
En redes sociales, no se limita a comunicar decisiones o atacar a sus enemigos. También publica y comparte imágenes generadas por inteligencia artificial en las que aparece como rey, piloto, aventurero, conquistador, héroe nacional o figura casi mitológica.
No son piezas aisladas de propaganda absurda. Son la versión digital del mismo imaginario: el presidente como macho invencible, castigador, burlón y físicamente superior al mundo que lo critica.
La UFC ha terminado de cerrar el círculo. La Casa Blanca, los luchadores, los militares, los himnos, las banderas, los nocauts y el público masculino forman parte de una misma coreografía de fuerza.
Justin Gaethje, con la bandera de Estados Unidos tras una de sus victorias en la UFC. UFC
La masculinidad ya no aparece solo como una identidad privada, sino como una forma de representar el poder: cuerpos que golpean, hombres que resisten, líderes que no piden perdón.
Por eso los campamentos de masculinidad encajan tan bien en este clima. No todos son trumpistas ni necesitan declararse como tales. Pero respiran el mismo aire cultural.
Cuando un programa promete recuperar el guerrero interior, formar hijos capaces de liderar y proteger, o salvar a los jóvenes de una cultura que los vuelve blandos y feminizados, está hablando el mismo idioma que buena parte de la derecha estadounidense actual.
El caso de Nick Adams, un comentarista conservador australiano-estadounidense conocido por su defensa de la masculinidad tradicional y su presencia en redes sociales, lo hace casi literal.
Nick Adams junto a Donald Trump. Facebook
Trump ha elogiado a este agitador conservador, autor de un manual sobre “machos alfa”, y lo ha incorporado a su Administración como enviado para turismo, excepcionalismo y valores estadounidenses.
No es un cargo central del poder, pero sí una señal cultural muy clara. El trumpismo no esconde esa estética. La premia, la amplifica y la convierte en marca nacional.
Estos son los jóvenes sin experiencia de los que nunca oíste hablar y acumulan más poder en los EEUU de TrumpEstos campamentos venden una solución privada a un malestar que la política ha aprendido a explotar. Un hombre se siente solo, desplazado o inseguro y el mercado le ofrece barro, dolor, jerarquía o terapia intensiva.
Trump le ofrece algo todavía más poderoso: una explicación política de esa herida. Si te sientes débil, alguien te ha debilitado. Si te sientes desplazado, alguien te ha quitado tu sitio. Si no sabes qué significa ser hombre, la respuesta está en recuperar el mando.
Esa es la promesa que une la manosfera, los retiros de masculinidad y la política de la fuerza. No todos venden lo mismo, pero todos orbitan alrededor de una ansiedad común: la sospecha de que el hombre estadounidense ha perdido poder y debe recuperarlo antes de que sea demasiado tarde.