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La ambición es enemiga de la santidad

La ambición es enemiga de la santidad
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Ya me gustaría a mí tener a Amedeo Modigliani en procesos de selección de personal

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LA TRIBUNA La ambición es enemiga de la santidad

Ya me gustaría a mí tener a Amedeo Modigliani en procesos de selección de personal

José Ramón Sánchez

PROFESOR DEL DPTO. DE FINANZAS Y CONTABILIDAD DE LA UMA #FINANZASPARAJOVENES

Viernes, 13 de marzo 2026, 01:00

... sorprendernos. La película muestra que el proceso de selección del vicario de Dios es un acto humano, no divino, y que, como en todo proceso gobernado por humanos, la anomalía y el error hacen acto de aparición. Pues bien, cierren los ojos y trasladen estos procesos de selección a cualquier corporación empresarial, porque si los tuvo abiertos en el minuto 147 de la película, el cardenal Bellini nos daba una de las razones de tal comportamiento: la ambición. Que se lo pregunten al decano Lawrence y, de paso, a algún que otro directivo empresarial. No lo olviden: la ambición es enemiga de la santidad».

Un análisis general del proceso nos demuestra que no siempre es por culpa del candidato, sino por la propia inercia del sistema. En 'The peter principle: why things always go wrong' (1969), Peter y Hull lo denominaron 'el principio de Peter', que postulaba que, en toda jerarquía, el empleado asciende hasta su incompetencia. En Microsoft, Ballmer ascendió a CEO tras una extraordinaria labor en ventas y operaciones. Ya como CEO, su falta de visión estratégica le hizo llegar tarde a casi todas las revoluciones tecnológicas. Por tanto, no siempre excepcionales desempeños meritan para cubrir nuevas competencias en otras posiciones. La inercia empuja.

Además, el propio sistema agita la perversidad del individuo. Zimbardo nos habla del 'efecto Lucifer' (2007) para describir que personas capaces, dignas de confianza en puestos intermedios, acaban siendo crueles y traicioneras cuando se les otorgan poder y legitimidad (para entendernos: dale a Manolillo un carguillo). Los sótanos de Stanford fueron testigos de este comportamiento en un experimento publicado en 1973 bajo el título 'A Pirandellian Prison'. Sin duda, el poder transforma.

Por otro lado, no siempre la organización es la culpable. En ocasiones, el proceso de selección no detectó las incompetencias del individuo, lo que deriva, a veces, en actitudes indecorosas. Para la venta de sus cuadros, Paul Gauguin vio traicionada la confianza depositada en Vollard, uno de los marchantes más reputados. Gauguin, desde su exilio, observaba cómo sus obras tardaban en venderse. Vollard, a modo de favor, le compraba su obra anticipadamente a precio de saldo. La historia cuenta que Vollard, una vez adquiridas las obras, las exhibía poco a poco, creando escasez y elevando el precio final. Gauguin murió en la miseria y Vollard, rico. Y es que las malas actitudes en el mundo empresarial vienen de atrás.

También sabemos que las malas prácticas, tarde o temprano, conllevan siempre el peor final. En 'El arte de gastar dinero' (Planeta, 2025), Housel nos cuenta que el biólogo ruso Georgy Gause se hizo famoso por un concepto relacionado con la ecología, el llamado principio de Gause, que anuncia que dos especies que compiten por lo mismo no pueden coexistir. Llevado al ámbito empresarial, diríamos que la ambición desmedida termina aniquilando al compañero. Conviene recordar que la ambición en dosis pequeñas no es mala. La respuesta la encontramos en el ámbito de la farmacología con la ley de Arndt-Schulz, según la cual las dosis pequeñas estimulan, las moderadas inhiben y las elevadas matan. Pues eso, la ambición siempre en dosis adecuadas.

Y qué me dicen cuando su organización confía en un candidato para ayudar y colaborar en el proyecto y finalmente hace justo lo contrario, malmeter y dañar, mostrando una clara falta de honestidad, compromiso y lealtad. Si tuviéramos a Amedeo Modigliani pintando al candidato en los procesos de selección, sería todo más fácil. En 'Modigliani: a life' (Harcourt, 2006), Meyers nos cuenta que Modigliani no le pintaba los ojos a sus retratos cuando no conseguía leer el alma de la persona. Así que, si el alma es un reflejo de la honestidad del candidato, Amedeo no fallaba. Ya me gustaría a mí tener a Amedeo Modigliani en procesos de selección de personal.

En resumen, estos son ejemplos donde la ambición y la deshonestidad hacen acto de aparición. Pues bien, además de soportar todo esto, las organizaciones, encima, tienen que pagar al individuo. Y es que el comportamiento inadecuado también devenga honorarios. En definitiva, una vez detectado el problema sean valientes y tomen medidas. Si no consiguen ver los ojos del candidato, ya saben el porqué. Modigliani, requiescat in pace.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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